4.Mi sangre… derramada para remisión de los pecados.Mt.26:28
De estas sagradas palabras aprendemos que, tanto nuestros pecados, como nuestras buenas obras, fueron sumergidos en el Mar Rojo de la sangre de Cristo. Hasta los pecados más graves perdieron allí su poder de condenarnos; y también los más grandes méritos de nuestras buenas obras perdieron allí su poder para justificarnos.
No quiero hablar más de mis méritos, porque el propio Hijo de Dios debió sufrir la muerte para rescatarme. Ahora quedó aclarado que ya no hay pecado que impida mi justificación ante Dios, ni hay buena obra que merezca que yo sea perdonado. Quedó aclarado que ante Dios ya no hay nada que le impida, ni siquiera al más hundido pecador, acercarse en cualquier momento al trono de la gracia para recibir, por los méritos de Cristo, la absolución y justificación que Él obtuvo en el gran Día de la Expiación, y que desde entonces está a nuestra disposición.
A pesar de la desgracia e indignidad causadas por el pecado, no es necesario que primero lleguemos a ser otras personas para poder acercarnos a Jesús. Todo ya está preparado, ya está hecho. Podemos presentarnos en cualquier momento, tan pecaminosos e indignos, cultos o ignorantes, fríos o fervientes, duros o conmovidos, celosos o despreocupados, limpios o sucios… tal como somos; ¡y podemos recibir todo lo que nos falta, como un regalo de Jesucristo!
Si no fuese así, si primero tendríamos que adquirir ciertas buenas cualidades o virtudes para merecernos la benevolencia de Dios, entonces la bondad y justicia divinas ciertamente no se nos darían solamente gracias a Cristo, “sin obras” y “aparte de la Ley”, como afirma la Escritura (Ro.4:6; Ro.3:21).
El arrepentimiento, la penitencia y la fe nunca se necesitan para mover la voluntad de Dios a conceder su gracia. Los necesita sólo el corazón del propio pecador, para demostrar su voluntad de recibir la gracia. Y cuando su mayor aflicción, su mayor necesidad y su único consuelo es poder acercarse a Cristo, entonces ya hay suficiente arrepentimiento, penitencia y fe para obtener el perdón del Salvador Jesús. Pero préstese mucha atención a las palabras: Mayor aflicción, mayor necesidad y único consuelo. ¡Que nadie se engañe!
Más aún, mientras permanecemos “en Cristo”, o sea mientras Jesucristo con su obra redentora, con sus méritos, su gracia y su bondad sigue siendo la necesidad o el consuelo de nuestros corazones, también seguimos conservando siempre la misma, única e invariable gracia y justicia de Dios, tanto en momentos de gloria, como en momentos de debilidad; cuando obtenemos poder para realizar algo bueno, y cuando caemos en algún desliz y pecado. Si no fuese así, si fuésemos más justos y absueltos ante Dios en los momentos en que somos más piadosos y decentes, y menos justos en los momentos en que somos menos piadosos, entonces creeríamos que obtenemos la justificación, al menos parcialmente, a causa de nuestras buenas obras o de nuestro buen comportamiento, y sólo en parte por los méritos de Cristo. Y eso ciertamente sería menospreciar a Aquel que con su propia sangre nos lavó nuestros pecados (Ap.1:5), y menospreciar a la Sagrada Escritura, que repudia tan categóricamente la ilusión de la salvación por obras y repite tantas veces las palabras “por gracia”, “por Jesucristo”, “por medio de su sangre”, “por fe”, “no de vosotros”, “no conforme a nuestras obras”, “aparte de la Ley”, etc. En resumen: Puesto que llegamos a ser y permanecemos justificados sólo por los méritos de Cristo, sin ninguna contribución nuestra con obras de la Ley, la consecuencia natural es que somos así en todo momento, en tanto permanecemos creyendo en Cristo. Nosotros cambiamos, para mejor o peor; nuestra conducta exterior y nuestras intenciones interiores cambian.
Pero la justicia de Cristo no cambia. Entonces, si la justicia de Cristo llegó a ser la nuestra, tampoco cambia la justicia con la que nos presentamos ante Dios.
Nuestras obras no son sólo las de nuestras manos sino todo lo que podemos realizar con el cuerpo y el alma. Principalmente las cuestiones básicas del alma y del corazón que trata el primer Mandamiento de la Ley, es decir, los pensamientos y deseos, tales como el amor, la indiferencia, el remordimiento, la terquedad, la devoción, las ideas buenas y malas etc., todas pertenecen al rubro de “nuestras obras”. Y si nuestra justicia consiste de ellas, aunque fuese solo parcialmente, ya no consiste únicamente de la justicia de Cristo. Si en cambio consiste sólo de la justicia de Cristo, pues bien, entonces ya no puede consistir, ni siquiera en parte, de nuestras obras, como también observa el apóstol: “Si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia. De otra manera la obra ya no es obra” (Ro.11:6). El apóstol descarta sumariamente esto diciendo: “No desecho la gracia de Dios; pues si por la Ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gá.2:21).