30.¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? ¡En ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?Ro.6:1-2
En los versículos 3 al 11 (de Ro. 6), el apóstol dice que hemos muerto al pecado. Dice también que en el Bautismo, fuimos consagrados a la comunión con Cristo, asemejándonos a Él en su muerte y en su nueva vida. “Fuimos plantados juntamente con Él en la semejanza de su muerte”, dice el apóstol (v. 5). Con su muerte Cristo se deshizo de nuestros pecados, de modo que éstos ya no necesitan ser expiados nuevamente. Así todos los fieles, plantados en el Bautismo juntamente con Él, en la semejanza de su muerte, han dejado atrás su antigua vida en el pecado, para no servirle más de ahí en adelante.
Si interpretamos mal estas palabras, -como los que sostienen que el bautismo no es más que una decisión y promesa de nuestra parte, un acto de obediencia por el cual nos comprometemos a morir al pecado y a vivir para Dios-, entonces no entenderemos el significado de la expresión del apóstol: “Los que hemos muerto al pecado”.
Es verdad que el Bautismo también es un pacto y una promesa. Pero eso no expresa todo su valor y su significado. Las promesas de casamiento no crean automáticamente un buen esposo. Hace falta además una virtud interior llamada amor. La instalación no crea un buen obrero. Hace falta además un espíritu preocupado por la salud de las almas. Así, tampoco es sólo el bautismo y el pacto lo que nos asegura que hemos muerto al pecado, si no interviene además una obra divina en el alma del bautizado. Cristo habla de un “nuevo nacimiento de agua y del espíritu” (Jn.3:5). El apóstol habla del “lavamiento de la regeneración por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit.3:5). Éstos textos bíblicos nos dicen el secreto y el verdadero significado de las palabras: “…los que hemos muerto al pecado”. El apóstol no se refiere ahí a cristianos falsos, a personas infieles que renegaron de su Bautismo. Se refiere a los que realmente “reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (Ro.5:17); en los que late la vida divina, un espíritu incapaz de conformarse con el pecado. En estas personas la expresión “muertos al pecado” se verificó, se convirtió en una realidad.
Este es el segundo don glorioso que se nos concede con la fe salvadora, es decir, la obra del Espíritu Santo en nuestras almas, el testimonio de que hemos nacido de Dios y que tenemos una nueva mente y un nuevo corazón, incapaz de vivir en el pecado (1 Jn.3:9). Una buena manera de explicar esto es relatando mi experiencia personal. Empujado por la Ley, luché en vano por santificar mi mente. Pero sucedió que, en la misma medida en la que reprimía el pecado externamente, éste crecía internamente. Al fin desesperé de todo mi esfuerzo propio, y comprendí que fui redimido por Cristo, ¡y que soy salvo, libre de todo pecado y de la maldición de la Ley, por pura gracia, tan pronto como creo en Jesús!
Entonces, una nueva inclinación y un deseo santo, anteriormente desconocido, invadió mi corazón.
Y también adquirí una nueva mentalidad; una voluntad santa, y así comencé a amar sinceramente la Ley de Dios, aborreciendo toda la maldad que aún sentía dentro de mí. El estilo de vida mundano y pecaminoso que anteriormente era el placer de mi vida, se convirtió en una plaga para mí. A esta maravillosa obra del Espíritu Santo en nuestras almas, se refiere San Juan cuando dice: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado… no puede pecar, porque es nacido de Dios… porque la simiente de Dios permanece en Él” (1 Jn.3:9).
El cristiano, aun cuando las más terribles tentaciones lo atormenten, sorprendan y hagan caer, no puede permanecer impenitente en el pecado, mientras la simiente de Dios permanece en él. De ese modo “no puede pecar”.
No puede pecar deliberadamente, sin negar su condición de cristiano. O como dice San Pablo en nuestro texto, no puede “practicar el pecado,” o vivir en pecado. Como dijimos arriba, aun cuando un cristiano es “sorprendido en alguna falta” (Gá.6:1), es como quien ha caído en el fuego o en el agua: No puede quedarse a vivir ahí, ¡antes trata de salir lo más rápido posible! Lo mismo sucede con los que son “nacidos de Dios”. Una eventual caída, produce un nuevo y mayor temor de pecar, de manera que la persona afectada se encamina nuevamente por el sendero saludable con empeño y consagración tanto mayor, en tanto que la simiente de Dios permanece en ella.
Mientras el cristiano esté en paz, apartado del pecado y yendo por el camino de los Mandamientos de Dios, se siente bien. Su vida está en regla. Pero cuando lo vence un pecado, queda aterrado, enfermo e intranquilo como si hubiese sido asaltado por un enemigo. La vida saludable y normal de un cristiano, es la vida en santidad. Eso es lo que significa “haber muerto al pecado”.
Como lo expresan las muy acertadas palabras de Lutero: “Es imposible que quien siente haber pecado contra Dios, no sea una persona piadosa. Porque un demonio no expulsa al otro”. Esta obra divina en el alma de los creyentes produce frutos que el mundo impío puede ver y se sorprende por ello, es decir, quienes comienzan a vivir por el poder del Evangelio de Cristo, se apartan del mundo corrupto y de su anterior vida pecaminosa, para transitar una senda muy diferente.
Las palabras: “los que hemos muerto al pecado”, significan que cuando creemos en la gracia, adquirimos una mentalidad nueva; comenzamos una vida nueva y abandonamos la anterior manera de vivir.