3.Sabrán que Yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os daré a cada uno según vuestras obras.Ap.2:23
Algunos pasajes de la Sagrada Escritura parecieran sostener que la salvación depende de nuestras obras. Tenemos esa impresión equivocada por no poner suficiente atención y cuidado a las palabras.
En ninguna parte la Escritura enseña que llegamos a ser justos y salvos a causa de nuestras obras. Por el contrario, precisamente repudia esto en todas partes. Pero que seremos juzgados de acuerdo a nuestras obras, la Escritura lo enseña claramente (Jer.17:10; 32:19; Ez.18:30; Mt.16:27; 25:3446; 2 Cor.5:10; Ap.2:23; 20:12). Si bien en su omnisciencia Dios conoce los corazones de todos (Hch.1:24), no obstante prescribió, que lo más íntimo de nuestro ser sea demostrado y certificado por medio de nuestras obras.
Abraham, el padre de todos los creyentes, fue convertido en un explícito ejemplo a este respecto. “Abraham creyó a Dios” (Ro.4:3), con respecto a la bendita Simiente; “y le fue contado por justicia”. Entonces fue justo ante Dios, y amigo de Dios. Pero debió demostrar esto también con una acción manifiesta, y así obedeció a la Palabra de Dios. El Ángel del Señor le dijo: “Ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único,” (Gn.22:12). Por esto el apóstol Santiago también declara, que Abraham fue justificado por obras (Stgo.2:21), o sea: quedó demostrado que era justo, quedó justificado como tal ante los hombres. Así será también en el Juicio Final.
En cualquier corte también debe haber testimonios, y para eso servirán nuestras obras. Serán evidencias de la gracia que obró en los fieles. Lo mismo también sucederá con la impiedad de los infieles. Cristo pregunta: “¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da malos frutos” (Mt.7:16-17). Y concluye: “Así que, por sus frutos los conoceréis” (v.20).
No es que las buenas obras convierten al ser humano en alguien bueno; sino sólo demuestran o revelan que es bueno. No se es bueno porque se practica el bien, sino que se practica el bien porque se es bueno, o sea un cristiano e hijo de Dios. Primero Dios tiene que convertirnos o hacer bueno nuestro corazón, antes que podamos hacer algo que le agrade a Él.
Cuando Dios nos juzgue de acuerdo a nuestras obras no mirará la forma externa o el valor material de la obra, sino su bondad interna, o sea su origen y motivo. Esto es algo fundamental, que el mundo no quiere entender; sin embargo, el Señor Jesucristo lo recalcó muchas veces y muy enfáticamente.
En Mt.6:1 dice que si alguien da limosnas para ser visto por los hombres, no tiene más recompensa de su Padre celestial. ¿Por qué? Pues porque Dios se fija en los motivos. Dos personas pueden hacer la misma obra, como por ejemplo, dar limosna. Pero en el Juicio Final el Señor le dará valor solamente a la que se hizo por el motivo correcto y rechazará la otra. En Mt.10:42 dice: “Y cualquiere que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa”. Dar un vaso de agua fría es una buena obra muy pequeña, pero por haber sido hecha por amor a Cristo, el Señor declara que no quedará sin recompensa, por pequeña que fuere en sí misma. En Mr. 9:41 Cristo lo expresa en forma más clara todavía: “Cualquiera que os diere un vaso de agua en mi Nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa”.
Y ahora que hemos entendido esto podemos analizar más detenidamente también el texto para hoy (Ap.2:23). El Señor dice que nos dará a cada uno de nosotros de acuerdo a nuestras obras. Cristo recibió -por decirlo así- bien o mal de los seres humanos. Y lo que recibió, lo anotó en su cuenta, para poder reembolsárselo a cada cual en el día de su justo juicio, tal cual lo explicó Cristo en Mt. 25. Y notemos que 2 Co.5:10 dice: “Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho.., sea bueno o sea malo”.
Aquí en la tierra muchos creen poder ocultarse en medio de la multitud de manera que Dios no los puede detectar tan fácilmente. Dios sin embargo es tan omnipresente que conoce cada pajarito. Es capaz de observar a cada persona con tanto cuidado como si fuese el único ser humano en la tierra.
En el Juicio Final cada ser humano deberá comparecer totalmente descubierto y visible a la vista del Juez omnisciente y ser juzgado de acuerdo a sus hechos. Y quienes son responsables de sus pecados, o sea, los que quedaron sujetos a la Ley y serán juzgados de acuerdo a la misma, no hallarán remisión ni siquiera de una palabra ociosa, como advirtió Jesús (Mt.12:36): “Mas Yo os digo, que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio”. De los fieles, en cambio, ya no se recordará ni un solo pecado (Jn.20:23; Mt.18:18; 25:34-40,46). Sin embargo, de acuerdo a sus obras, o sea al servicio que por la fe le prestaron a Cristo, obtendrán diferentes recompensas, por toda la eternidad, como vemos en la parábola de Jesús sobre los diferentes talentos y en tantos otros pasajes de la Biblia (Mt.25:14-30). Eso lo asegura también nuestro texto (Ap.2:23), donde Jesús declara expresamente: “os daré a cada uno según vuestras obras”.