30 de diciembre 2026

    30.¿Quién nos separará del amor de Cristo?Ro.8:35

    En este texto el apóstol aborda la principal preocupación de los hijos de Dios, que es permanecer en el amor de Cristo. Anteriormente, en este mismo capítulo, nos consoló con respecto a las dudas que solemos tener sobre la gracia de Dios, cuando nuestra conciencia nos acusa y tememos su castigo.

    Ahora se refiere a otro de los muchos peligros que enfrentamos en nuestra vida espiritual. Nos asegura que nada que podamos encontrar en nuestro peregrinaje terrenal, podrá ser tan fuerte como para separarnos del amor de Cristo. Y como lo hiciera anteriormente, también aquí nos reconforta preguntándonos en tono triunfante: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?”

    Esta pregunta retórica expresa claramente la gran fe y la firme convicción del apóstol. Pero igualmente, la mera formulación de esa pregunta, y la consoladora respuesta implícita en ella, nos muestra que es una preocupación que nos afecta a los creyentes, y por lo cual necesitamos ser reconfortados.

    Pablo no escribe esto sólo para mostrarnos la gran confianza que él tenía en Dios, sino que lo hace para consolarnos a nosotros. Afligirse por permanecer en el amor de Cristo es una preocupación muy normal entre los verdaderos creyentes, y una señal distintiva de la verdadera gracia de Dios en sus corazones. Los cristianos no se conforman con tener la gracia de Dios en el tiempo presente. También quieren conservarla en el futuro, hasta el fin.

    Es una buena señal que sientas tu debilidad e inestabilidad tan intensamente.

    Es bueno que sepas cuán poderoso y astuto es nuestro enemigo y que temas perder el precioso tesoro de la fe. Ese temor es bueno, porque reconoces tu debilidad y el poder del enemigo, y además muestra que la buena relación con Dios se ha convertido en lo más importante para ti. Pero, no es bueno que por desconfiar de ti mismo, también dejes de confiar en el poder y en la fidelidad de Dios. Es normal que cuanto más amemos algo, más miedo sintamos ante la posibilidad de perderlo. Si tengo que cuidar sólo un poco de dinero, no me preocupo mucho; pero si es una suma enorme, seguramente pensaría en el riesgo de ser asaltado. No podría estar tranquilo antes de haber encontrado un lugar muy seguro donde guardarlo. Así, si no tememos perder el tesoro de la fe en este mundo tan peligroso, significa que todavía no lo valoramos mucho.

    Es mejor que tengamos una actitud desconfiada y prudente en este mundo, estando en guardia contra los engaños y peligros espirituales. Un antiguo maestro dijo: “Cuando pensamos que un día podríamos llegar a perder el temor de Dios y la fe de nuestros corazones, nos invade un temor mortal”.

    Esos sentimientos indican que el Espíritu Santo ha estado obrando en el alma.

    El estado de gracia se valora como lo más importante, y no se lo quiere perder por nada. Pero los que se preocupan por la gracia de Dios, también deben ser consolados con su misma gracia. Eso se enseña en toda la Palabra de Dios. El apóstol habla así en este texto. Quiere consolar precisamente a los que se afligen al respecto. Por eso nos asegura que tenemos un Señor y Salvador tan poderoso, que nada podrá ser capaz de separarnos de Él. Es verdad que en nuestro peregrinaje terrenal tendremos que enfrentar muchos grandes enemigos y obstáculos. Pero el apóstol nos asegura: “En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro.8:37). Así es como el apóstol nos quiere reconfortar.

    La gracia de la cual nada podrá separarme, se describe aquí con pocas palabras: “El amor de Cristo”. No nuestro amor a Cristo, sino su amor por nosotros, como se puede ver en todo el contexto. Porque en los versículos anteriores el apóstol ha descrito solamente lo que Cristo ha hecho por nosotros.

    ¿Y qué significa estar separado del amor de Cristo? Sin dudas, significa no tener parte con Él en su reino, y estar fuera del alcance de la gracia de Dios.

    Estando en la gracia de Dios, el amor de Cristo es nuestra salvación. Por medio de Cristo no solamente hemos recibido todo lo que es relativo a la salvación y eterna bienaventuranza: la gracia de Dios, la liberación de toda culpa y condenación, el Espíritu Santo en nuestros corazones, la adopción como hijos y el derecho a heredar el reino de los cielos. Sino además, como se nos dice expresamente en este texto, “el amor de Cristo”, es el mayor tesoro y la mayor felicidad que los creyentes podamos poseer. Para la verdadera esposa el amor de su esposo es más importante que todos sus bienes y posesiones. Un alma fiel dice con Asaf: “¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal.73:25).

    Y el apóstol dice: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. Como ya lo he señalado, el tono de la pregunta contiene en sí misma una respuesta muy consoladora: ¡Nada ni nadie podrá separarnos de su amor! Por cierto, podemos sentirnos profundamente reconfortados por la fidelidad y el poder de nuestro Salvador. Él estará con nosotros en todas nuestras tentaciones y peligros, y nos auxiliará verdaderamente cuando se lo pidamos. Nuestra humana naturaleza quisiera que Dios nos evitara todas las tentaciones, pruebas y sufrimientos; pero si fuese así, enseguida dejaríamos de invocarle y de estar diariamente en comunión con Él. ¡Alabado sea Dios por su fidelidad y poder! ¡Él siempre nos permite contar con su ayuda cuando la necesitamos! Ese es el consuelo que Él quiere darnos.

    Publicado por editorial El Sembrador