31 de diciembre 2026

    31.Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre.Sal.145:2

    Para ser movidos a alabar y agradecer sinceramente a Dios, necesitamos tener bien presentes las cosas buenas que Él nos ha dado. Toda la creación nos muestra su paternal amor por nosotros. Su Hijo nos redimió y nos defiende de tal manera, que no se nos inculpa ningún pecado y estamos libres de las amenazas de la ley. Hemos recibido en nuestros corazones al Espíritu Santo con su gracia, consuelo y pureza. ¿O es poca cosa tener a Dios? ¡Tener a Dios, su amistad y su reino! ¡Dios nos libre de pensar que esto es poca cosa, para que no tengamos que sufrir algo malo por nuestra ingratitud! Por eso, no dejes de orar hasta haber recibido un corazón que tiene su mayor felicidad solamente en Dios y en su amistad. Así tendrás un profundo fundamento para la eterna paz, felicidad y gratitud.

    Hay además otras innumerables pruebas de la misericordia de Dios, que pueden moverte a alabarlo sinceramente. Mira, por ejemplo, el año que pasó. ¡Cuántos grandes beneficios te ha concedido el Señor, a ti y a toda su Iglesia! ¡Cuántas pruebas de su presencia y de su bondadosa protección has experimentado!

    Quizás hayas tenido más de un día y de una noche difícil, llorando amargas lágrimas de dolor, sin saber cómo solucionar algún grave problema. ¡Pero, en tu angustia invocaste a Dios, y Él oyó tu oración, y te ayudó! Además, ¡cuántos pecados te ha perdonado, y con cuánto amor ha pastoreado tu alma! En ciertas ocasiones, cuando fue necesario, tuvo que enviarte una experiencia amarga, para despertarte y reprenderte. En otras, te concedió consuelo, tranquilidad y gozo, cuando te venían bien esas experiencias. En realidad, sus beneficios son tantos, que no se pueden contar. Y por todo ello, Dios no quiere otra cosa de ti, sino tan sólo un corazón agradecido, que demuestre tu fidelidad personal.

    Pero además, Dios siempre está feliz de dar más gracia y más bendiciones a la persona agradecida.

    Si tienes gratitud hacia Dios en tu corazón, seguramente querrás encontrar una forma de expresarla. Lo que le agrada a Dios en primer lugar es precisamente eso que sientes: la gratitud de corazón. Él quiere que recuerdes su gran bondad y el gran privilegio que tienes al estar en una relación amistosa con Él. Dios quiere que seas capaz de sufrir también ciertos inconvenientes en tu peregrinaje terrenal, sin lamentarte y murmurar enseguida, como los hijos de Israel en el desierto. Nosotros hemos llegado a conocer mejor aún su gran amor, demostrado en Cristo; por eso tenemos que tener presente que todo lo que nos acontece ha sido enviado o permitido por Él, para nuestro beneficio. Esto es lo primero que corresponde a un corazón agradecido, contento con todas las ordenanzas de Dios.

    En segundo lugar, puedes expresar frecuentemente la gratitud de tu corazón por medio de oraciones, y alabando a tu bondadoso Dios por todos sus beneficios. Comienza siempre tu oración con una sincera alabanza. Puedes agradecerle por su amor paternal al habernos enviado a su Hijo. O por la pasión y muerte de su Hijo, y por haber sido justificado y librado de toda condenación por medio de Él. En otras ocasiones, por el cuidado, la reprensión y el bienestar del Espíritu Santo. Al orar, habla con la sencillez de un niño, y di: “Querido Padre celestial: ¡Gracias y alabanzas eternas a Ti, porque por medio de tu Hijo me has sacado del reino de las tinieblas y me has prometido y dado la vida eterna! ¡Bendito seas eternamente, porque ya no necesito cargar la pesada carga de mis pecados, ni sufrir el fuego del infierno, sino que estaré contigo en el Paraíso y disfrutaré eterna felicidad!”

    Este es un ejercicio muy saludable, dulce y útil para el hombre interior. Los hijos de Dios nunca deberíamos descuidar este ejercicio. Y como dije anteriormente, verás que tus oraciones serán muy diferentes si comienzas siempre agradeciendo primero a Dios por las bendiciones que Él ya te ha dado. Así, oraciones que de otra manera serían secas y vacías, expresarán renovada confianza, alegría y esperanza. Y Dios las atenderá.

    En tercer lugar, la gratitud a Dios también ha de ser probada con hechos. O sea, en respuesta a la inmensa gracia que Dios nos ha demostrado, estamos dispuestos a servir a nuestros semejantes con alegría, ¡aunque no se lo merezcan!

    Actuamos así movidos por el amor que Dios nos ha tenido. Solamente por las misericordias que Dios nos ha mostrado, queremos compartir nuestro pan con el hambriento y nuestra ropa con el que no tiene con qué vestirse. Sólo por la inmensa gracia de Dios, estamos dispuestos a sostener la predicación y la difusión de su Palabra. Estamos dispuestos a ceder y perdonar la maldad de otras personas, como tantas veces Dios nos soporta y perdona a nosotros.

    Esa es la verdadera gratitud y las verdaderas buenas obras, que provienen de la fuente correcta. Vemos así que la gratitud a Dios es una señal distintiva de la vida cristiana. Pero, si no sólo queremos entender esto, sino practicarlo también, sin dudas vamos a contar con la necesaria ayuda del Espíritu de Dios. Porque nuestra naturaleza es muy perversa; sólo queremos agradecer y alabar a Dios cuando nos sucede algo bueno. Ser capaz de agradecer a Dios siempre, también cuando Él nos reprende y nos pone a prueba, eso es una verdadera maravilla de Dios. Y tal maravilla solamente aprendemos a solas con Dios en oración, en la lucha espiritual y por medio de las pruebas de la fe.

    Oremos diariamente pidiéndole a Dios todas estas cosas, por los méritos de su amado Hijo. Amén.

    Publicado por editorial El Sembrador