4.Vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.Jn.5:28-29
Cuánto daño y debilidad causa a los cristianos nuestro enemigo, el diablo, cuando logra echar un manto de indiferencia sobre el tremendo final de nuestra existencia temporal: La resurrección para vida eterna, o la resurrección para eterna condenación. De ese modo todos los temas espirituales pierden importancia. Ya no resulta urgente estar seguros de tener una buena relación con Dios.
Se puede seguir comiendo, bebiendo y durmiendo tranquilo, aun sin saber si se irá a parar al cielo o al infierno. Ya no tiene importancia preocuparse por la Palabra de Dios y la adoración, o por nuestra reconciliación con el prójimo ofendido, o darle un testimonio alentador a un hermano.
Tampoco hay interés en hacer o sufrir algo por amor a Cristo. No se quiere perder las comodidades o los placeres de la vida por seguir a Cristo, ni hacer un sacrificio que le cause dolor al corazón, ni privarse de algo por amor a Él. Así somos cuando flaquea nuestra fe. Esto es lo que ocurre cuando no creemos firmemente en el grandioso y bendito fin de nuestra vida terrenal, y no lo tenemos continuamente ante nuestros ojos. El apóstol Pablo compara a la esperanza de la salvación con un yelmo (Ef.6:17), porque el yelmo –lo que hoy en día llamamos “casco”- protegía la cabeza del soldado contra la espada y los golpes del enemigo, y así le permitía avanzar con más valor en la lucha.
La firme esperanza de la salvación también nos permite despreocuparnos un tanto, por lo que puede pasarnos en esta vida por seguir a Cristo, y nos anima en cambio a buscar tan solo su aprobación y agrado, sabiendo que después de la prueba nos esperan cosas tan maravillosas, que “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera, que en nosotros ha de manifestarse” (Ro.8:18).
Es necesario que estemos bien protegidos con este yelmo de la salvación, cuando el camino de nuestra vida se vuelve arduo y escabroso, cuando sentimos poco o nada la presencia y asistencia de nuestro Salvador. También cuando somos tentados a caer en la depresión, debido a nuestra impaciencia. El deseo de ser felices y disfrutar la vida puede llevarnos a codiciar placeres impuros.
Tal vez esperábamos ser más felices en esta vida, pero tuvimos que padecer y soportar mucho sufrimiento. Y entonces, tener a Cristo como la máxima alegría y el mayor consuelo nos parece insuficiente. Suspiramos diciendo: “¡Ah! ¡Ojalá pudiera creer profundamente en Dios y experimentar realmente su comunión y compasión! Entonces, en vez de ser infeliz sería muy dichoso. Pero me falta todo eso. Estoy oprimido por una cruz que me amarga la vida y me arruina la existencia. No veo ninguna salida, estoy deprimido y desganado”.
¡Qué paz y fortaleza tendríamos si mirásemos la vida con los ojos de la fe, para percibir el plan de salvación de Dios! Descubriríamos ciertamente que no hemos perdido la oportunidad de ser felices, sino que nuestra felicidad ha sido preservada para otro tiempo, para ser disfrutada en otro mundo, donde nuestra dicha será plena y eterna. Cuando tenemos conciencia y certeza de esto, nos quedamos tan contentos con Dios y con su divina providencia, que ni siquiera deseamos otra cosa que la bendita comunión con Él, y sentimos la máxima alegría y el mayor de los deleites con tener “sólo” a Dios.
Tenemos un buen ejemplo de esto en el Salmo 73. Ahí, el salmista Asaf primero confiesa que sintió envidia al ver la prosperidad y felicidad de los impíos, mientras que él y los justos se hallaban tan golpeados y castigados, que exclamó: “Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en inocencia” (v.13). Pero observemos cómo superó esa prueba: “Cuando pensé saber esto, fue duro trabajo para mí. Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos. ¡Cómo han sido asolados de repente! Perecieron, se consumieron de terrores…Mas en cuanto a mí, me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria” (vs.16-24).
Tener “sólo” a Dios de su lado dejó tan contento a su corazón, que terminó diciendo: “Fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre”(vs.25,26).
Estos son los resultados de entrar al santuario de Dios, meditar en las maravillas de la divina providencia y percibir lo que yace oculto bajo el manto de la vida presente. Es decir, la inmensa y eterna desgracia oculta bajo las ropas finas y los espléndidos banquetes del hombre rico y la inmensa y eterna felicidad cubierta por los harapos y las llagas del pobre Lázaro (Lc.16).