30.Sed sobrios, y velad.1 P.5:8
Muchos hijos de Dios pierden su fe debido a la pereza espiritual, al abandono de las armas espirituales, a la negligencia en el uso de los Medios de Gracia, y a la falta de nutrición de la fe, u olvidando hacer lo bueno. Por lo general, cuando comenzaron a recorrer el camino de la gracia les resultaba muy importante familiarizarse con la Palabra de Dios: Leerla, oírla, hablar y escribir acerca de Cristo, de la fe en Él, de la gracia, del amor, y de las buenas obras. Se deleitaban hablando con Dios en oración, como quien habla con un amigo; y acudían gustosos a comulgar en su Mesa. En ese tiempo estas cosas les parecían muy importantes y reales; la fe en Cristo abarcaba todos los aspectos de sus vidas.
Pero después de algún tiempo, la fe fue perdiendo importancia. Tal vez surgieron algunos inconvenientes, o nuevas atracciones, que el diablo presentó como más importantes; o los sedujo a creer que ya sabían todo lo que hacía falta, y que por un tiempo podían conformarse con recordar esas cosas, sin que corriera peligro su vida espiritual. Pero… si el diablo logra apartar nuestra alma de la Palabra de Dios, entonces puede llevarla adondequiera, e inspirarle lo que quiera. Ese es el acceso a todos los caminos equivocados, que llevan a la perdición. Así, pronto las personas no ven más pecados en sus vidas que los censurados por la razón; no creen más en los artículos de fe, y aceptan sólo lo que juzgan razonable. La conciencia de pecado se apaga, y confían en sus méritos propios para sentirse tranquilos. De esta manera recaen a su estado natural.
La negligencia para con la Palabra de Dios, y la falta de atención a la voz del Espíritu, son defectos que se relacionan con la pereza espiritual. Al principio el alma quería hacer todo lo que el Señor le pedía. Le interesaban todas las tareas cristianas. Es cierto que no era capaz de cumplir todo; sin embargo, era su intención, y se empeñaba en cumplir. Consideraba pecado cualquier tipo de falta; lamentaba sus faltas ante Dios, pedía perdón y fuerzas para enmendarse. Pero luego estableció un patrón de conducta propio, decidiendo como vivir, e ignorando completamente todo lo demás. Así, ya no piensa en lo que Dios ordena; y mucho menos se esfuerza por cumplir. Y al no tratar de superarse, la consecuencia natural de ese conformismo es no reconocer más sus faltas, ni arrepentirse. Solamente llegará a ser tan “bueno” o “santo” como él mismo se propuso ser. Esta satisfacción con uno mismo proviene de la pereza, y de la negligencia para considerar la santidad de Dios y la profundidad espiritual de sus Mandamientos. Entonces, cuando el hombre está satisfecho consigo mismo, e ignora sus culpas y defectos, ¿qué queda de su fe y vida espiritual? ¿Qué queda de Cristo en su vida? Es sólo una figura imaginaria, un modelo de santificación, pero ya no es el Abogado defensor ante el Padre. Cristo todavía puede parecerle un Rey al que debiera reconocer, adorar y honrar, pero no tan valioso e indispensable ni como la única Justicia que le puede cubrir ante Dios. En resumen: el Salvador Jesucristo perdió para él su valor real; dejó de ser la vida y el aliento de su corazón, y sigue existiendo sólo en su imaginación, y de boca para fuera. Cuando se perdió la primera parte: La conciencia de pecado y el arrepentimiento, la segunda y tercera parte: La justificación por la fe en Jesús, y la santificación en gratitud a Él, no son genuinas. El cristiano entonces, se convierte en un fariseo.
Otra consecuencia lamentable de la pereza espiritual, es el vacío que se crea en las almas; el libertinaje impuro, el fastidio y la indiferencia, que le abren las puertas al diablo y a sus secuaces. Ya no hay lucha por la santificación, ni deleite en la victoria sobre la maldad, ni conciencia de pecado, ni sentido de culpa, ni invocación al Señor, ni aprecio por la gracia de Dios… en fin: No hay más ejercicio en la piedad cristiana. Estas personas piensan que han conocido perfectamente el cristianismo, que este ya no les ofrece nada especial, y sólo puede producirles fastidio y cansancio. Cristo describe este estado diciendo que el espíritu inmundo vuelve a la casa de donde salió, y la encuentra “barrida y adornada” (Lc.11:25). El diablo vuelve y le ofrece al alma que está fastidiada del cristianismo, algo para aliviarle ese fastidio: Una pasión, un bien material, o un placer sensual, muy atractivo y cautivante, aparentemente libre de cualquier peligro. Esto, lógicamente, resulta muy agradable después del vacío creado por la falta del ejercicio de la fe. El corazón humano siempre quiere estar lleno de algo, poseer algún tesoro, disfrutar de alguna compañía. Cuando falta el verdadero tesoro… cuando falta el deleite en la gracia de nuestro Señor Jesucristo, la comunión con Dios y el privilegio de llamarle: “¡Padre!”; cuando todo eso ha cesado… las dichas nuevas son atractivas y bienvenidas, y el corazón se embebe con lo que el diablo le ofrece, como la tierra seca absorbe el agua. Por medio de una fuerte pasión, o mediante la amistad del mundo, la fama o las riquezas, o cualquier otra idolatría pasajera, el espíritu “fuerte y armado” vuelve “con otros siete espíritus peores que él, y ya dentro, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero” (Lc.11:21, 26). Todo cristiano apóstata tiene que culparse sólo a sí mismo de su pereza y negligencia espiritual.
Sucede algo diferente con algunos cristianos que lamentan su tibieza espiritual. Puede ser que solamente falten señales y testimonios visibles de su fe, pero en realidad se ejercitan en la piedad, utilizan los Medios de Gracia, y se empeñan en la práctica del amor. Además, si verdaderamente cayeron en la pereza dejan que el Espíritu del Señor los despierte y corrija… y comienzan a temer a Dios y a tomar su Palabra en serio; si invocan a Jesucristo y desean mejorar su conducta, el resultado nunca será la muerte espiritual. Sin embargo, si la persona no acepta corrección por su pereza, ni se toma el tiempo de escuchar las advertencias del Espíritu, antes deja que las cosas sigan descuidadas como antes, por deplorable que fuesen, entonces el resultado será la apostasía total y la muerte espiritual.