30 de junio 2026

    30.Mirad las aves del cielo que no siembran ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?Mt.6:26

    Cuando los cristianos caen tan profundamente en la angustia, tanto que dudan de las promesas de Dios, el Señor los remite a ver las obras de la creación. Si contemplan la creación, no necesita creer, porque pueden ver lo que ocurre con sus propios ojos. Por ejemplo, con respecto a las preocupaciones materiales, el Señor dice: “Mirad las aves del cielo… vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” ¿Se ocuparía Dios mejor de esas pequeñas criaturas que de ustedes? ¿Se preocuparía Dios por las insignificantes aves, olvidándose de los seres humanos, sus más preciosas criaturas, creadas a imagen suya? ¿Se olvidaría de sus hijos y herederos, que son superiores a las aves y a todos los animales? ¿Se olvidaría Dios del ser humano? “Considerad los lirios del campo… Pero os digo que ni aun Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros”, que sois “linaje suyo”, “hombres de poca fe?” (Hch.17:28; Mt.6:28-30).

    Y con respecto a nuestros temores frente a los malvados, dice el Señor: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre”. “Más valéis vosotros que muchos pajarillos”. “Pues aun vuestros cabellos están todos contados”. Por lo tanto, “¡No temáis!” (Mt.10:25-34).

    Frente a ciertas dificultades nos sentimos totalmente impotentes, y pensamos que hemos sido abandonados por Dios. Lo invocamos hasta quedar roncos y agobiados, pero parece ser en vano. Dios se comporta “como un gigante incapaz de ayudar”. ¿Será realmente como parece? ¿No nos estará tratando Dios de una manera profundamente misteriosa? A veces Él parece un extraño, pero siempre es fiel y siempre nos oye. Tal vez estemos pidiéndole y esperando cosas contrarias a su voluntad. Por ejemplo, si le pedimos poder para nuestra santificación, sin haber llegado todavía a la fe en Jesús, sin tener la certeza de la salvación por gracia. O si pedimos ayuda material, pero no queremos trabajar…

    Pero siempre que busquemos ayuda de forma correcta, es totalmente imposible que Dios no nos dé todo lo mejor y lo más útil. ¿Acaso se acortó ahora la mano del Señor, y no puede ayudarnos más? (Is.59:1). ¿No vería nuestra necesidad el que nos dio la vista a nosotros? ¿No oiría nuestra oración el que nos dio el oído? ¿No tendría cuidado de nosotros, el que cuida de los pajarillos? Pensemos bien en la pregunta de Jesús: “¿Acaso no valen mucho más ustedes?” Jesús afirma expresamente: “¡Más valeís vosotros que muchos pajarillos!” (Mt.10:31).

    ¡Tengámoslo en cuenta! El propio Señor lo dice. Así lo conceptuó Él. El que nos compró a un precio tan alto nos recuerda: “Más valen ustedes que muchos pajarillos…” ¿Podría olvidarse de nosotros? Tal ves tú todavía insistas: “Pero yo pequé. ¡Merezco que Dios me abandone..!”

    ¡Ah, hombre! ¿Acaso Dios “ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades… y nos ha pagado conforme a nuestros pecados?” (Sal.103:10). El que, “nos escogió en Cristo ya antes de la fundación del mundo” (Ef.1:4), el que, “reconcilió al mundo consigo mismo por medio de Cristo Jesús”, (2 Co.5:18), cuando todavía no teníamos ningún Redentor, ni alguien que lo invocase, ¿Nos trataría ahora “conforme a nuestros pecados”? ¿Habríamos de comparecer ahora ante Dios en nuestra propia justicia? En ese caso, no se salvaría ninguna persona. ¡Ni obtendríamos una sola gota de agua para alivio!

    Ahora, en cambio, todo el tiempo estamos rodeados por innumerables bendiciones de Dios. Así que, de lo que vemos con nuestros ojos, tendríamos que aprender a creer en lo que no vemos.

    Del mismo modo, puestos nuestros ojos en las grandes obras de la creación, hemos de derribar la temeridad de nuestra razón, que pretende contestarle a Dios, juzgar sus palabras y hechos, y cuestionar lo que no entiende.

    Cierta vez un hombre muy piadoso, tan piadoso como no hubo otro en todo el Oriente, cayó en esa tentación, el Señor le respondió: “¿Dónde estabas tú cuando Yo fundaba la tierra? ¡Házmelo saber, si tienes inteligencia! ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿Quién extendió sobre ella cordel? ¿Dónde estabas tú, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios? ¿Quién encerró con puertas el mar, cuando se derramaba saliéndose de su seno?…¿Te han sido descubiertas las puertas de la muerte? ¿Y has visto las puertas de la sombra de muerte?… ¿Por dónde va el camino a la habitación de la luz, y dónde está el lugar de las tinieblas, para que las lleves a sus límites?… ¿Podrás tú atar los lazos de las Pléyades, o desatarás las ligaduras de Orión? ¿Sacarás tú a su tiempo las constelaciones de los cielos?… ¿Supiste tú las ordenanzas de los cielos? ¿Dispondrás tú de su potestad en la tierra?” (Job 38:4ss).

    Quien pretende erigirse en juez de la Palabra de Dios, cuando tropieza con pasajes que no entiende, debiera tratar de responder esas preguntas. Entonces, se sentirá feliz de abandonar esa actitud crítica, y dirá: “¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!” (1 S.3:9). Y -con toda seguridad- también se beneficiará al considerar las maravillas de la creación.

    Publicado por editorial El Sembrador