30.No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el Reino.Lc.12:32
¡Qué poderoso consuelo y seguridad tienen que transmitir estas palabras a los que buscan el Reino de Dios, pero sienten mucho temor, debilidad y vacilación ante la idea de no poder alcanzarlo! ¡Qué gran aliento recibirían, con tan sólo despertar y comprender la importancia de estas palabras del Señor! Porque las palabras: “no temáis” dichas por el que tiene todo el poder, necesariamente tienen que incluir la promesa de que Él nos ayudará a alcanzar el Reino de Dios, por difícil que esto nos parezca.
Sin embargo, debemos notar que el Señor no se dirige así a todo el mundo, sin distinción. No dice que ningún ser humano debe temer. ¡No! Señala específicamente quiénes son los que pueden tener ese consuelo. Dice: “No temáis, manada pequeña”.
Es cierto que el Señor en sí es piadoso con todos los seres humanos. Nadie puede negar eso. Sin embargo, muchos persisten en un estado en el que tienen toda razón para temer. Tienen razón para temer lo más terrible que pueden imaginar; es decir, que serán condenados y que no se les permitirá entrar al Reino de Dios. A esa gente el Señor no les dice: “¡No teman!”
Es necesario distinguir entre varios estados y entre diferentes condiciones del alma. Ahora se puede reparar aun cualquier situación, si las personas desean oír la voz de su Señor. El Señor les dice esa palabra de aliento: -”no teman”- únicamente a las ovejas de su rebaño. Y de sus ovejas dice: “Yo conozco mis ovejas, y las mías me conocen. Mis ovejas oyen mi voz, y Yo las conozco, y ellas me siguen… Y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn.10:14,27,28).
Y en el texto que habla del fin del mundo y del Juicio a las naciones, dice que Cristo Rey separará los seres humanos, unos de otros, “como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda” (Mt.25:31-46).
Es claro y notable que el Señor distingue entre dos clases de personas. El Señor pronuncia palabras dulces y consoladoras a los que son sus ovejas. En cambio pronuncia una sentencia terrible para los que están a su izquierda: “¡Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles!” (v.41).
Por eso, por dulces y consoladoras que son las palabras dirigidas a los creyentes, debemos recordar, para no engañarnos a nosotros mismos ni a otros, que van dirigidas únicamente a los que el propio Señor designa como “ovejas suyas”, a los que oyen su voz y le siguen.
No dice que son tan buenos, tan devotos o tan piadosos como debían ser, y menos que son santos, ni que están libres de pecado como para merecerse la gloria celestial. No, por cierto también fueron pecadores. Ellos mismos lo reconocieron y lo lamentaron. Pero lo que los distingue de los demás pecadores es que, mientras todo el mundo seguía viviendo despreocupadamente según los deseos de su propio corazón, las ovejas de Cristo, a pesar de sus flaquezas naturales, se dejaban dirigir por la voz de su Pastor. Siempre prestaban atención a su Palabra y voluntad. Creían en Él, en su satisfacción vicaria; y se adherían a Él. Se dejaban reprender y corregir, pero sobre todo se dejaban reanimar y guiar por sus palabras.
Tal vez deseas sinceramente ser un verdadero cristiano. Ya no puedes prescindir de Jesús ni de su Evangelio. Pero todavía sufres tanta pecaminosidad que temes no poder entrar al Reino de Dios. Por eso, muchas veces estás a punto de desesperar y abandonarlo todo.
Pero gracias a Dios todavía confías en tu Salvador Jesucristo, y no puedes desprenderte de Él, ni de la esperanza de la vida eterna. Escucha entonces lo que dice el propio Señor, el que juzgará a todo el mundo, y al único al que hemos de escuchar: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre ha placido daros el Reino” ¿A quién más habríamos de creer sino a Él? ¡Qué firme fundamento para nuestro consuelo! ¡Es la buena voluntad de nuestro Padre celestial… es su placer darnos el reino! Nuestro consuelo y esperanza se fundan únicamente en la buena voluntad y en el don gratuito de la divina majestad, que “nos ha predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Ef.1:5).
¿Cuál es el placer y la buena voluntad del Padre? “daros el Reino” -dice Jesús-. ¿Darlo a quiénes? “A ustedes, las ovejas de su manada pequeña, a los que están llenos de deficiencias en la fe y en la obediencia…” Quiere darles el Reino como un don gratuito: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef.2:8-9). Queda claro que se lo da a las débiles ovejas de su pequeña manada, no a las fuertes y valientes, aunque éstas tengan aparentemente menos pecados que llorar y de que arrepentirse.
Porque “si es por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia” (Ro.11:6). Pecadores somos todos. Pero el Padre quiere dar el Reino a los que reconocen su condición de pecadores, y apelan a la gracia de su Señor Jesucristo, para ser salvos solamente por Él.