3.Gozosos en la esperanza.Ro.12:12
La esperanza de la que habla aquí el apóstol, es la expectativa de la gloria venidera por parte de los creyentes. La fe recibe y acepta la presente gracia de Dios, pero la esperanza mira hacia delante y arriba, a la gloria que vendrá. El apóstol dice que ahora ya hemos de gozarnos en esa esperanza. No nos anima a regocijarnos sin motivo, ni por algo pequeño y corruptible. ¡No! Nos presenta la esperanza de la bienaventuranza eterna como causa para nuestro gozo. Si pudiésemos tomar debidamente en serio la esperanza a la que fuimos llamados, y creyéramos en forma realmente viva lo que Dios nos ha prometido, ciertamente estaríamos llenos de gozo. Y esto no sólo en los días en que todo nos sale bien, sino también en los momentos de nuestras más tristes experiencias. Y este gozo en la esperanza, es mucho más importante y bendito de lo que solemos pensar. Anima a todo nuestro cristianismo con nuevo poder.
En cuanto al objeto de nuestra esperanza, a las gloriosas bendiciones que esperamos de Dios, probablemente nunca seremos capaces de comprenderlas cabalmente en el presente, como está escrito: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co.2:9). Sin embargo, lo que percibimos en las promesas de Dios ya es tan maravilloso y glorioso, que nadie puede expresarlo.
¿Quién puede decir lo que significa ser “herederos de Dios y coherederos de Cristo”? ¿Y quiénes son los que llegarán a ser tan gloriosos y felices? Exactamente todos los que ya en el presente son hijos amados de Dios. Pues así lo dice la palabra de Dios: “Y si (somos) hijos, también (somos) herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo” (Ro.8:17).
Todos los que fueron rescatados del mundo, despertando del sueño del pecado por la Palabra y el Espíritu de Dios y han encontrando su salvación únicamente en Cristo, todos estos disfrutarán la vida eterna. Ellos, son todos los que a pesar de sus flaquezas permanecieron unidos a Él por medio de la fe hasta el fin; todos los que no pudieron arreglárselas sin su gracia y bondad; más aún: sin su carne y su sangre, o sea, sin su redención, sino que tuvieron su alimento, la satisfacción de su necesidad vital en ella. Así dice el propio Señor Jesucristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y Yo lo resucitaré en el día postrero” (Jn.6:54).
Pensemos en lo que el Señor le promete con tales palabras a todas las pobres almas, que se consuelan sólo en la expiación de Cristo: que tendrán la bienaventuranza de la vida eterna. Y Jesús lo afirma repetidamente y en forma muy definitiva. ¿Quién puede describir, entonces, la felicidad de tal ser humano? ¿Quién puede expresar todo el contenido de las palabras de Jesús?: “Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt.13:43). ¿Y quién es capaz de comprender lo que contienen las palabras de San Juan?: “Seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como Él es” (1 Jn.3:2b).
David manifestó esta esperanza cuando exclamó: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal.17:15). El Señor Jesucristo también oró abiertamente: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde Yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado” (Jn.17:24). ¿Qué puede ser más seguro que lo que promete el propio Señor Jesucristo? En efecto: La esperanza de nuestra salvación tiene un fundamento que de ningún modo puede fracasar. Por eso también se llama “segura y firme ancla del alma” (He.6:19).
Teniendo ahora una esperanza del gozo eterno, tan gloriosa y tan bien fundada, hemos de librarnos de todas las preocupaciones mundanas y decir sin lugar a dudas: “¡Afuera todas las aflicciones! ¡Afuera todas las inquietudes y tristezas! ¡Tengo una felicidad eterna esperándome! Voy hacia el gozo eterno, tan seguro como que nuestra esperanza de salvación no descansa en nuestra propia dignidad, ni en nuestras propias ideas, sino en la Persona y la obra de Cristo, y en el plan de Dios”.
Es indigno de un discípulo y testigo de Cristo, y hasta una gran ofensa contra nuestra fe, que olvidemos tan fácilmente nuestra esperanza de salvación, y dejemos de regocijarnos en la misma. Que vayamos hacia el gozo celestial con paso pesado y con dolorosos suspiros. Si pudiésemos aferrarnos más estrechamente y con mayor diligencia a nuestra bendita esperanza de salvación, eso fortalecería toda nuestra vida cristiana, como ya se dijo arriba. Haría que recorramos con más dedicación el camino correcto de la vida, y que nos mostremos más indiferentes a las vanidades del mundo. Nos inspiraría más paciencia y tenacidad en la lucha por la corona. Por eso a la esperanza de la salvación también se la llama “yelmo” (Ef.6:17). El yelmo es una pieza importante de la armadura: protege la cabeza de golpes que pueden ser mortales, y le permite al soldado avanzar con más coraje en la lucha. Así, la esperanza de la salvación nos protege contra las amenazas y tentaciones, con las que el diablo quiere destruir nuestra vida espiritual.
Y cuando el apóstol llama a nuestra esperanza “una segura y firme ancla del alma” (He.6:19), expresa con eso, que la esperanza de la salvación nos mantendrá unidos con el Señor en todas las tormentas de la vida, de modo que los vientos y las corrientes no nos arrastren al ancho mar del mundo. En los momentos de sufrimiento y adversidad una esperanza viva y firme nos llevará a los eternos descansos del cielo. Y en los días de felicidad material y gozo terrenal, la esperanza nos mantendrá sobrios y sabios. De manera que todavía podemos decir con el apóstol: “Tengo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Fil.1:23) ¡Ah! ¡Quiera el Señor perdonar nuestra débil fe, por cuya causa nos gozamos tan poco en la esperanza! ¡Quiera Él ayudarnos y fortalecernos en la fe y en la esperanza!