3.Resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.1 Co.15.4
Con esta observación acerca de Cristo, el apóstol pone el firme fundamento de la doctrina de la resurrección de los muertos. Así nos traslada desde la arena movediza de nuestras propias ideas y opiniones, al firme fundamento de la fe verdadera. Es decir, lo que Dios dijo. Dios habló a este mundo, y lo que Dios dijo es válido siempre, más allá de las objeciones de nuestras mentes y corazones. Cielo y tierra pasarán, pero ni una jota o una tilde de la Palabra de Dios dejarán de cumplirse.
Con referencia a esto -y a cualquier artículo de fe- la principal causa de nuestras dudas es que no entendemos cómo puede ser posible. Nuestras pequeñas cabezas se alzan contra el gran Dios, como si quisieran tomarlo por el cuello -como dice Lutero- y preguntarle: “¿Cómo puedes afirmar esto?” Y en nuestra ceguera no pensamos que ni siquiera entendemos nuestro propio cuerpo y nuestra alma, que están tan cerca de nosotros. No podemos entender nuestras propias facultades, como nuestra memoria, nuestra inteligencia, nuestra vista, o nuestra facultad de hablar…
Con sólo pensar detenidamente en estas facultades, tenemos que confesar que son maravillosas creaciones de Dios, que no entendemos. Y sin embargo pretendemos entender al propio Creador, corregirlo y acusarlo de mentiroso tan pronto como nos dice algo que no entendemos. ¿Quién de nosotros fue su consejero, cuando creó al primer ser humano en el mundo? ¡Oh Dios, ten piedad de nosotros! ¡No permitas que nos volvamos tontos!
Al recordarles a los corintios lo que les había sido anunciado según las Escrituras, el apóstol sacó este tema del terreno de la razón y lo sometió directamente a la Palabra. La fe no debe fijarse en otra cosa que en la Palabra; y no debe permitir que la razón decida sobre los sagrados artículos de la fe.
Porque de lo contrario pronto perderemos toda luz verdadera, y terminaremos creyendo sólo en lo que vemos con nuestros ojos y palpamos con las manos.
Nuestra mente no puede entender la resurrección de los muertos. La razón no puede entender que un día todos los muertos volverán a vivir, y que nuestro cuerpo y alma volverán a unirse como lo están ahora. Porque nuestra razón sólo ve las cosas que están a la vista. Sólo ve que el mundo ha existido a lo largo del tiempo, y que los seres humanos mueren uno tras otro. Sólo ve que todo ser vivo muere, se descompone, y convierte en polvo y cenizas en la tierra, y que hasta ahora nadie ha retornado de la muerte. Más aún: ve que algunos cuerpos fueron quemados y reducidos a cenizas, y que las cenizas fueron dispersadas al viento. Otros fueron arrojados al mar y devorados por peces voraces. Cuando nuestra mente quiere comprender cómo nuestro Señor Dios seguirá controlando todo eso, y cómo reconstruirá un día esos cuerpos, entonces la fe en la doctrina de la resurrección se derrumba.
De ese modo ocurre siempre que nuestra razón juzga un artículo de fe, y no nos atenemos únicamente a la Palabra. Por ejemplo, cuando estoy afligido por mis pecados, -por la sentencia de la Ley y de mi propia conciencia-, ciertamente perderé toda confianza en la gracia y bondad de Dios, sino mantengo mi vista estrictamente fija en el pacto de la gracia de Dios en Cristo Jesús, y en sus promesas al respecto. Si ignoro esta promesa y me guío por mis propios pensamientos y sentimientos, mi fe pronto caerá. Así ocurrió muchas veces también con la doctrina acerca de Cristo, cuando se quiso entender cómo Dios pudo ordenar a su propio Hijo que se entregase en sacrificio por nosotros. O cómo el Hijo de Dios pudo hacerse hombre, sufrir, llorar, orar y morir. O cómo Dios pudo dejar a gran parte del mundo en ignorancia en cuanto a esto; o por qué no difundió su Evangelio por medio de ángeles… etc. Así se tropieza con toda clase de ideas extrañas y necias, y al final ya no se cree en nada.
Frente a las afirmaciones de la Palabra de Dios, muchos se olvidan que Él es todopoderoso. Algunos dicen con su boca que creen, pero en realidad piensan que Dios no puede hacer esto o aquello. De esa manera pierden muy gloriosas verdades de la fe, sólo por entremezclarlas con las conclusiones de su ciega y presuntuosa razón. Dios ha hablado, eso debe ser suficiente.
Es suficiente con la declaración del Dios de los cielos: podemos estar plenamente seguros de que, aunque estemos sepultados en el suelo, descomponiéndonos y convirtiéndonos en polvo y cenizas, un día entraremos a la vida eterna con un cuerpo hermoso y glorificado. Los cristianos no deben dejarse llevar por lo que sienten y ven. No, deben alzar su vista sobre todas esas cosas y mirar a Aquel que habla en las Escrituras, y que “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef.3:20).
Tampoco parecía probable que Cristo resucitase, cuando había muerto en forma tan horrible y se encontraba sepultado detrás de un sepulcro sellado con una gran piedra. Entonces sí que fue difícil creer que Él seguía siendo Señor sobre la muerte y la tumba. Sin embargo, “con tres dedos juntó el polvo de la tierra” (Is.40:12), y lo que había hablado, tuvo que suceder.
Por más absurdo, y hasta imposible que le parezca a nuestra mente, también nuestra resurrección un día será realidad. Tan seguro como que Dios mismo lo dijo, y como que Él no puede mentir. ¡Cuán importante fue que el apóstol pusiera a los corintios nuevamente sobre el fundamento de la Palabra divina!