5.Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen… y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra.Sal.103:17-18
Esta es una preciosa expresión del pensamiento íntimo de un cristiano: Acordarse de los Mandamientos del Señor, para ponerlos por obra. El hijo de Dios tiene en su corazón el sincero deseo de hacer la voluntad del Padre celestial.
La vida espiritual del cristiano generalmente no puede concebir nada superior que acordarse de los Mandamientos de Dios para ponerlos por obra. Este es “el hambre y la sed de justicia” de la que habla Cristo (Mt.5:6), o la santificación de la vida.
El verdadero cristiano reconoce que jamás puede cumplir perfectamente los Mandamientos de Dios en esta vida. Lo que la Ley demanda, -si se la entiende correctamente-, siempre es más de lo que uno puede cumplir. El cristiano siempre queda suspirando en su espíritu: “¡Ah, ojalá fuese mejor! ¡Ojalá pudiese hacer todo lo que el Señor quiere!” Este ferviente anhelo es el aliento y el pulso del nuevo hombre. ¿Pero cuál es el secreto de su origen? Nada menos que Cristo morando en nosotros, el Espíritu de Dios obrando en nuestro corazón, la participación en la naturaleza de Dios. Ese Espíritu puro y santo, que siempre lucha contra los deseos carnales dentro de nosotros, de modo que aun cuando estamos en nuestro peor momento… cuando caemos y nos olvidamos de los Mandamientos del Señor, no podemos permanecer caídos en el pecado.
Aquí tenemos un texto para probarnos. Dice: “¡Acuérdate de sus Mandamientos, para ponerlos por obra!” Miles de personas pueden entender los Mandamientos del Señor, pensar y hablar de ellos. Pero ni siquiera comenzar a practicarlos. No es ninguna hazaña pensar en buenas obras, hablar de ellas y exigírselas a otras personas. Muchísima gente se muestra celosa del cumplimiento de la Ley por parte de los demás, y creen que nunca se les aplica a los otros la Ley con suficiente severidad. Sin embargo, con respecto a sus propias personas, no quieren mover la carga ni siquiera con uno de sus dedos -como bien dijo Jesús en Mt.23:4-. A esa gente el Señor le dice en el Salmo 50:16: “Qué tienes tú que hablar de mis leyes y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tú aborreces la corrección, y echas a tu espalda mis palabras”. Es necesario ser sincero y honesto, porque “Dios no puede ser burlado” (Gál.6:7).
Existe también, el gran peligro de que aún el cristiano fiel abuse de la gracia, justificando su pecado con la excusa de que es débil. Esto sucede cuando al recibir el consuelo del perdón y la paz de Cristo, se deja de pensar en los Mandamientos de Dios, porque son demasiado difíciles de cumplir. Pero está mal pensar así.
Debemos acordarnos siempre de los Mandamientos del Señor, para hacerlos, aun cuando hemos sido plenamente justificados por pura gracia y hemos hallado nuestra paz por medio de la fe en Cristo. El poder de Dios que te falta, todavía es algo que puedes recibir.
Lo que te parece imposible a ti, es fácil para el Señor. Dios es misericordioso y también es poderoso. Además del perdón de todos tus pecados, también quiere fortalecerte para la nueva obediencia. Y lo que te parece demasiado difícil de cumplir, debes decírselo con toda confianza y sinceridad a tu misericordioso Salvador, pidiéndole el poder para hacer lo que su Ley te demanda. Ruégale como San Agustín: “¡Pídeme, Señor, lo que quieras! ¡Pero dame también el poder de hacer lo que ordenas! Porque Tú, oh Señor, sabes bien, que por mí mismo no puedo hacer nada”.
Aunque nunca consigas todo lo que pidas, y aunque nunca logres hacer todo el bien que quisieras hacer, sigue siendo necesario que te acuerdes de los Mandamientos del Señor y que ores por ayuda para poder cumplirlos, para que por medio de ese ejercicio siempre seas consciente de tu propia debilidad.
Esto producirá en ti la saludable humildad, que Dios quiere darnos cuando nos abandona a nuestras propias fuerzas y a Satanás. El conocimiento teórico de nuestra debilidad no produce esa humildad. Es muy deplorable cuando un alma fiel se sumerge en la pereza espiritual y piensa que no necesita obedecer más los Mandamientos del Señor; o cuando se deprime y se siente frustrada por sus fracasos. ¡Presten mucha atención a esto! Cuando alguien habla mucho de su impotencia y de sus defectos, pero al mismo tiempo se muestra impenitente, o peor aún: satisfecho y orgulloso de sí mismo, ¡qué lamentable y repugnante espectáculo! Eso es fruto de la frivolidad y pereza. Por eso es tan importante acordarse en todo momento de poner la voluntad de Dios por obra.
Por ejemplo, es cierto que no podemos orar con toda la fe y el fervor que debemos. Muchas veces nos distraemos y somos lerdos y torpes para orar.
Pero a pesar de esos defectos debemos perseverar creyendo en Cristo, y no desesperar ni entregarnos a la impiedad. ¿O acaso debo rendirme ante mi pereza carnal y dejar de orar? ¡Dios me libre! Por supuesto que debo perseverar en la oración, de la mejor manera que me sea posible y pedirle a Dios que me enseñe y ayude a orar mejor. Lo propio vale para otros casos, en los que mi debilidad es demasiado grande para que la supere por mí mismo. Tal vez no puedo ser tan suave, humilde, afectuoso, casto o paciente como debiera ser. O no sé confesar a Cristo, o sacrificar mis recursos por el prójimo como debiera hacerlo.
Sin embargo, no debo olvidar esas preciosas obras y dejar de practicarlas por causa de mi debilidad. A pesar de todo, debo acordarme de los Mandamientos del Señor, para hacerlos. Y debo pedirle todo el tiempo a Dios que me dé más y más fuerzas para cumplirlos. Esta es la experiencia de todos los fieles. Es la actividad de la nueva naturaleza. Es la obra del Espíritu Santo desarrollándose en ellos. Tenemos que estar siempre atentos, velar y ser obedientes al Espíritu, para no relajarnos, ni caer en la tentación.