30.¡Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de esperanza!Zac.9:12
Más de una pobre alma prisionera del pecado se preguntará: ¿Cómo puedo volverme “a la fortaleza?” O sea: ¿cómo puedo comenzar a creer en Cristo, yo que todavía soy tan impío, infiel, porfiado e indiferente…en fin, yo que aún estoy tan lleno de maldad?
Pero razonando así, esa pobre alma está todo el tiempo concentrada en sí misma. Y si alguien le dice: “Tú no crees en la Palabra de Dios, y así lo tratas a Él de mentiroso”, ella responde: “Yo creo en lo que la Palabra dice de Cristo, que su expiación fue suficiente, y que su amor es muy grande. Pero la falta está en mí, en la dureza de mi corazón, en mi terrible apego a la comodidad e hipocresía, en mi abominable amor al pecado etc.” Esta confesión deja en claro que en vez de volverte a la fortaleza, te alejas cada vez más de ella y te conviertes en un ser introvertido, concentrado en ti mismo. No crees en el testimonio que Dios ha dado de su Hijo, que Él salvará a los perdidos. Sinceramente quisieras encontrarte primero en mejores condiciones. No crees en lo que Cristo dice en cuanto a la necesidad de estar insertado en Él por medio de la fe en primer lugar (Jn.15:5); ni te interesa que siendo por naturaleza un impío, primero necesitas obtener perdón y ser justificado, ser lleno del gozo y la paz que se reciben al creer en Jesús. Antes de eso ni siquiera puedes comenzar a producir frutos.
Repetimos una vez más: “¡Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de la esperanza!” Toda tu desgracia se debe a que en vez de volverte inmediatamente a la “fortaleza”, vas en otras mil direcciones; buscas, piensas, confías y esperas en cualquier otra cosa, pero no en Cristo. Estás enfrascado, esperando que de repente se produzca algo extraordinario dentro de tu corazón; un sentimiento de salvación; la liberación de cierto pecado, de malos pensamientos y deseos impuros; de tu frivolidad y debilidad… Y mientras tanto desprecias la redención obrada por Cristo, dejándola en el fondo de tu corazón.
¡Sí, ese es tu error! Son casi interminables tus condiciones y excusas, a causa de las cuales todavía permaneces cautivo. Pero que el Hijo de Dios murió por nosotros, y que con Él todo tiene solución; que la vertiente de la gracia de Cristo para todos los pecadores fluye más caudalosa que la corriente del pecado… ¡todo eso no te importa y lo pasas por alto! ¡Ah! Despierta y reflexiona en el hecho grandioso, único y eternamente válido que todos los pecados de todo el mundo ya han sido expiados; que Dios ya fue satisfecho y se ha reconciliado con nosotros; y que está ardiendo de puro amor hacia tí, ansioso de poder conferirte gracia sobre gracia. Por favor, recuerda que todas las exigencias y demandas de obediencia que Dios te hace, son demandas de la Ley, y que tienen el propósito de taparle la boca a todo el mundo, para que todos nos reconozcamos culpables ante Dios (Ro.3:19).
Recuerda que todas esas implacables palabras solo van dirigidas a los pecadores atrevidos, que despreocupadamente desprecian a Dios, y se burlan del Reino de los Cielos; a los confiados hipócritas y autosuficientes fariseos, que creen poder conquistar el cielo por sí mismos. Pero esas exigentes demandas de la Ley no van dirigidas a los pobres pecadores que ya saben de su perdición y condenación, que están aterrados, suspiran por ayuda, y desean ser santificados, vivir en la fe y practicar la piedad, pero que no encuentran el poder de convertirse a sí mismos. A éstos el Evangelio les promete pura gracia, amor y perdón por los méritos de Cristo.
“¡Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de la esperanza!” “Hoy también os anuncio que os restauraré el doble” “¡Hoy también!” Sí, hoy se te anuncia la misma gracia también a ti. Hoy aun Dios proclama a los presos “la apertura de la cárcel” (Is.61:1). Para eso se predica sobre los sufrimientos de Cristo, sobre su “vía dolorosa”, donde lo vemos temblando, suspirando y orando en Getsemaní, hasta que su sudor vino a ser “como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lc.22:44), y culminando su sufrimiento propiciatorio, conforme a lo profetizado en la Escritura le oímos clamar en la cruz las gloriosas palabras ¡Consumado es!”(Jn.19:30).
Sí, cuando lo vemos extendiéndole inmediato y pleno perdón al malhechor arrepentido, y asegurándole la eterna salvación, fruto de Su muerte expiatoria, con las palabras: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc.23:43)…¿acaso no debiéramos poner fin inmediatamente a nuestros lamentos, producto de nuestra incredulidad, y correr hacia Cristo, que con sus brazos abiertos y extendidos hacia nosotros nos invita: “Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y ¡Yo os haré descansar!?” (Mt.11:28).
Sí, una vez más, prisioneros de la esperanza; ¿por qué aun vacilan en volverse a la fortaleza? ¿Acaso pueden llegar a ser dignos por sí mismos? ¿O puede Dios ser aún más bondadoso? Entonces, ¡refúgiate hoy en esa maravillosa fortaleza! Da el decisivo paso de pedirle a Dios el perdón de todos tus pecados, y que por la sangre de su Hijo, Dios haga el pacto de gracia contigo. Haz esto hoy, recordando que jamás ningún pobre pecador dio ese paso en vano.
No pienses que para ello hace falta una larga oración. Mira cómo oró el malhechor a la derecha de Jesús, y cómo inmediatamente obtuvo esa reconfortante respuesta: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc.23:42-43).
Pero nunca dependas de tus propias impresiones y sentimientos. Confía tan solo en la Palabra de Dios, que te promete: “Hoy también os anuncio que os restauraré el doble (de redención)” (Zac.9:12b). Eso es gracia sobre gracia.
¡Alabado sea Dios!