31.Mis ovejas oyen mi voz, y Yo las conozco, y me siguen.Jn.10:27
Recordemos lo que nuestro Señor Jesucristo dice aquí de sus ovejas: “Oyen mi voz… y me siguen”. Estos son los primeros frutos característicos del verdadero conocimiento de Cristo. Cuando una pobre oveja perdida llega a conocer correctamente a su buen y fiel Pastor; cuando comprende que Él dio su vida por ella, y que siente lástima por sus penas, que la ama y atiende en sus necesidades, entonces para esa oveja es un deleite y una necesidad vital seguir a ese buen Pastor.
Es imposible conocerlo sin amarlo. Y es imposible amarlo, sin querer seguirle. Si todavía no comenzó a cautivar tu corazón, de modo que estás dispuesto a abandonarlo todo, con tal de poder ser su amigo y seguidor, significa que todavía no llegaste a conocerlo correctamente.
Existen muchos grados de fe y de conocimiento de Cristo, que pueden crecer constantemente. Una fe débil no puede producir el mismo amor y poder de santificación que una fe fuerte. Por eso podemos equivocarnos muy fácilmente si queremos reconocernos a nosotros mismos o a otros por el poder de santificación en nuestras vidas. La fe salvadora es la única señal distintiva e infalible del estado de gracia de una persona. Lutero dijo: “A un cristiano no se lo puede juzgar ni reconocer por otra cosa que por su conciencia o sea, por la relación interior de su alma con Dios y frente al pecado, porque también los verdaderos cristianos pueden caer. Por otra parte, los falsos cristianos pueden hacerse los santos y llevar una vida muy hermosa”.
Pero cuando Jesucristo dice: “Mis ovejas oyen mi voz”, menciona con eso dos importantes frutos y características de la fe. Primero, las ovejas adquieren un oído agudo para distinguir la voz de su Pastor, de manera que, aunque pueden ser muy ingenuas e ignorantes en otros sentidos, no obstante poseen un discernimiento seguro y claro a ese respecto, para distinguir la voz del buen Pastor de otras voces.
Y en segundo lugar, las palabras “oyen mi voz” describen precisamente lo que es tan característico de los creyentes: Que si bien no pueden hacer siempre la obra o tarea que quisieran o debieran hacer, no obstante tienen una mente obediente, un espíritu dispuesto y el deseo sincero de hacer esta obra. Se culpan a sí mismos por sus deficiencias, y suspiran desde lo profundo de sus corazones, por la voluntad y fuerza de poder ser y hacer lo que el Señor quiere.
Esto revela una entrañable conciencia del deber u obediencia. Les preocupa lo que el Señor dice en su Palabra. La meditan y tienen el profundo deseo de obrar de acuerdo a ella. Sienten la desgracia de que hay una ley en sus miembros que lucha contra la Ley en sus mentes, de modo que no pueden hacer siempre lo que quisieran.. si determinado pecado esta adherido a ellos, con particular fuerza, precisamente contra ese pecado oran con más ardor. Eso es una prueba evidente de su mente obediente y de su espíritu recto. Y en esas horas todos los demás pecados de sus semejantes les parecen triviales, comparados con los suyos. Piensan que solamente sus pecados son realmente graves y merecen castigo.
¡Ah, que escrupulosos hijos de Dios! Los hipócritas y fariseos piensan que solamente los pecados de los demás son graves y merecedores de castigo, mientras que disculpan con extraordinaria indulgencia los propios. ¡Pero con los fieles de Cristo sucede al revés! Es obvio que la verdadera fe engendra un espíritu recto.
Pero de las palabras “…y ellas me siguen” también deducimos que si una persona acepta y aprueba el evangelio, pero su vida en general sigue igual que antes, -pues mantiene la misma relación con su pecado favorito y con el mundo-, entonces esa persona sólo se engaña a si misma con una fe falsa. Todo el que lee estas palabras del Señor Jesucristo “…y ellas me siguen”, ¡que se detenga y recapacite! Se engañó con una fe falsa y humana, si esta no lo convirtió en un seguidor de Cristo.
“La fe verdadera es el poder de Dios en nosotros, que nos cambia. Dios nos hace nacer espiritualmente de nuevo, de manera que llegamos a ser criaturas totalmente diferentes en cuanto a nuestro corazón, a nuestras inclinaciones, a nuestra mente y a todas nuestras fuerzas. El poder de Dios viene acompañado del Espíritu Santo” (Lutero).
Así también dice San Pablo: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Cor.5:17). En efecto, es como si se ingresase a un mundo nuevo y comenzase una vida nueva.
La prueba para saber si la fe es pura, es ver si el objetivo de la misma es la expiación de Cristo y el perdón de los pecados, y no la propia piedad. Porque la imitación de Cristo y la verdadera santificación deben surgir del perdón de nuestros pecados, y no de nuestro deseo de justificarnos a nosotros mismos. Primero tiene que ser aniquilada nuestra justicia propia, y perdonado nuestro pecado, revestirnos de la Justicia de Cristo, y quedarnos tan cautivados por Cristo y su gracia, que le seguimos sólo por amor a Él, de modo que confesemos de corazón: “El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si Uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Cor.5:14). Y cuando este amor de Cristo nos impulsa, entonces sigue una nueva vida: La de una nueva criatura, que se alegra mucho en poder seguir a su Salvador, el resto de su vida.