31 de octubre 2026

    31.Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado.Ro.7:23

    Lamentablemente, en nuestra triste vida, tenemos demasiados ejemplos que corroboran lo que el apóstol dice aquí. Tanto en nuestra fe, como en nuestra conducta. También en mi mente está la Ley de querer creer todo lo que mi omnipotente Dios dijo, por absurdo que le parezca a mi ciega razón. Pero ¿qué ocurre? En mi mente ciega y arrogante también existe otra ley, que me lleva cautivo y me dice: “Esto y aquello es absurdo; más aún, es imposible”. Si pienso que un hecho relatado en la Escritura no pudo haber ocurrido, estoy dudando de la Palabra de Dios y lo trato a Él de mentiroso. ¡Este es un terrible pecado! ¡Jamás debiera ser culpable de eso! Sin embargo, que yo dude así de la Palabra de Dios demuestra que soy “llevado cautivo a la ley del pecado en mis miembros”.

    Pensemos en lo que ocurre con la doctrina de la resurrección. En tu mente regenerada aceptas como verdaderas las palabras del Señor sobre este tema. Reconoces que Dios es capaz de hacer todo lo que quiere y prometió. Pero, de pronto tus ojos contemplan un cadáver en descomposición, y preguntas: “¿Podrán resucitar nuestros cuerpos? ¡Me parece absurdo!” Entonces esta hablando la ley que está en tus miembros. La ley de tus ojos y de tu razón te llevó cautivo.

    Lo mismo ocurre todo el tiempo con el principal artículo de fe del cristianismo: El perdón de nuestros pecados, o nuestra justificación ante Dios. Creemos que tenemos salvación por la sangre de Jesús, que nos limpia de todo pecado. (1 Jn.1:7; 2:2). Pero sin acordarnos de eso, de repente comenzamos a pensar en un pecado determinado, que nos hace sufrir mucho. No podemos dejar de pensar en él como algo horrible, aunque nuestro sentimiento de culpa debiera cesar inmediatamente después de haber recibido el perdón. O cuando somos tentados y caemos en desobediencia, pensamos: “¿Cómo podemos confiar en la gracia de Dios, que no sólo nos promete el perdón, sino también la ayuda, para poder resistir a la tentación?” Así nos dejamos llevar cautivos por la ley de la duda y de la razón nuevamente. De la misma manera, cuando nos oprime una adversidad, necesidad o aflicción, la ley de Dios en nuestra mente nos dice: “¡Confía y espera en Dios! Él es el todopoderoso y un fiel Padre celestial. ¡No temas! ¡Cree solamente!” Pero entonces oímos inmediatamente otra ley protestando en nuestros miembros y diciendo: “¡Todo depende de ti!” Así todo el tiempo padecemos debilidades en la fe, y experimentamos la ley natural que está en nuestros miembros y nos lleva cautivos: la ley del pecado.

    Y esto ocurre no sólo con nuestra fe y esperanza, sino también con nuestra vida y conducta. Por la Ley que Dios puso en mi mente y conciencia, y por la fe en Jesús, no sólo aprecio sus Mandamientos como santos y ciertos, sino también los quiero y valoro mucho en mi corazón. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos los descarto de mi vida. No puedo tener presente y reverenciar a Dios. Procedo como si Dios no existiese. Sucede lo que dice el apóstol: “No entiendo lo que hago; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Ro.7:15). Por ejemplo, quisiera ser siempre amable y cordial. Pero en un abrir y cerrar de ojos me dejo llevar por el enojo y la impaciencia. Quisiera estar siempre limpio y libre de todo mal deseo. Sin embargo, soy cautivo de la ley del pecado, que me hace hacer lo que aborrezco. Quisiera ser humilde y servicial con todos mis semejantes, altruista y noble; paciente y temeroso de Dios en la aflicción… Pero, en un abrir y cerrar de ojos pierdo todo dominio propio, y quedo totalmente desilusionado. Y eso me causa miedo y abatimiento. Pero ¿qué es todo eso, sino exactamente lo que el apóstol afirma aquí: “La ley del pecado, que está en mis miembros, me lleva cautivo? (Ro.7:23). Y ¿quién podría contar todas las malas acciones que podemos llegar a hacer…?

    Que a pesar de todo salgamos victoriosos, se debe a que en medio de este conflicto, el alma todavía conserva la santa virtud de resistir y combatir a la carne; de ser restaurada mediante el arrepentimiento y la fe ante el trono de la gracia; y de obtener renovado aliento y voluntad para seguir viviendo “por el Espíritu” (Gá.5:25). Es porque el alma, a pesar de todas sus experiencias humillantes, cada vez se vuelve más temerosa de Dios. Aprende a conocer cada vez mejor su propia impotencia y el terrible poder del pecado. Se siente cada vez más impulsada a la oración y al estudio de la Palabra, para procurar allí su ayuda.

    Pero, si por el contrario, ocurre que la persona comienza a alejarse cada vez más del trono de la gracia; a sentirse cómoda con el pecado y a defenderlo… es un claro testimonio de su marcha atrás; sí, de su sueño mortal.

    En cambio, si el pecado se vuelve cada vez más aborrecible a nuestro espíritu, -precisamente el pecado que más codiciamos-, de modo que al final todos los demás pecados nos parecen pequeños en comparación con nuestro pecado favorito… nos consideraremos miserables pecadores, pero estimaremos a Cristo y su gracia como indispensable, cada vez más. Esta es una señal de que, en medio de la lucha, mi espíritu quedará cada vez más santificado y se volverá cada vez más temeroso de Dios. Por otra parte, si ocurriese que todo conflicto cesase, si el alma se creyese tan buena y piadosa como desea ser, eso sería una señal segura de que se durmió espiritualmente, que se rindió silenciosamente al enemigo. Cuando todo marcha “bien” en esta vida, es cuando el pecado no está muerto, sino vivo y activo. Pues cuando no me rindo a sus deseos sino velo, oro y lucho contra él, generalmente la lucha se vuelve muy dura y el sufrimiento es grande. Esto es lo que las almas dormidas, seducidas por el engaño, no conocen. Esta es la lucha entablada por los que aspiran a la corona que les conquistó Jesús, y que les ofrece el Evangelio, pero en quienes la ley del pecado aún provoca toda clase de concupiscencias.

    Publicado por editorial El Sembrador