4.Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios… los cuales son engendrados de Dios.Jn.1:12-13
Ante esta revelación de la Escritura en cuanto a los hijos de Dios, los corazones de todos los creyentes debieran ensancharse de gozo y admiración; y al mismo tiempo, los atrevidos y arrogantes que usurpan el nombre del Altísimo, debieran quedarse confundidos y asustados. Dice la Escritura que los hijos de Dios fueron engendrados por Él. Son maravillas de la gracia de Dios. Son criaturas espiritualmente nuevas en la tierra, que “participan de la naturaleza divina” (2 P.1:4). En ellos se ven los resultados de una fe verdadera y viviente. Sólo por gracia, mediante la fe, llegamos a ser salvos e hijos de Dios. Esa es una verdad tan rica en consuelo, que le hace llorar de alegría al hijo de Dios, que goza de esta bendición ¿No debiéramos entonces reflexionar y tratar de entender a qué se refiere esa expresión, que habla de una fe por medio de la cual somos engendrados de Dios? ¿O acaso podría salvarnos una fe imaginaria, un conocimiento teórico, que no produce un nacimiento de Dios? Cualquiera puede arrogarse el precioso título de hijo de Dios. Más de una persona se entusiasma con la esperanza de ser un verdadero cristiano, sin reunir las señales características del nuevo nacimiento. “¡No os engañéis: Dios no puede ser burlado!” (Gá.6:7).
En el Juicio Final no será decisivo el montón de conocimientos que pudimos haber acumulado en nuestras cabezas ni el número de palabras piadosas que hemos pronunciado con nuestras bocas, sino la calidad de nuestro cristianismo, si fue o no fue sincero, si efectivamente nacimos de Dios. ¡Ah, qué terrible haber estado fingiendo todo el tiempo una falsa seguridad, en vez de vivir por la fe creada por Dios! Qué terrible haber estado engañándose uno a sí mismo y a otros con una “fe” meramente intelectual, desprovista de todo poder de mortificar la carne, y de recrear y santificar nuestros corazones; una “fe” que consistía solamente en ideas, palabras, y algunos ejercicios religiosos, como el rezo de ciertas oraciones, ceremonias, ritos y ¡tradiciones de origen humano! ¡Un día se le pondrá fin a ese juego! Un día vendrá el Excelso y Justo, ante quien los incrédulos se hicieron los santos. Entonces se escuchará el anuncio: “Se acabó la farsa. ¡Rindan cuenta!” y serán confrontados con el adusto ángel de la muerte, cuando tengan que comparecer desenmascarados y expuestos ante los ojos del Santo, qué espantoso será entonces para los que ¡toda la vida se condujeron como hipócritas! La gracia es tan grande, y la condición de los hijos de Dios en el cielo tan gloriosa, que la falta de sinceridad en el cristianismo pasa a ser un pecado muy grave. Por eso tenemos que atender bien a las palabras del apóstol en nuestro texto.
Dice primero: “A todos los que lo recibieron… les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Y explica qué significa recibir, agregando: “…a los que creen en su nombre”. ¡Miren cómo lo aclara! Dice que los que por la fe llegaron a ser hijos de Dios, también han nacido de Dios. Debemos imprimir esta verdad profundamente en nuestras almas. Quienes esperan “ver el reino de Dios” y vivir eternamente en comunión con Dios como hijos suyos, deben haber nacido de Dios. La vida divina animaba al ser humano antes de la caída.
Esa era precisamente la imagen de Dios en él. A la pérdida de esa imagen se refirió Dios cuando le dijo a Adán: “El día que comieres el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, ciertamente morirás” (Gn.2:17). Esa vida divina ahora debe ser restaurada en nosotros mediante un nuevo nacimiento obrado por el Espíritu Santo, a fin de que recuperemos nuevamente la imagen de Dios. Sin embargo, esta imagen no nos será restituida plenamente, en tanto no seamos librados también del molesto peso de la carne.
Cristo señaló expresamente: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn.3:3). El reino de Dios se nos da sólo por gracia. Esta verdad es eternamente firme, pero es totalmente imposible disfrutar la comunión con Dios y la vida del cielo, si no has nacido de nuevo y has recibido la naturaleza divina. El verdadero Dios es un Dios santo. Una criatura inmunda agonizaría y perecería en la presencia de Dios. Debe existir en el hombre una naturaleza aliada con Dios, un hombre nuevo creado según Dios, para que pueda disfrutar de eterna felicidad en comunión con Dios. “Porque la mente carnal es enemistad contra Dios” (Ro.8:7), y si no se siente a gusto en su presencia ni siquiera por un día, mucho menos por toda la eternidad.
Cristo dice en Juan 3: 3,6,7 “No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. Lo que es nacido de la carne, carne es… el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Y San Juan aclara: “Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn.1:13). Lo mismo dice San Pedro: “Siendo renacidos no de simiente corruptible, sino incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 P.1:23). Y así lo confirma también San Pablo: “En Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la circuncisión, sino una nueva creación” (Gá.6:15).
¿A quién vas a creer en esta cuestión de vida o muerte, sino al propio Señor? ¡Cristo es el amor y la bondad en Persona! Sin duda hemos de escuchar tanto a Cristo como a sus apóstoles. Estos declaran a una sola voz que Dios tiene la solución para la humanidad, que las personas pueden nacer de nuevo y llegar a ser partícipes de la naturaleza divina, a fin de entrar al reino de los cielos. ¡No sigamos avanzando hacia la eternidad, sin asegurarnos de que eso ha ocurrido con nosotros!