3.Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto al aire del día.Gn.3:8
¿Qué habrá querido Dios de los seres humanos, cuando se acercó a ellos el día que cayeron en pecado? Por cierto, castigó el pecado. No lo excusó. Su sentencia no podía ser modificada. No obstante, tenía “pensamientos de paz” para comunicar a esas aterradas criaturas. Vino para anunciarles el medio de salvación. Al castigar el pecado, consumó su amenaza anterior. Pero su intención ahora era otra. Lo que quería anunciarles era algo nuevo y desconocido para ellos. Les habla de la “Simiente de la mujer, que le quebraría la cabeza a la serpiente” (Gén.3:15) Alguien que remediaría el daño sufrido por los hombres, y restauraría lo que se había perdido por el engaño de la serpiente y la rebelión de Adán y Eva.
Ese fue el mensaje del piadoso Padre celestial, cuando en el día de la caída, vino al jardín. Su misericordioso corazón no soportaba la idea de que sus hijos perdidos pasaran la noche escondidos detrás de los árboles, sintiéndose culpables y temiendo la ira divina, sin consuelo ni esperanza. Por eso, ese mismo día fue a verlos, para socorrerlos en su vergüenza y temor.
El que nos advierte: “¡No se ponga el sol sobre vuestro enojo!” (Ef.4:26), da aquí la primera prueba de su corazón perdonador. Nuestro Señor Jesucristo nos reveló que el “corazón” de Dios no puede ver a sus hijos indefensos y desconsolados, clamando a Él día y noche (Lc.18:1-8). Si no puede sufrir eso -dice Jesús- ¿podría acaso soportar que sus queridos hijos, caídos en desgracia, quedasen agonizando, sin esperanza de salvación, por causa de su sentencia?
La bondad y el amor de Dios son gratuitos, inmerecidos y totalmente independientes de nuestro comportamiento. Adán y Eva habían cometido la peor transgresión imaginable, y no había en ellos ninguna señal de arrepentimiento. En el momento de la tentación, Adán y Eva estaban plenamente capacitados para resistir al mal. Poseían un intelecto recto y sano, un corazón puro y albedrío totalmente libre. Por eso, su tentación fue únicamente externa.
Sin embargo, transgredieron el Mandamiento de Dios, su Padre celestial. Y después que hubieron pecado, no lo buscaron para confesarle su pecado y pedirle perdón. No, por el contrario, huyeron de su presencia, e intentaron esconderse detrás de los árboles del jardín. Y cuando el Señor les pidió explicaciones, trataron de defenderse y de disculparse. Incluso mostraron una amarga aversión a Dios, a quien Adán culpó de la caída, cuando descaradamente contestó: “La mujer, que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn.3:12).
¡Se habían vuelto tan depravados! Dios veía, oía y sabía todo esto. No obstante, a pesar de la gran maldad de Adán y Eva, el piadoso Padre tuvo tanto amor, que fue a buscarlos, a fin de reconciliarse con ellos y ofrecerles ayuda.
¡Aquí vemos el “corazón” de Dios! Cuán desinteresado es Su amor, totalmente independiente del comportamiento del pecador. No se podía revocar la severa sentencia de la justicia divina, que decía: “La paga del pecado es muerte” (Gn.2:17; Ro.6:23).
Sin embargo, la piedad divina encontró la forma, de satisfacer a su justicia y de salvar al mismo tiempo al pecador. Vendría la “Simiente de la mujer” y repararía la caída; una Simiente prevista antes de la creación del mundo. Por eso la misericordia pudo manifestarse libre y gratuitamente sobre la criatura caída. Por eso Dios vino al jardín el día de la caída, y corrió tras el hijo perdido. Su amada criatura había caído; eso “le partió el alma” a Dios, y por eso se compadeció de él.
Esta es la primera gran prueba de la gracia: De la inmerecida bondad de Dios. Normalmente, en lugar de refugiarnos y alegrarnos en la gracia, nosotros pesamos y medimos lo grave de nuestros pecados, y el grado de nuestro arrepentimiento, remordimiento y devoción, y según eso evaluamos la bondad de Dios hacia nosotros.
¡Ah, qué caída más profunda! ¡Qué terribles consecuencias para nuestra alma, tan sumida en la oscuridad y la incredulidad!
Decimos: “Mi pecado es ¡tan perverso, tan inexcusable! Yo conocía la voluntad de Dios, pero hice justo lo contrario…” ¡Pobre alma! No eres libre. Estás enferma con el pecado que heredaste de Adán. Él estuvo libre, no obstante pecó. Él también conocía la voluntad de Dios, pero hizo exactamente lo opuesto. Pero el piadoso Padre corrió tras su hijo perdido, mostrando que Su amor es gratuito, inmerecido e independiente del comportamiento del pecador. ¿Por qué? Porque se basa en el mérito y el sacrificio de otro, de “la Simiente de la mujer”, del “Varón del Señor”, del “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
Quien no cree en este Redentor, quien no atiende al llamado del Señor, quien se resiste a reconciliarse con Dios y prefiere permanecer separado, de hecho permanecerá separado y separado eternamente.
Pero quien cree en Jesucristo, se deja reprender por sus pecados y también restaurar por la “Simiente de la mujer”, éste no se perderá, sino que tendrá vida eterna, aunque sienta en su corazón la maldad que heredamos de Adán; aun cuando la corrupción y el veneno de la serpiente estuviese bullendo dentro de él.