30 de noviembre 2026

    30.Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones…Ro.1:24

    Vemos aquí, qué hace Dios con aquellos que no siguen la luz que Él les ha dado. Él los entrega a la inmundicia, abandonándolos a la concupiscencia (deseos mundanos) de sus corazones.

    Luego, la concupiscencia de sus corazones los arrastra a un estado de profunda degeneración, ese es el pago que merecen. “Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Stg.1:13). Pero el poder del pecado sobre los seres humanos es tan grande, que cuando Dios nos abandona a nuestra propia suerte, inmediatamente caemos en toda clase de pecados y actos vergonzosos. Desde la desobediencia de Adán y Eva, la naturaleza humana fue infectada con el veneno de la serpiente antigua (Satanás); o sea, con pecado y maldad. Ese veneno afecta continuamente los pensamientos y la voluntad; la concupiscencia, y los malos deseos pecaminosos, quieren arrastrar los sentimientos y la imaginación, como la corriente de un río impetuoso, que todo lo inunda.

    En los comienzos de la humanidad, “vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha sobre la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn.6:5). Y refiriéndose a lo mismo, Jesús nuestro Señor dijo: “Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias…” (Mt.15:19).

    Si Dios no detuviese esa corriente de pecado por medio de su omnipotencia y de muchos obstáculos naturales, habría tal inundación de maldad, que ninguna sociedad humana podría subsistir. La humanidad se destruiría a sí misma. Por la maldad que hay dentro de cada uno. Sin la intervención de Dios los seres humanos enseguida nos destruiríamos a nosotros mismos y a los demás. También allí donde su gracia no es recibida o no produce resultados, -en su paternal cuidado por la humanidad-, Dios deja algunos obstáculos naturales, que restringen el poder destructivo de la maldad. Cosas como la prudencia natural, el miedo a la vergüenza y a la ruina, el interés por el bienestar personal, autoestima, etc. En su obrar, Dios siempre refrena la maldad innata de los hombres.

    Pero Dios retira los obstáculos que reprimen la manifestación del pecado, para castigar justamente a los que se oponen constantemente a su amor y desprecian su gracia. Y cuando Él abandona a los rebeldes al capricho de su promiscuidad y a las inspiraciones del enemigo, la maldad se expresa sin límites. Entonces se pueden ver esas horribles manifestaciones del pecado a las que se refiere San Pablo en Ro.1; esto mayormente entre los paganos, pero a menudo también entre los miembros de la cristiandad. Se pueden ver horrorosos ejemplos, de personas que -en general- fueron bien instruidas, pero de repente son arrastradas y caen en tremendos pecados o locuras. Uno se convierte en estafador y ladrón; otro en asesino; un tercero cae en vicios repugnantes; un cuarto se suicida… y así por el estilo.

    Anteriormente estas personas eran consideradas decentes y honradas. Y por eso, cuando acaban cayendo en esos graves y denigrantes actos, la gente se sorprende y se pregunta: ¡cómo puede ser posible! Jamás se esperaría algo semejante de personas así, pero la realidad muestra lo contrario. ¿Por qué sucede? Por lo que el apóstol dice en el versículo 21: “Pues, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como corresponde ni le dieron gracias. Percibieron la voz de Dios, pero no quisieron doblegarse ante ella. “Detuvieron con injusticia la verdad”, “profesando ser sabios”, no quisieron creer lo que Dios les decía. (Ro.1:18,22). Por todo eso, Dios finalmente los entregó a los pensamientos y deseos inmundos de sus propios corazones, y así se han convertido en necios.

    ¡Oh, que todos los que todavía son capaces de reflexionar puedan pensar a tiempo lo que el Señor y su apóstol nos enseñan aquí! Muchos hombres y mujeres, en los primeros años de sus vidas, oyen de sus padres y maestros cristianos el consejo de Dios para nuestro bienestar temporal y eterno. Se les enseña que Dios es todopoderoso, y que no es sabio desafiarlo. Aprenden que Dios realmente quiere y ordena que todas las personas se conviertan a Él, lo amen y teman, le obedezcan y lo sigan a lo largo de toda la vida, y sean eternamente salvos. Pero no quieren obedecer el consejo de Dios. No, lo que quieren es seguir sus propios deseos y la corriente del mundo.

    Algunos pretenden hacer esto de manera controlada, sin caer en graves excesos. Piensan que tienen la capacidad de controlarse y mantener cierta moderación. No quieren ser del Señor, ni vivir bajo Él en su reino, pero tampoco quieren sumergirse tan profundamente en el pecado, y por eso tratan de conservar algo de control sobre sus personas. Sin embargo, de esa manera no les irá bien.

    A los que piensan y viven de esta manera, el Señor finalmente los entrega a la inmundicia; a los malos deseos de sus propios corazones, a terribles injusticias, locuras y necedades. “Dios no puede ser burlado” (Gá.6:7).

    Si no quieres oír su palabra y ser plenamente convertido, entonces ninguna prudencia ni autocontrol será suficiente. Te hundirás profundamente, tarde o temprano. En este tiempo presente, o en la eternidad, reconocerás amargamente que no haber oído al Señor y haber resistido a su enseñanza, fue el error más terrible que has cometido.

    Publicado por editorial El Sembrador