4 de junio 2026

    4.Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.Hch.14:22

    Este es el camino que todos los hijos de Dios debieron recorrer en este mundo. Y cuanto mayor sea la experiencia, la gracia y los dones, tanto mayores serán las pruebas. El Señor permite que Satanás “zarandee” a los creyentes como al trigo, dejando que aun un héroe como David y un discípulo como Pedro caigan en graves pecados (Lc.22:31).

    Dios permite que gente mala, accidentes graves y tribulaciones prolongadas destruyan el bienestar temporal del creyente, como ocurrió con Job. El Señor le dió a su amado siervo Abraham la incomprensible orden de sacrificar a Isaac, al hijo concedido milagrosamente, al hijo de la promesa, el tesoro y deleite del corazón de su padre (Gn.22). José, el más querido hijo de Israel, fue vendido como esclavo y llevado a un país extraño (Gn.37). Dios permitió que un apóstol suyo, como Pablo, le pida varias veces que le quite el aguijón en la carne, sin concederle ese alivio (2 Co.12:7-8); dejó que Juan el bautista, “el amigo del Esposo” (Jn.3:29) “el mayor predicador nacido de mujer”, -después de Cristo-, sea encarcelado, y finalmente alevosamente decapitado por Herodes, sin siquiera tener la oportunidad, como otros mártires, de exaltar con su valiente confesión la gloria de Dios ante una multitud de espectadores.

    Sólo se escuchó el cruel pedido: “Dame aquí, en un plato, ¡la cabeza de Juan el Bautista!” (Lc.7:26,27; Mt.14:8). Juan tuvo que “creer sin ver”, siendo que era el profeta preferido de Dios y el amigo más íntimo de su Hijo en la tierra… En la vida de Juan el bautista, el amor de Dios estuvo profundamente oculto.

    Dios actúa habitualmente así con los que más ama, con los que dotó de muchos talentos, y con los que más quiere glorificar. Con éstos adopta una actitud extraña, como si no quisiera saber nada de ellos, dejando que los aflijan toda suerte de dolores y reveses, permitiendo que los asusten sus pecados y debilidades, y que el diablo y el mundo los acosen. Y cuando entonces acuden a Dios, su único consuelo y socorro, Él por mucho tiempo parece no oírlos, dejando que el mal empeore cada vez más.

    Entonces los amados hijos de Dios gimen alarmados y se preguntan si Dios acaso no los abandonó merecidamente y para siempre, por causa de sus pecados. Así podemos oír aun a David, al “varón conforme al corazón de Dios” (1 S.13:14) llamentarse amargamente: “Cortado soy de delante de tus ojos” (Sal.31:22). Y Jeremías diciendo: “Ciertamente contra mí volvió (Jehová), y revolvió su mano todo el día… Me rodeó de amargura y trabajo… Me cercó por todos lados, y no puedo salir… Cercó mis caminos con piedra labrada, torció mis senderos… Aun cuando clamé y dí voces, cerró los oídos a mi oración…” (Lm.3:2-9).

    ¿Y qué otros ejemplos necesitamos? Pues bien, pensemos en el mayor de todos, en el del unigénito y amado Hijo de Dios, clamando en su supre mo sufrimiento: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi Salvación?” (Sal.22:1; Mt.27:46). Si estos santos, inclusive el propio Hijo de Dios, clamaron así aunque gozaban del mayor favor posible de Dios, ¿no debiéramos estar preparados para lo mismo nosotros? La persona cuya fe no fue puesta a prueba, difícilmente tendrá una fe viva. Dice la Escritura: “Si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos” (He.12:8).

    Todo verdadero cristiano debe sufrir por lo menos el acoso de su propio pecado, haciéndosele difícil creer en la bondad de Dios. Luego lo atacarán también el diablo y el mundo por todos lados, no dándole mucha tregua en su vida en la tierra.

    Como dijera un antiguo creyente: “Cada cristiano debe conocer primero al diablo, luego a un Judas, después a un Caifás y a un Pilato, y dejarse azotar hasta que brote la sangre. Cuando se aleja un tentador, deben venir otros dos en su lugar, y cuando éstos acabaron su tarea, deben venir cuatro, uno peor que el otro, y así hasta que la tribulación sea completa. Cuanto más piadoso el cristiano, tanto mayor el martirio. Un fiel cristiano tiene que padecer mucha amargura en este mundo, y muchas veces no tiene quien le consuele”.

    La razón para este curioso tratamiento es que Dios no encontró ningún medio mejor para mortificar a nuestro viejo Adán, que la tribulación. A fin de asfixiar la mentalidad Adánica en nosotros, que siempre quiere ver, entender y evaluar las razones del Señor y juzgar sus decisiones, y para producir y afirmar en nosotros la verdadera fe, el Señor dejó aquí en el mundo toda la maldad que resultó de la caída de Adán, todo el diluvio de iniquidades, toda la depravación interior, y la horda de espíritus malignos, con su nefasta influencia en nuestras mentes, junto con la oscuridad y el sufrimiento resultantes.

    Si recordamos además que el corazón de una persona iluminada es la membrana más sensible y delicada del mundo… que es como una herida abierta, en la que un grano de arena o una brisa del viento pueden causar pena… podemos imaginarnos fácilmente los problemas, las tribulaciones y el dolor que abundan en la vida de un cristiano. Esas tribulaciones afligen y rodean las almas de los creyentes, como gruesos y negros nubarrones. Y por estos tormentos debe pasar el alma que desea ser salva y entrar al reino de Dios.

    Publicado por editorial El Sembrador