4.Porque yo por la Ley soy muerto para la Ley.Gá.2:19
Algo parecido dice en Ro.7:4,6: “Vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la Ley”. Y: “Ahora estamos libres de la Ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos”. Estas palabras contienen el secreto de nuestra libertad de la Ley. Prestemos atención a la palabra “muerto”.
En Ro.7:9,11 dice: “Yo sin la Ley vivía en un tiempo. Pero cuando vino el Mandamiento, el pecado revivió, y yo morí…Porque el pecado, tomando ocasión por el Mandamiento, me engañó, y por él me mató”. Quien va al fondo de esta cuestión, hallará una preciosa luz. ¿De qué muerte habla el apóstol ahí, cuando dice: “…y yo morí”? O “¿He muerto para la Ley?” Nuestro Catecismo habla de una muerte triple: Física, espiritual y eterna. Pero aquí se menciona una cuarta clase de muerte. Espiritualmente el apóstol ya estaba muerto antes de conocer la Ley, pero él dice que cuando vino el Mandamiento la Ley lo mató. ¿A qué muerte se refiere entonces? Quienes la conocieron, lo saben.
Esta clase de muerte se produce cuando la Ley acusa a la persona que vive tratando de justificarse a sí misma ante Dios, por medio de su propia “buena” conducta. Cuando los santos ojos de Dios comienzan a reprobar aun los pensamientos ocultos y las intenciones del corazón, esa persona “muere”.
Y cuanto más severamente la ataca, tanto más rápidamente muere. Muere el autosuficiente fariseo que había anteriormente en él y que creía poder justificarse por su propio cumplimiento de la Ley. Así debió morir el fariseo Saulo antes de que pudiera surgir el fiel discípulo Pablo (1 Ti.1:13; Fil.3:5-9). El muslo de Jacob debió descoyuntarse, cuando luchó con el desconocido, antes de que pudiera exclamar: “¡Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma!” (Gn.32:24-32).
Y entonces recibió otro nombre, el de Israel (v.28). Después de aquel incidente, Israel cojeaba de esa pierna. El antiguo Jacob había “muerto”. En resumen: Tomemos las palabras del apóstol en su sentido natural y entenderemos quién es el que murió. San Pablo dice: “Yo morí”. Fue su “ego”, lo que murió en la lucha contra el pecado bajo las demandas de la Ley.
La profunda ilusión y confianza en la capacidad propia, que es el alma del viejo hombre, le hacía mantener una tenaz esperanza de éxito en esa lucha. Esto, sin embargo, contribuyó tanto más a hundirlo y matarlo. San Pablo expresa esto en Romanos 7:11: “El pecado, tomando ocasión por el Mandamiento, me engañó, y por él me mató”.
Toda la Ley revela nuestra corrupción, la cual nos hace exclamar: ¡Ojalá no existiera Dios y yo pudiese hacer lo que se me da la gana, sin tener que rendirle cuentas a nadie! Y eso es muerte espiritual. El Mandamiento aniquila la falsa confianza en el poder de la Ley para santificarnos. Mata la ilusión en la capacidad del hombre natural de poder lograr la salvación con sus propias fuerzas. Deja al ser humano tirado, perdido, indefenso, impotente… peor aún: “¡Muerto!”
Pero cuando el alma exhausta desespera de todo esfuerzo propio, tanto de su voluntad como de su capacidad, -por más ejercicios de devoción y penitencia que ensaye-, y en cambio presta atención al mensaje de Dios para nuestra reconciliación, y comprende lo que le ofrece la obediencia y el sufrimiento de Cristo, entonces el alma se siente atraída a Él, tal como está, sin vida y poder, indigna de toda bondad, y tan solo pide piedad. Así el alma se arroja a los brazos de su verdadero novio, “para que sea de otro, del que resucitó de los muertos” (Ro.7:4).
Y he aquí, con Él obtiene inmediatamente el cumplimiento de toda la Ley, “porque el fin de la Ley es Cristo, para justicia de todo aquel que cree” (Ro.10:4). Y ahora la esposa, sólo vive de la justicia y del cuidado del esposo, diciendo “Bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar… y su bandera sobre mí fue amor” (Cnt.2:3-4). La persona fue liberada de la Ley, como lo declara explícitamente el apóstol en Gálatas 3:24-25: “De manera que la Ley ha sido nuestro ayo para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo el ayo”.
En efecto, la vieja presunción acerca de mi propia capacidad todavía aflora mil veces, generalmente en la forma más sutil, insinuándome que yo, como cristiano, debiera ser y lograr mucho más por medio de la oración y del poder de Dios. Sin embargo debe ser desenmascarada como un fantasma imaginario, parecido a Adán, porque “yo” y no Cristo se convirtió otra vez en el centro de mis pensamientos. Entonces yo quedo otra vez exhausto y “muerto”, hasta que nuevamente me arrojo a los pies de mi Salvador y por la fe en Él, dejo que Él sea toda mi Justicia. Y en tanto que vuelvo siempre de nuevo a Jesucristo, no estoy más bajo la Ley, sino bajo la gracia.
De esto también pueden aprender quiénes no están bajo la gracia, sino bajo la Ley. Es decir, los que todavía no fueron derribados ni “muertos” por la Ley, como acabamos de ver. Son las personas que todavía confían y conservan esperanzas en su propia piedad, con la que creen poder satisfacer las demandas de la Ley. Todavía no se consideran tan perdidos, ni desesperaron de sus propios esfuerzos, como para rendirse, reconociéndose como miserables pecadores, sin más remedio que la gracia del perdón. Estos todavía se proponen santificarse mediante su esfuerzo propio y esperan lograrlo. Si en este intento (de mejorarse) llegan a fracasar (perder la fe en sí mismos), ya no están lejos del Reino de Dios. Sólo falta que desesperen totalmente de sí mismos y que luego, en un abrir y cerrar de ojos, lleguen a conocer verdaderamente a Jesús. En otras palabras, que lo encuentren y reconozcan como lo que Él es. Porque si esa revelación aún va acompañada de mucha confianza y satisfacción en uno mismo, -de modo que la fe en Jesucristo es solo parte de su “justificación”- se alejan aún más de la gracia salvadora. Si esperan salvarse en parte por lo que hizo Cristo, y en parte por lo que hacen ellos, todavía no se reconocen como miserables pecadores, “muertos en delitos y pecados”, cuyo único refugio está en Cristo. En ese caso la justicia de Cristo no será más que una nueva y hermosa tela remendada sobre un trapo viejo…