4.Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios… Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.Ro.8:19,21
El apóstol habla en forma impresionante del anhelo de la creación por su redención. Quiere darles a los hijos de Dios más fundamento aún para la certeza de la grandiosa gloria venidera, de la que acababa de hablar.
Al principio, Dios creó todo para el servicio y deleite de sus hijos en la tierra, y para la alabanza y gloria de su santo Nombre en los cielos. Pero con la caída del hombre, la creación también cayó bajo maldición, de modo que ya no cumple su destino original. Ya no les sirve a los hijos de Dios en la forma en que lo hubiera hecho si no hubiese intervenido el pecado. Sirve mayormente a los blasfemos enemigos del Creador. Sirve al pecado, porque la mayoría de la gente la abusa para sus fines pecaminosos. Esto, sin embargo, es una opresión o servidumbre que la creación sufre en contra su voluntad y no por su culpa. La sufre porque Dios la sometió a esa servidumbre, por causa del pecado.
Este anómalo estado de cosas, sin embargo, no durará para siempre. La creación ha sido sujeta a la servidumbre “en la esperanza” de que algún día obtendrá la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Éste es el asunto principal al que el apóstol alude aquí. Los profetas hablan muchas veces de la creación irracional como de criaturas razonables. Dicen, por ejemplo, que los montes y las colinas se regocijarán, y que los árboles batirán sus manos; y que el sol y la luna, las bestias del campo y los peces del mar alaban al Señor. De esa manera el apóstol ve el anhelo sufriente de toda la creación, por recobrar su verdadero destino.
Oye suspirar y ve temblar a toda la creación, mientras ella aguarda la redención definitiva de su actual servidumbre, tanto de los hijos de Dios como de sí misma. Y el apóstol presenta esto a fin de fortalecer y animar a todos los cristianos.
Ante todo, hace referencia a la certeza o seguridad de la manifestación de nuestra gloria, diciendo que sólo después de cumplirse la gloriosa liberación de los hijos de Dios, también la creación llegará a su destino. Como ellos deben esperar ciertamente otra vida mejor, el presente orden de cosas no puede ser el correcto, ni el planificado por Dios en el principio. ¡No! Por el contrario, se nos exhorta a esperar, según Su promesa, nuevos cielos y una nueva tierra. En segundo lugar, los hijos de Dios deben reflexionar en la maravilla de la gloria a ser manifestada, cuando también toda la creación sea renovada y exaltada, junto con la manifestación de la gloria de ellos. Todas las criaturas de Dios pertenecientes a los nuevos cielos y a la nueva tierra, serán purificadas, renovadas y embellecidas sólo a fin de resaltar tanto más la gloria de los hijos de Dios.
El apóstol quiere decir: Por causa del pecado, la sentencia de Dios sujetó a la creación a vanidad y corrupción. Pero será restaurada de esa actual degradación, bajo la cual gime. Y de acuerdo a las promesas de renovación que Dios hace, espera participar con los hijos de Dios en la liberación de corrupción y depravación. En unión con los hijos de Dios, la creación espera ser revestida de la gloria y belleza que poseyó una vez, cuando salió de la mano de su Creador.
Cuando se casa la hija de una familia rica, se limpia, adorna y decora toda la casa para la fiesta de bodas. Los invitados y hasta los sirvientes se pondrán sus mejores ropas. La creación es la casa rica en la que Dios colocó al hombre como hijo y heredero. Cuando los creyentes, la esposa de Cristo, entren a la gloria de su esposo; cuando los hijos de Dios dejen la humillación y la bajeza que los mantuvo ocultos en el presente, y manifiesten su verdadera dignidad y gloria, entonces también todo lo que pertenecía a su lugar de permanencia quedará renovado, purificado y decorado.
De esto dice San Pedro que “el Día del Señor vendrá como ladrón en la noche, en el cual los cielos pasarán con gran estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay, serán quemadas… Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 P.3:10,13). Las cosas pertenecientes al nuevo cielo y a la nueva tierra estarán preparadas para los hijos de Dios, y estarán libres de maldición. Serán restauradas al estado de perfección que una vez tuvieron, cuando Dios en el principio miró todo lo que había hecho y dijo que “era muy bueno”.
La expresión original en el versículo de Ro.8:19 traducida como “anhelo ardiente” significa una espera en la que uno levanta la cabeza y mira por la persona o cosa esperada. Así podemos imaginarnos aquí el cuadro de una multitud aguardando ansiosamente la oportunidad de poder ver venir a su amado Rey, de manera que estiran sus cuellos y se paran de punta de pie, para poder ver por encima de las cabezas de otros y saber si ya se está acercando. De esa manera -con ferviente anhelo- también la creación espera algo. Y ¿qué es lo que espera con tanto fervor? El apóstol dice: “La manifestación de los hijos de Dios”. La creación espera que los hijos de Dios queden revelados como tales.
Aquí en este mundo los hijos de Dios están tan ocultos que ni siquiera ellos mismos saben lo que son. Mucho menos puede reconocerlos el mundo incrédulo. Pero algún día su gloria oculta resplandecerá, y esa manifestación es la que espera toda la creación con tan ardiente anhelo.