30 de abril 2026

    30.Alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.Mt.5:16

    ¡Qué persona tan especial, para Dios y para la gente, es un cristiano ardiendo de celo por la justicia de la fe y por la gloria del Cordero! Aquél que se opone a la justificación ante Dios por medio de las buenas obras, ¡y no obstante es muy generoso; hace muchas buenas obras, y es diligente en servir al Señor! En él se da una conjunción genuina y maravillosa de fe y obras, que enferma tanto a Satanás, que éste quiere destruirlo, pues nada puede perjudicar más a su reinado. Nada confirma mejor y con mayor claridad la veracidad del Evangelio, nada cautiva y convence con mayor fuerza las mentes de los impíos para volverse a Dios, que el testimonio de una fe activa en buenas obras. En el verdadero cristiano hay una combinación aparentemente contradictoria: Por un lado, rechaza firmemente toda confianza en el mérito de sus buenas obras, para su justificación ante Dios; y por el otro lado, aprecia mucho todo tipo de buenas obras, y las produce en abundancia y con fervor. Es la luz con que todo verdadero seguidor de Cristo brilla ante el mundo.

    Si eres celoso por la justificación mediante la fe, y por ser contrario a la salvación por obras y no te empeñas en hacer buenas obras, todos dirán: “¡Éste se ha hecho un camino de salvación muy cómodo. Dice que solamente hay que creer, y que no es necesario hacer nada bueno!” Pero si tienes el testimonio de tus semejantes y vecinos, que eres una persona dispuesta y feliz para hacer buenas obras, -tú que tanto te burlas de ellas y las rebajas cuando alguien pretende convertirlas en méritos para justificarse -ante Dios, tendrán que concluir: “No, no es por su amor al libertinaje que habla contra el mérito de sus propias obras, porque con sus hechos demuestra lo contrario”. Así les taparás la boca a los que blasfeman contra la fe.

    Por eso, son realmente muy valiosos los que tienen ambas cosas: El celo por el glorioso y exclusivo mérito del Cordero, y al mismo tiempo el deseo de hacer abundantes buenas obras. ¡Pidámosle a Dios que nos conserve con esa clase de cristianos en este mundo! Son ellos los que promueven con mayor poder el reino de Cristo y la excelencia del Evangelio. Por el contrario, qué difamación para al título de “cristiano” causa el que profesa una falsa “fe”; el que lleva una vida espiritualmente ociosa y estéril, éste le da motivos de burla al escarnecedor.

    Quienes oyen su hermosa confesión de fe, pero al mismo tiempo ven su escandalosa conducta, se volverán con desprecio y dirán: “Si eso es ser un cristiano, cualquiera puede serlo…” etc. Así, los paganos encontrarán fuertes motivos para seguir rechazando la Palabra de Dios, y despreciando el llamado al arrepentimiento y a la conversión. Lamentablemente, encontrarán esos motivos en un “cristiano” cuyo testimonio, por el contrario, debiera haberle servido para despertarlo y llevarlo a la fe.

    Ah, qué sentencia demoledora para la conciencia, cuando tu tiempo de prueba llegue a su fin; cuando ya no haya oportunidad para mejorar el testimonio y se te pida rendir cuenta de tu mayordomía, “porque ya no podrás seguir siendo mayordomo” (Lc.16:2). Qué dolorosa agonía será recordar cuántas veces oíste el Evangelio del amor y del sacrificio de Cristo, y cuántas veces pretendiste creer y servirle, y sin embargo no quisiste vivir para Él y para su gloria, sino solamente para ti mismo, ¡dándole todos los gustos a tu naturaleza carnal! Entonces tendrás que reconocer la mala influencia que recibieron de ti los que vivieron contigo durante el tiempo de gracia, sólo por tu mala conducta.

    Sí, entonces confesarás suspirando: “Ah, es cierto que mis hijos y criados oyeron mis buenos consejos, pero también vieron mi conducta escandalosa, mi vida pecaminosa… Por eso no tomaron en serio mis buenas enseñanzas. Mis hijos salieron de casa convencidos de que los que hablan mucho de Dios, son hipócritas. Así aprendieron a despreciar la Palabra”. ¡Dios quiere salvarnos a todos a tiempo!

    Es cierto que nadie puede estar completamente libre de los reproches de su conciencia, ni de esos “dardos de fuego”, que son las acusaciones de Satanás. Nadie es perfecto. Y menos aún podemos esperar que alguien en este mundo ciego nos haga justicia. Antes, sabemos que se burlarán hasta de la mejor conducta, como blasfemaron diciendo barbaridades contra el propio Señor de la gloria. Pero también debemos ser conscientes de la diferencia entre la debilidad carnal, de la que el creyente se arrepiente y trata de superar; y por otro lado, la vida impía del falso cristiano, que permite que su naturaleza carnal lo gobierne y asfixie su vida espiritual. Es por culpa de esta gente que los infieles blasfeman el Evangelio.

    Si lloras y deploras tus faltas, le das gloria a la santidad de Dios, y evitas que su Evangelio sea escarnecido por culpa de tus transgresiones. Si luego recuerdas la relación entre el celo por la justificación por la fe, y el fervor por las buenas obras, demostrarás verdadera fe.

    Pero si hablas todo el tiempo de tus buenas obras, de modo que éstas y lo que tú haces por Cristo, y no lo que Él hizo y hace por ti, son el principal tema de tu conversación, entonces hay motivos para temer que la esperanza de tu corazón y el fundamento secreto de tu fe, no es Cristo, sino tu propio mérito; porque “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt.12:34). Nuestra canción debe exaltar “al Cordero que fue inmolado y nos ha redimido para Dios con su sangre” (Ap.5:9). De esa fe en Cristo y del amor a Él, proceden las buenas obras. Así Cristo recibe toda la gloria, y Su nombre, no el nuestro, será exaltado y santificado.

    Publicado por editorial El Sembrador