30 de mayo 2026

    30.Si quiero que él quede hasta que Yo venga, ¿qué a ti? ¡Sígueme tú!Jn. 21:22

    El Señor le había anticipado a Pedro su futuro martirio, diciéndole: “De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías e ibas a donde querías; más cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras” (Jn. 21;18). San Juan relata que Pedro entonces lo miró a él, y preguntó: “Señor, ¿y qué de éste?” A lo que Jesús respondió:

    “Si quiero que él quede hasta que Yo venga, ¿qué a ti? ¡Sígueme tú!” En este texto vemos que el Señor llama rápida y seriamente la atención al apóstol Pedro, para que deje de mirar al otro discípulo, y concentre su atención en su propia vida. Jesucristo le da a entender que las decisiones las toma Él. Dice: “Si yo quiero.” Y esa es la palabra más importante de la Escritura referente a nuestros actos, la palabra que confiere grandeza e importancia a la obra de alguien. Ese “Yo quiero” de Dios, convierte una acción insignificante, como barrer el piso, en una tarea más preciosa y santa que la construcción de un gran templo, si la primera tarea nos ha sido ordenada por Dios, mientras que la otra la hemos elegido nosotros.

    ¡Ah, ojalá se nos abriesen los ojos, para ver esta realidad! Porque evaluar las obras por las apariencias de las mismas, frena la realización de muchas acciones útiles y necesarias, que no nos parecen importantes en sí mismas.

    Aun los cristianos fieles y voluntarios corren el peligro de dejarse llevar por esa tendencia natural. Si una obra es pequeña o de poco valor para nosotros, inmediatamente pensamos que también es menos santa y agradable a Dios.

    Nos olvidamos fácilmente de la voluntad y del Mandamiento de Dios, que es lo único que le da al acto su verdadero valor.

    Desde el principio del mundo, desde aquella primera prueba dada al hombre, Dios quiso enseñarnos que para Él una pequeñísima tarea tiene el mismo valor que una gran tarea, cuando se la realiza para obedecer su voluntad. Él nos quiso señalar que todo depende de su Palabra, que Él sólo busca nuestro amor y obediencia. Dios ligó la mayor prueba de todos los tiempos, al pequeñísimo acto de comer un fruto de determinado árbol en el Paraíso. ¡Notemos y entendamos esto de una vez! Para nosotros, los seres humanos, existe una gran diferencia entre uno y otro acto. Por ejemplo, pensamos que el servicio de fieles Pastores de almas, o de un Misionero, por el inmenso beneficio que le reporta a los hombres, es una obra infinitamente mayor que el servicio de un vulgar obrero o de una pobre empleada. Sin embargo, para Dios un servicio es tan digno e importante como el otro, si ambos procedieron de la fe y se realizaron en obediencia a su voluntad.

    Nuestro Señor Dios tiene un gran Reino en la tierra. Él es el Rey de toda la humanidad: Del mundo y de la Iglesia. Tanto en el Reino de poder como en el Reino de la gracia, hay toda clase de necesidades. Por eso se requieren toda clase de servidores y de servicios; todos son necesarios para el bienestar material y espiritual de la gente. Se requieren gobernantes y gobernados; gente que imparte órdenes, y gente que las cumple; docentes y alumnos; padres e hijos; empleadores y empleados. Todos tienen diferentes vocaciones, deberes y ocupaciones. Y todas las diferentes vocaciones, deberes y ocupaciones honestas son igualmente preciosas ante Dios, por haber sido prescritas por Él. Más aún: Todas ellas también son útiles y necesarias. Esto es lo que el apóstol ilustra con el cuadro de los diferentes miembros de un cuerpo, cuando dice: “No todos los miembros tienen la misma función… Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas ahora Dios ha colocado a los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como Él quiso…Así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, ”hemos de servir al prójimo” (Ro.12:4-6; 1 Co.12:17,18).

    Para cada uno de estos estados, como el de padres e hijos, marido y mujer, empleadores y empleados, etc., Dios ordenó instrucciones específicas. Y siendo que todos los seres humanos necesariamente deben pertenecer a alguno de esos estados, cada individuo tiene también sus obligaciones según los Mandamientos del Señor.

    Mediante estos Mandamientos de Dios para cada estado, toda persona que cumple las tareas que Dios asignó a su correspondiente estado, puede estar tan seguro que le realiza un servicio a Dios, como si éste le hubiera visitado personalmente para pedirle ese servicio. Y por supuesto, podemos sentirnos muy felices de poder prestarle un servicio. Tal vez una empleada doméstica piense que su estado es tan bajo, que nunca le ofrece la oportunidad de realizar buenas obras dignas de mención. Sin embargo, si tendría presente lo que he dicho arriba, tendría la gran dicha en su corazón de saber que con todos sus sencillos quehaceres domésticos, realiza buenas obras y sirve a Dios, porque su estado y sus trabajos fueron tan ordenados por Dios, como las tareas de un gran Pastor o Misionero.

    Si por el contrario, descuidamos lo que Dios ordenó para nuestro estado, y en cambio realizamos un acto muy grande en sí mismo, pero no ordenado por Dios, ese acto no tiene ningún valor. Y nuestra negligencia y descuido del acto ordenado por Dios, es un gran pecado.

    Publicado por editorial El Sembrador