4.Sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos.1 Jn.3:14
Nuestra conversión al Señor, nuestra fe en la gracia de nuestro Señor Jesucristo, producirá el fruto del sincero y profundo amor a todos los hijos de Dios. No sólo hacia ciertos hermanos que nos hicieron algún favor especial, nos comprenden, aprecian, o poseen algún encanto natural que nos atrae, sino hacia todos los discípulos y creyentes en Cristo en general. Ellos constituyen ahora nuestra nueva familia, nuestros hermanos y hermanas en la fe. Este nuevo amor dentro de nosotros, más que las grandes hazañas, demuestra que el Espíritu de Dios produjo un nuevo nacimiento o regeneración en nuestra alma.
Tal vez pienses que no puedes considerarte un hijo de Dios, porque tu cristianismo es muy imperfecto. Sin embargo, esas deficiencias y tu propia opinión no son nada frente a lo que dice la Palabra de Dios.
Si efectivamente despiertas del sueño del pecado, y dejando tus caminos equivocados, ahora andas por el camino de la piedad, la Palabra de Dios, la oración y el arrepentimiento, pero no quieres tener nada que ver con otras almas que aman al Señor, y te sientes totalmente satisfecho solo, “con Dios y con su Palabra”, como dicen algunos, estas muy equivocado.
Aunque parezca muy espiritual, es un estado totalmente contrario a la principal señal de la gracia de Dios; demuestra que tu arrepentimiento y conversión sin duda son falsos e imaginarios. Pues si tu arrepentimiento fuese realmente obra del Espíritu, tendrías también esta señal del amor a los hermanos; te sentirías pequeño en cuanto a tu propia persona, y estimarías a otros cristianos como mejores que tú.
Si la sangre de Cristo, Cordero de Dios, llegó a ser tu consuelo y gozo; si has entrado por “la puerta estrecha” (Mt.7:13); si tanto tu pecado como tu justicia perdieron toda importancia ante la sangre del Hijo de Dios; si tu corazón fue bendecido por la gracia sobreabundante… en fin, si vives en arrepentimiento, y si tu ego disminuye mientras Cristo crece en ti, entonces el gran amor que tenemos en común, ¡hará que te identifiques con todos tus demás coherederos! Llegarás a ser realmente “de un corazón y de un espíritu” con ellos, a la manera de los primeros cristianos (Hch.4:32).
Si simpatizamos más con algunos hermanos porque opinan como nosotros en ciertos temas, pero no porque sean hijos de Dios ni porque compartan con nosotros la inmensa gracia de Cristo, ese no es el amor genuino y distintivo de los creyentes. Porque San Juan dice expresamente: “Todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él” (1 Jn.5:1b).
El verdadero amor a los hermanos se debe a que son nacidos de Dios, se los ama precisamente por eso. Como lo señala el apóstol Juan: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus Mandamientos” (1 Jn.5:2). Es decir, amamos a los hermanos porque tenemos el mismo amado Padre celestial. Quien no presta atención a este hecho, sin duda quiere ser engañado. Y efectivamente será engañado.
Por otra parte, qué maravilloso es saber que el amor fraternal se debe sólo a la obra y gracia de Dios en los corazones de los cristianos. En efecto, como fruto de la conversión los demás creyentes llegaron a ser nuestra nueva familia; y nuestros queridos hermanos nos parecen tan amables, ¡que muchas veces pensamos que somos indignos de ese amor! ¡Ah, qué estado más feliz!
Es verdad, puedes tener a determinado hermano al que prefieres a los demás, como también el propio Señor Jesús amaba a San Juan en forma especial. Sin embargo, en todos los que adoran y aman al Salvador hay algo que nos atrae tanto, que todos llegan a ser nuestros queridos hermanos, que comparten penas y alegrías con nosotros.
La “caridad” hace que queramos ayudar y servir a todo el mundo; por otro lado el “amor fraternal” nos liga en forma especial con los que están en comunión con el Salvador. Ese amor evidencia que, por pobre que fuese tu cristianismo en otros aspectos, Cristo no obstante es tu vida; y a pesar de todos tus defectos, el Espíritu de Cristo vive en tu corazón. Sin embargo, aunque Dios engendró ese amor en nuestros corazones, y ese amor crece por nuestra comunión con el Salvador, todavía necesita de mucho cuidado, como todos los otros frutos del Espíritu.
Por eso están las exhortaciones al amor en las Escrituras. Y como el amor fraternal es un fruto característico de la vida en Cristo, siempre depende de esa vida.
Por eso, mientras uno viva en el saludable ejercicio del arrepentimiento y de la fe en Jesús, también amará a los hermanos. Pero tan pronto como el materialismo comienza a ganar terreno en un alma cristiana, de modo que ya no vive en el reconocimiento diario de su pecado, y en la invocación continua de la gracia, en seguida también comienza a enfriarse su amor a los hermanos, mirando más sus faltas que la gracia de Dios morando en ellos.