4.El que practica el pecado es del diablo.1 Jn.3:8
Existe una gran diferencia entre tener pecado, y practicar el pecado. En 1 Jn.1:8 dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. Y en la misma carta el apóstol Juan también dice: “El que practica el pecado es del diablo… todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado” (3:8,9). Tener pecado significa que el pecado todavía existe y se manifiesta en la naturaleza carnal de los cristianos.
Por eso, en la carrera de la fe, los cristianos pueden ser sorprendidos por el pecado y caer en él; pero esa caída será involuntaria, con resistencia y dolor. El pecado es considerado como una plaga, de la cual el cristiano quisiera estar libre. Por el otro lado, practicar el pecado significa aprobar la desobediencia a la ley de Dios, excusarla y adoptarla como estilo de vida, sin tener la intención de cambiar. Es defender el pecado y comprometerse con él. Los hipócritas pueden desaprobar el pecado de palabra; sin embargo, en los hechos lo practican gustosamente. Algunos son maestros quejándose y condenando el pecado teóricamente; pero, en la práctica no lo abandonan, porque tienen un secreto amor por él. Hay quienes pueden dejar de lado muchos pecados, pero sólo para poder practicar uno en especial, su pecado favorito. A veces tratan de armonizar sus vidas con ese pecado, y lo defienden con excusas y razonamientos. Otros dicen que quisieran dejar de pecar, pero no ahora, sino más adelante… El cristiano sincero busca en la Palabra de Dios el consejo y la ayuda para librarse del pecado; el hipócrita, en cambio, busca algo que defienda o excuse su pecado preferido. Existe una gran diferencia entre ser pecador y practicar el pecado; entre el cristiano verdadero, y el hipócrita; entre un espíritu honesto, y un espíritu falso.
Pecado es todo aquello que está en desacuerdo con la voluntad de Dios. Pero hay diferencia entre los diversos tipos de pecado. De unos podemos librarnos de manera prácticamente definitiva, ya en esta vida. Por ejemplo, podemos dejar de tomar el nombre de Dios en vano, dejar de menospreciar y profanar el día de reposo, abandonar malos hábitos, como las borracheras, o placeres impuros de la carne, todo lo cual es contrario al discipulado cristiano. Podemos restringir y prácticamente eliminar expresiones externas de pecados groseros, como la fornicación, el robo, la mentira, el rencor… pecados junto a los cuales es imposible que subsista la fe cristiana y la buena conciencia. Cuando el cristiano cae en alguno de estos pecados, inmediatamente también se desploman su fe y su paz interior. Y solamente puede ser restaurado por medio del arrepentimiento y del perdón de su pecado. Por otro lado, el hipócrita puede permanecer en los pecados arriba mencionados, defendiéndolos y tratando de excusarlos, permitiendo que se conviertan en hábitos de vida. Eso es practicar el pecado. Y el que peca de esa manera, es del diablo. Eso es vivir conforme a la carne (Ro. 8:12). Y… “si vivís conforme a la carne, moriréis” (Ro.8:13). A esto se refiere San Pablo, cuando dice que “los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gá.5:21).
También es pecado lo que está en la raíz de todos los excesos y faltas arriba mencionados. Las semillas de las cuales brotan los malos frutos, también son algo malo, pero de ellas no nos podemos librar en esta vida. Cuando desaparezcan los malos pensamientos y las tentaciones a pecar, entonces también habrá terminado nuestro tiempo de prueba en este mundo. Eso solamente sucederá después de nuestra muerte. Me refiero a pecados como la falta de amor a Dios, la cobardía para dar testimonio de Cristo, la negligencia con la Palabra de Dios, la pereza para orar, la disconformidad e insatisfacción con nuestra profesión o medios de vida, la impaciencia, los arrebatos de ira, la codicia, las pasiones, la incredulidad, la preocupación, etc. El verdadero cristiano se diferencia del hipócrita también en la manera en que trata estos pecados. El falso cristiano se da cuenta de que nadie puede ser perfecto, y se pone contento con eso. No trata de superarse. No se pone en guardia, ni lucha contra esos pecados, sino que les da rienda suelta. Y trata de justificarse diciendo que uno jamás puede librarse totalmente de los mismos. Es posible que ni siquiera los llame pecados. Como si despreciar a Dios y no comunicarse con Él no fueran pecados… El verdadero cristiano, en cambio, sufre por estas faltas y quiere mejorar. No está satisfecho consigo mismo, y pide ayuda contra el mal. “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gá.5:24).
Es cierto que la carne o el viejo hombre del cristiano, que ha sido crucificado, todavía está vivo y se retuerce con furia, tratando de liberarse. Sin embargo, se queda ahí. No obtiene la libertad que tanto quiere. Pero, de acuerdo a este texto, los que no crucifican su carne, no son de Cristo.
El verdadero cristiano no sólo es honesto tratando de librarse del pecado, sino también en cuanto a su seguimiento a Cristo, en la práctica del bien. Entre la gente religiosa, algunos creen haber alcanzado el máximo desarrollo posible, y no quieren crecer más. Van determinadas veces por mes a la iglesia, oran cierta cantidad de oraciones, hacen regularmente algunas obras buenas… y cuando cumplen con eso, dejan de preocuparse; no se interesan en crecer en la gracia, sino solo en cumplir lo que consideran necesario, lo que está a su alcance. Esto revela una muerte interior, y la necesidad de arrepentimiento. El alma honesta siempre está tratando de progresar en todo lo bueno. Quiere ser más humilde, tener más fe, más amor, y agradar cada vez más a Dios en la vida diaria. Para los hipócritas estos frutos espirituales están demasiado lejos, y no los pueden alcanzar. La falsedad de sus espíritus queda demostrada cuando hablan de estas virtudes, las elogian como algo bueno, pero en sus propias vidas nunca están en condiciones de practicarlas.