31.Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones.Col.3:15
El principal propósito de la obra redentora de Cristo fue conquistarnos la paz de Dios. “El castigo de nuestra paz fue sobre Él”, dice Isaías (Is.53:5). Y en otro pasaje leemos: “El efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo” (Is.32:17-18). San Pablo lo explica de la siguiente manera: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro.5:1). Es así como habla la Escritura. Entonces, ¿No debiera morar la paz de Dios en todos los corazones creyentes? ¿O es posible que no sea cierto lo que declara la Escritura, que estando justificados por la fe en Jesús tenemos paz con Dios? La Sagrada Escritura no puede mentir. ¿Cuál es, entonces, la razón por la que, a pesar de todo, la paz de Dios es una bendición tan rara entre nosotros?
No estamos hablando aquí de los que ni siquiera saben lo que es la paz de Dios. Éstos poseen tanta paz de otra especie, que jamás podrán comprender lo que es la paz de Dios. Ellos disfrutan la paz del mundo, la paz proveniente de la salud física, de su buena posición material, o cosas por el estilo. Tampoco hablamos de esas personas espiritualmente despiertas, castigadas y atormentadas bajo la tiranía de la incredulidad y de las demandas de la Ley, con un inquietante sentido de culpa, con temor y escrúpulos de conciencia carcomiendo en su interior. Esta gente debería darse cuenta de que todavía les falta algo muy importante, porque la Escritura afirma claramente que, estando justificados por la fe, tenemos paz con Dios ¿Puede mentir la Escritura?
Pensemos en los que llegaron a la fe y hallaron la paz, pero se hundieron nuevamente en tal oscuridad y esclavitud espiritual, que suspiran con dolor diciendo: “Me siento culpable. Todas las mañanas, cuando despierto, siento miedo. Y cuando voy a dormir, me siento intranquilo. Mi vida es un constante suspiro…” ¿Cuál es la razón por la que a veces también las personas creyentes están agonizantes y sin paz? La respuesta es que al cristiano no le puede faltar la bendición de la paz de Dios, mientras conserve su atención fija en Cristo y en su Evangelio. Si halla la paz, ésta le infundirá vida. Pero si no siente esa paz, eso puede ser más penoso que peligroso.
Con tal que todavía pueda decir con el salmista: “Me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo y después me recibirás en gloria. Mi carne y mi corazón desfallecen, más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” (Sal.73:23ss). “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno” (Sal.23:4); “Tú sigues siendo mi fiel Pastor, y todo sucederá conforme a tu Palabra”. Mientras puedo hablar así con Dios, la situación no es peligrosa.
La falta del sentimiento de paz en mi alma, no es para perdición, sino para la gloria de Dios. Tal vez se deba sólo a que Dios se “oculta” por unos instantes, a una necesaria corrección, o a un defecto físico natural, que no afecta para nada nuestra salvación.
Si nos falta la sabiduría que proviene de la Palabra de Dios y opinamos una vez una cosa, y más tarde opinamos distinto. Si pensamos solamente en nuestras faltas y lo que debemos hacer, entonces corremos un gran peligro. Si lo único que sentimos es un temor esclavizante, existe el peligro de que efectivamente hayamos recaído en la incredulidad, y en una actitud servil bajo la Ley. Esto puede ser fatal, si no llega pronto la ayuda y el consuelo del evangelio de Cristo ¿Qué pueden hacer esas personas entonces? Deben desistir de todo esfuerzo por auto-justificarse; deben reprender su incredulidad y autosuficiencia, y reconocer que con sus esfuerzos por salvarse a sí mismos en realidad se están burlando de nuestro Redentor, de lo que Él hizo y sufrió tan generosamente por nosotros, y de lo que Él nos ha prometido y nos da en la Palabra y en los santos Sacramentos.
Deben despertarse y reconocer que estuvieron pensando solamente en sí mismos, concentrándose en sus sentimientos de culpa, como si sus pecados pesasen más que los méritos de Cristo; y como si sus propios pensamientos y sentimientos valiesen más que los testimonios de Dios.
Deben darse cuenta que cambian tanto de opinión porque esperan encontrar las respuestas en sus mentes y corazones, siendo que el Señor nos dio las respuestas en su Palabra y en los Sacramentos.
Por eso, cuando nos falta la paz con Dios, cuando nuestro corazón está angustiado e intranquilo, no nos formemos nuestras propias ideas sobre la condición de nuestra alma y sobre la gracia de Dios. Tampoco debemos tratar de inducir a nuestro corazón a mostrarse dispuesto ante Dios ¡No! ¡Oigamos, leamos y consideremos la Palabra del evangelio! E imploremos a Dios que nos abra los sentidos espirituales y que nos conceda el don de la fe.
Con solo recibir la gracia de que Dios nos abra los ojos para ver su gloria en el Evangelio, obtendremos una inmensa e inefable paz. El mayor estorbo para esa paz y la peor tribulación, son nuestros pecados y las dudas en cuanto a nuestra conversión y honestidad. Pero el apóstol dice: “Si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Ro.5:10). Si te preocupas pensando que quizás no hayas sido realmente convertido todavía, y por eso dudas de la gracia de Dios, el apóstol te recuerda que “fuimos reconciliados con Dios” en el momento en que aún éramos sus enemigos, no en el momento en que llegamos a ser amigos de Dios. El apóstol además señala que eso ocurrió por la muerte del Hijo de Dios, no por nuestro arrepentimiento, penitencia o fe. Con su muerte, Cristo reconcilió a todo el mundo con Dios.
Eres justificado y bendito tan pronto como crees esa verdadera Buena Noticia. Puedes creer en una gracia que realmente existe, aun cuando no puedes verla ni sentirla plenamente todavía.
¡Ah, qué paz tan grande, sublime y bendita nos da Jesucristo!