3.Mucho más, estando ya justificados en su sangre, por Él seremos salvos de la ira.Ro.5:9
Estas son palabras poderosas, que como una palanca, pueden remover las piedras más grandes de los corazones creyentes. El apóstol dice: Si Dios nos amó tanto cuando éramos aún pecadores, sin redención ni justificación, y por su libre voluntad entregó a su Hijo unigénito a la muerte por nosotros, cuánto más seremos salvos por Él de la ira ahora, ¡después de que hemos sido justificados por su sangre! ¡Sin duda, esta es una conclusión muy importante y consoladora! Ese es precisamente el consuelo que todos los fieles necesitan en un modo muy especial; porque lo que más preocupa a las almas alarmadas, que reconocen su pecado, es el temor de que Dios vuelva a enojarse con ellos; que Él permita que les sucedan desgracias y finalmente las condene.
Es muy consolador que el apóstol encare esas preocupaciones y que pregunte con toda determinación: “Si Dios, movido por el amor de su corazón hacia los hombres, hizo tanto mientras estábamos sin redención y sin justicia, que hasta entregó a su amado Hijo a una sangrienta muerte por nosotros, ¿es posible que ahora, cuando ya fuimos justificados por la sangre de su Hijo, pueda revocar su gracia y comenzar a juzgarnos y a tratarnos de acuerdo a nuestros méritos y a la Ley? ¿Por qué entregó entonces a su Hijo para morir por nosotros? Jesús mismo dice: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él” (Jn.3:17).
Dios entregó a su Hijo con la intención y el pensamiento de que nosotros fuésemos salvos por medio de Él; y por consiguiente, para que los que creeríamos en Él ya no fuésemos juzgados conforme a la Ley. Es totalmente imposible que Dios ahora actúe de un modo contrario al amor de su corazón y a su eterno plan de salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo. Es solamente en nuestros propios corazones donde surgen tales pensamientos acerca de la ira de Dios.
Y es el “padre de toda mentira” (Jn.8:44) quien sembró esas falacias allí. El corazón de Dios rebosa de gracia para quienes creen en su amado Hijo.
El amor de Dios no se terminó cuando estábamos sin redención ni justificación y Cristo dio su vida por nosotros. Al contrario, precisamente porque su Hijo murió por nosotros, Dios no puede dejar de amarnos, ahora que ya fuimos redimidos. El apóstol afirma que los que creemos en Jesús comparecemos ahora en condición muy distinta ante Dios; es decir, en condición de justificados.
Dice: “Si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo… “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por Él seremos salvos de la ira”. “Estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Ro.5:9,10).
Notemos lo que dice el apóstol: “Ahora ya estamos justificados”. ¿Acaso no nos amará ahora, el que ya nos amó cuando aún éramos pecadores culpables y perdidos? Que ahora estemos justificados quiere decir que ya no somos más culpables ni reos de castigo ante la Ley. ¿Cómo llegamos a ser inocentes? El apóstol responde: “Justificados por su sangre”.
No se debe a nuestra piedad ni a ninguna buena obra de nuestra parte; tampoco se debe sólo a la bondad de Dios, en el sentido de que Él decidió olvidar las demandas de su Ley. ¡No! Nuestra justificación ocurrió por medio de la sangre de su Hijo Jesucristo. Se requirió sangre. ¡Y nada menos que la sangre del Hijo de Dios!
En Ro.5:1 el apóstol emplea la expresión: “Justificados por la fe”, y aquí dice: “Justificados por la sangre de Cristo”. En estas palabras vemos que no somos justificados por la fe en sí, como si la fe fuera una buena obra o una virtud de nuestra parte, por medio de la cual merecemos la salvación. No, sino que somos justificados por medio de la fe porque el objeto de la fe es la redención lograda por Cristo. La fe es como la mano que acepta y recibe el regalo de la salvación que Cristo obtuvo con su sangre.
Que nadie piense que Dios sería capaz de dejar de exigir el cumplimiento de su santa Ley, ni siquiera de una jota o una tilde, para justificar a alguien. No, los santos juicios de Dios son tan sagrados e irrevocables, como su amor.
Las palabras “por su sangre” nos recuerdan seriamente qué terrible maldad es el pecado; cuán severa es la Justicia de Dios, y cuán implacable es la sentencia del que advirtió: “El día que comieres (del árbol de la ciencia del bien y del mal), ciertamente morirás” (Gn.2:17).
Si Jesucristo no hubiese derramado su sangre, y si no hubiese entrado al lugar santísimo con la misma, tampoco habría obtenido para los pecadores una “eterna redención” (He.9:12). Como “la vida está en la sangre” (Lv.17:11), la sangre de Cristo es tan válida como su muerte, con la que cumplió su obra redentora. Por eso toda la Escritura describe “la sangre de Cristo”, “la sangre del Cordero”, como el precio pagado por nuestro rescate, como nuestra redención.
Nuestro gran Mediador y Sumo Sacerdote cumplió así todas nuestras obligaciones, conforme a la Ley. Regocijémonos y glorifiquemos a Dios, creyendo y profesando real y sinceramente, que gracias a eso somos justos de acuerdo a la Ley. No debido a una justicia imaginaria e ilusoria, sino plenamente, de acuerdo a todos los requisitos de la Ley y del significado de la palabra: “Justicia”. Como dice el apóstol Juan: “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Jn.1:7).