30 de septiembre 2026

    30.No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.Sal.103:10

    Estas palabras vienen tan cargadas de gracia y consuelo, y son tan claras, que nunca podremos alegrarnos suficientemente por ellas. Nunca podremos alabar y dar suficientes gracias a Dios por ellas. Nunca podremos tomarlas suficientemente a pecho. Primero, porque encierran todo el contenido del Evangelio: Dicen que Dios no nos paga conforme a nuestros pecados, sino conforme a los méritos de su Hijo. El Señor trató una vez a una persona “conforme a nuestros pecados” y lo castigó “conforme a nuestras iniquidades”.

    Porque “a Aquel que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros” (2 Co.5:21). “Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mt.8:17). “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Is.53:6). “Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Is.53:5). “Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Co.5:19).

    Esta es la razón por la cual no nos paga conforme a nuestros pecados. Por eso, pecadores muy malos recibieron gracia; mientras otros que hicieron grandes esfuerzos y penitencias, fueron condenados. Por otro lado, también es cierto que el Señor quiere pagar a algunas personas “conforme a sus pecados”. En Romanos 4:4 dice: “Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda”. Es decir, recibirán el pago de sus méritos, porque así lo reclaman. De esa manera, al confiar en sí mismos no “honraron al Hijo” (Sal.2:12). “Mas al que no obra, sino cree en Aquel, que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Ro.4:5).

    En resumen: Que Dios no nos retribuya (o pague) conforme a nuestros pecados, es el mensaje del Evangelio. Y no obstante, la tendenciosa idea de que Dios será más bondadoso con nosotros cuando somos más piadosos, y menos bondadoso cuando pecamos, está tan profundamente arraigada en todos los mortales, -aun en la naturaleza de los creyentes-, que casi no se puede borrar.

    Si fuese así, la justicia sería en base a nuestros méritos y obras, y Cristo habría muerto en vano. Pero, “si es por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra (el mérito propio) ya no es obra” (Ro.11:6).

    Veamos ahora cuán sublime es esta justicia que nos es atribuida. ¡Qué maravillosas son las palabras que siguen en este salmo!: “Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció Jehová su misericordia sobre los que le temen” (Sal.103:11).

    ¡Que todos los cristianos se graben profundamente esas gloriosas palabras en sus corazones! ¡Esta es una clara ilustración que el propio Espíritu del Señor empleó, y que es capaz de instalar un Paraíso celestial en los corazones de los creyentes!

    Pensémoslo: “Como la altura de los cielos sobre la tierra”. Claro, ningún ojo humano puede medir eso. No obstante aquí dice: “como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció Jehová su misericordia sobre los que le temen”.

    Ahora bien, el cielo está tan alto sobre la tierra, que todos los desniveles aquí abajo no provocan el mínimo desnivel allá arriba. Es cierto que aquí abajo vemos una gran distancia entre el fondo de un valle y los picos más altos de las montañas. Para nosotros, aquí en la tierra existe un gran desnivel en el suelo.

    Sin embargo, ninguna cumbre de las montañas llega a los cielos, para provocar un desnivel allá.

    Así es también con el pecado y la gracia. Para nosotros, nuestros pecados muchas veces son como altas montañas. Pero la gracia de Dios está tan por encima de todos ellos como el cielo está sobre la tierra.

    Todos nuestros pecados no podrán provocar el mínimo desnivel en la gracia. Y sepamos: Si el pecado pudiese desnivelar la gracia, -de manera que obtuviésemos la gracia de Dios cuando nos hemos portado mejor, y no obtuviésemos la misma gracia cuando aparecen nuestros defectos-, entonces la justicia ciertamente dependería de nuestras obras. Y sería falso todo lo que enseña el Evangelio acerca de la reconciliación gratuita. ¡Observemos aquí cómo nuestra razón y nuestros sentimientos quedan mareados ante esta idea! Cuando Jesús les dice a sus pobres discípulos: “El que está lavado… está todo limpio. Y vosotros, limpios estáis” (Jn.13:10). O cuando San Pablo dice: “Y si (la elección) es por gracia, ya no es por obras” (Ro.11:6). Y cuando David dice en el Salmo 103:11: “Como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció (Dios) su misericordia sobre los que le temen”, ante nuestra razón todo esto nos parece necio y mentiroso. Tan contaminada está nuestra sangre con la idea de que la gracia de Dios debe depender de nuestro comportamiento. Pero quien quiere resistir ese cuestionamiento contra la fe, debe grabar las palabras del Espíritu Santo profundamente en su corazón, e implorar seriamente a Dios que lo conserve en esa fe.

    Publicado por editorial El Sembrador