31 de enero 2026

    31.Y cuando venga el Consolador, convencerá al mundo… de justicia… por cuanto voy al Padre, y no me veréis más.Jn.16:8-10

    ¿Qué significa: “… de justicia, por cuanto voy al Padre”? ¿Que el Espíritu Santo “convencerá al mundo de justicia”? y que causa de sea: ¡”…por cuanto voy al Padre”! Suena como algo misterioso. Por eso, analicémoslo cuidadosamente, para entender lo que nuestro querido Señor nos quiso enseñar.

    Aun cuando haya escuchado la explicación de estas palabras y piense que las he entendido tan bien que no me queda nada por aprender de ellas, su profundidad todavía puede albergar grandes tesoros ocultos. “El Espíritu Santo convencerá (o reprenderá) al mundo de justicia”. ¿Que significa eso? ¿Se le debe convencer a alguien acerca de qué es la justicia? Y más misteriosa todavía parece la explicación que agrega el Señor: ¡”Por cuanto voy al padre”! Sin embargo, precisamente este agregado arroja luz sobre todo el pasaje. Porque, ¿a qué se está refiriendo Cristo cuando anuncia que irá al Padre? Pues, nada menos que a su muerte propiciatoria. Porque esa era la forma en que volvería al Padre: Una vez cumplida su misión redentora, para la que había venido al mundo. Cristo pronunció esas palabras en el momento en que se disponía a iniciar su sufrimiento; en el momento en que se despedía de sus discípulos, en la última noche antes de su muerte propiciatoria.

    Asi, resulta fácil entender lo que significan las palabras: “Voy a mi padre”, es decir: “Ahora voy a cumplir la gran misión, para la cual he venido al mundo: Voy a derramar mi sangre por los pecados del mundo”. Como lo dijo expresamente esa misma noche, al instituir la Santa Comunión: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lc.22:20).

    Es como si dijera: “Con esta sangre entro ahora, como el verdadero Sumo Sacerdote, al santuario no hecho por manos, sino al cielo mismo (He.9:24). Voy a reconciliar al mundo con Dios, a obtener para ustedes una eterna redención de la culpa y la maldición del pecado, y una eterna Justicia para los seres humanos (He.9:12)… Sí, voy a presentarme ahora delante de Dios, una vez para siempre, por todos ustedes…”

    En resumen: “Voy a quebrarle la cabeza a la serpiente, a remediar la caída del hombre, a restaurar la herencia perdida, y lograr que el Padre celestial los reciba y los adopte…” Así podemos ver porqué las palabras: “… convencerá al mundo de justicia” y el agregado: “…por cuanto voy al Padre”, están unidas.

    Esta es la gran enseñanza central de las Sagradas Escrituras. Ya en el Antiguo Testamento lo anunció claramente el profeta Isaías, con palabras que merecen ser recordadas, diciendo: “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros…” (Is.53:1-13). “Por su conocimiento justificará mi Siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos;” “…habiendo Él llevado el pecado de muchos” (v. 12); “Él herido fue por nuestras rebeliones” (v. 5); por eso “justificará a muchos” (v.11).

    ¿Acaso no es lo mismo lo declara categóricamente el Señor Jesús? Y en Daniel 9:21 el ángel Gabriel anuncia que, cuando se le haya quitado la vida al Mesías (a Cristo, v. 26), y se le haya puesto fin al pecado, y expiado la iniquidad, sería restablecida la justicia perdurable (v. 24). ¡Pero con cuánta mayor claridad brilla el Sol de Justicia en el Nuevo Testamento! San Pablo afirma: “Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Co.5:21). Y dice también el mismo apóstol: “Jesús, nuestro Señor, fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Ro.4:25). Todos esos textos bíblicos, tan abundantes y claros, nos proclaman las mismas verdades que las aparentemente misteriosas palabras del Señor Jesucristo en Jn.16:8-10. Así, al comprender ahora claramente su significado, es muy impresionante oírle a Él mismo declarar en tono triunfal y solemne: “…de justicia, por cuanto voy al Padre” –”Yo voy al Padre; satisfaré las exigencias de la Justicia divina y reconciliaré al mundo con Dios. Que derrame mi sangre por la humanidad; que me presente como Sumo Sacerdote por todos los pecadores, con mi propia sangre delante de mi Padre, eso será la Justicia nueva; ¡la única Justicia válida ante Dios, para todos los seres humanos!”

    ¿Qué es esa “Justicia”? Es lo que cada uno estaba obligado a hacer de acuerdo a la ley de Dios; y es el castigo o propiciación que cada uno debía sufrir y purgar por sus faltas y excesos, por sus pecados. Cristo dice que el mundo obtendría esa Justicia sólo mediante su ida al Padre; o sea, mediante Él mismo, que ha cumplido lo que nosotros estábamos obligados a cumplir, y ha sufrido el castigo que nosotros merecíamos sufrir. ¡Ah, qué inmensa gracia de Dios! ¡Qué misericordioso plan de salvación! Así entendemos lo que quiso decir nuestro querido Señor, cuando la noche que fue entregado, oró diciendo: “Por ellos me santifico a mí mismo” (Jn.17:19).

    Cristo se presentó ante Dios como el Segundo Adán, del que leemos: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro.5:19).

    Esta es la grandiosa enseñanza principal del cristianismo, que nunca, nunca debemos perder de vista: Cristo fue entregado en nuestro lugar. Él es nuestro con todo lo que fue, hizo y sufrió en la tierra. Él es nuestro Mediador, nuestro Defensor y nuestro segundo Adán; Él satisfizo las demandas de la Ley por nosotros ante su Padre. En nuestro lugar asumió esa misión, y en nuestro nombre la llevó a cabo.

    En nuestro lugar hizo y sufrió lo que nosotros debimos haber hecho y sufrido. Sí, exactamente en nuestro lugar, de modo que vale como si nosotros mismos lo hubiéramos hecho. Este es el precioso tesoro del Evangelio; ¡el grandioso y sagrado misterio de nuestra salvación! Esto es lo que brilla a través de esas sublimes palabras de Cristo: “…de justicia, por cuanto voy al Padre”.

    Publicado por editorial El Sembrador