4 de marzo 2026

    4.Dios… nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia, que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos.2 Ti.1:9

    El apóstol dice que la gracia de Dios nos fue dada “en Cristo Jesús”. “Dios es amor”, pero no es un amor que puede aceptar el pecado, o remitir cualquier demanda de su santa Ley. Por eso buscó y encontró para nosotros una solución satisfactoria, tanto para su justicia como para su piedad; es decir, un mediador de la humanidad, un hombre que mediante su vida y obra nos haría santos e irreprensibles ante la Ley. ”Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne. Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro.8:3). Porque a Cristo, “que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Co.5:21). “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gá.3:13), “para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles” (v.14), a fin de que heredásemos la bendición.

    Nuestra eterna elección de gracia no procede de ningún amor corrupto o indulgente de parte de Dios. Por el contrario: toda iniquidad debió ser implacablemente expiada, toda transgresión debió ser quitada, todo pecado debió ser cubierto, y la eterna justicia debió ser satisfecha. Nuestra elección no se fundamentó en ningún mérito, virtud o dignidad de nuestra parte, pues como dice la Escritura ”Y yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres…” (Ez. 16:6), cuando vino el piadoso Señor y tuvo piedad de nosotros. Esa piedad se fundamentó únicamente en Cristo, la imagen del Dios invisible y el primogénito de toda la creación (Col.1:15). El eterno Hijo unigénito de Dios de acuerdo al Espíritu, y el descendiente o hijo de David, el Hijo del Hombre, la Simiente de la mujer, el segundo Adán de acuerdo a la carne.

    A este gran Mediador entre Dios y los hombres, le costó un enorme sacrificio derribar la pared divisoria, obrar la reconciliación por el pecado, satisfacer la justicia de Dios, recuperar el derecho perdido de los hijos a una herencia que fue despilfarrada. Tanto le costó a nuestro amado Señor, que por amor de nosotros fue un miserable esclavo durante más de treinta años; para redimirnos del poder del diablo y obtenernos una justicia que fuese válida por todos los años de nuestras vidas, ofreciendo reparación por todas nuestras impurezas y culpas diarias; le costó “ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas” (He.5:7), sudor y sangre (Lc.22:44). Pero con eso obtuvo la redención eternamente válida a los ojos de Dios.

    Si bien Cristo, debido al eterno plan de Dios, había sido “hecho pecado por nosotros” (2 Co.5:21), y “el Señor había puesto sobre Él el pecado de todos nosotros” (Is.53:6), el Salvador no obtuvo para sí ni siquiera la mínima remisión de la interminable lista de nuestras culpas; debió pagar absolutamente todas. Por lo que el apóstol también dice que Cristo: “Anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Col. 2:14). ¡Ahí quedaron nuestros pecados y toda la maldición de la Ley! Y así como nuestros pecados habían llegado a ser los de Cristo, así también sus méritos, su justicia y sus virtudes llegaron a ser los nuestros. Él es “Jehová, justicia nuestra” (Jer.33:16). En Cristo, Dios nos ve revestidos de Justicia; nos ve como santos e irreprensibles y somos de su agrado. Pero, desde la fundación del mundo el Cordero expiatorio debía ser inmolado ante los ojos de Dios.

    Este es el fundamento sobre el cual Dios actuó siempre con la humanidad como un Padre reconciliado, piadoso y benigno, que buscaba a sus hijos perdidos con entrañable compasión, y los abrazaba con todo su amor, tan pronto como querían volver a Él.

    El Señor, nuestro Dios, se manifestó a Sí mismo a Moisés cuando éste, por ver la gloria de Dios, se presentó ante el mismo sobre la cumbre del monte de Sinaí, proclamando: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” (Éx.34:6-7).

    Esta es la redención general obtenida por Cristo y que abarca a toda la humanidad en la tierra; porque de acuerdo a la intención de Dios, nadie quedó excluido de esta redención. Dios desea que todos los seres humanos sean salvos. Solemnemente declara: “Vivo Yo -dice Jehová el Señor-, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ez.33:11). Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Ti.2:4). Dios “no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P.3:9). Él es el Salvador de todos los pecadores.

    Por eso Cristo también dijo a sus apóstoles: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Mr.16:15). De modo que en esto no hay diferencia.

    No hay en el mundo individuos, o pueblos, o seres especialmente preferidos. Esta gracia es general, abarcando a todas las razas y naciones: judíos, gentiles, turcos, cristianos, católicos, luteranos, en fin: a todo el mundo, buenos y malos, fieles e infieles, religiosos e impíos, ricos y pobres, poderosos y débiles, hombres y mujeres… a todos los que están debajo del cielo. Dios se compadeció absolutamente de todos; a todos debió extender su gracia, y por todos Cristo pagó la redención, según la voluntad y promesa de Dios, revelada ya a los patriarcas, particularmente a Abraham, como cuando le dijo: “En tu Simiente serán benditas todas las familias de la tierra” (Hch.3:25).

    Publicado por editorial El Sembrador