3.También David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras.Ro.4:6
Este texto nos dice en términos claros y definidos que una persona puede ser justa ante Dios, aun cuando sus pecados todavía lo persigan. Aquí se declara categóricamente que cuando Dios justifica a alguien, no lo hace eliminando el pecado de su conducta y librándolo completamente de seguir cometiéndolo, sino que lo justifica imputándole una justicia ajena.
Este texto declara que Dios nos justifica porque nos acredita una justicia que nosotros mismos no poseemos, y de ese modo “perdona” y “cubre” los pecados que tenemos. El término “justificar” les puede parecer ambiguo a algunos. Por eso el apóstol emplea aquí la expresión “atribuir justicia sin obras”. Y enseguida la explica con las palabras de David, cuando dice que son bienaventurados sólo aquellos “cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos”; que sólo es salvo aquél a quien “Jehová no culpa de iniquidad” (Sal.32:2).
Ahora piensa: Si sólo se salva aquél a quien “Dios atribuye justicia sin obras” y “a quien no culpa de iniquidad”, eso significa que la justicia no está en el propio bienaventurado, puesto que en ese caso no habría sido necesario “atribuir” o imputarle justicia; tendría su propia justicia.
Por otra parte, significa que el bienaventurado tiene pecados, puesto que dice expresamente que no le son tenidos en cuenta; que le son “perdonados” y “cubiertos”. Esta es la enseñanza principal de toda la Escritura, la del oficio mediador de nuestro Señor Jesucristo y de la justicia que Él nos da.
Aquí tenemos una descripción de la justificación en pocas y breves palabras, pero suficientes como para derribar por completo esa falsa idea, con la que el enemigo de nuestras almas engañó a tanta gente; la falsa idea de que podemos estar libres de pecado y ser justificados por nuestra propia conducta. ¡No! Aquí el apóstol declara categóricamente que Dios nos justifica acreditándonos una justicia sin que seamos justos; sin que estemos libres de pecado, ni lleguemos a ser perfectos durante nuestra vida terrenal. Por eso Dios tiene que “perdonar” y “cubrir” los pecados que aún cometemos.
Pero al comprender que somos justos gracias a una justicia imputada, no debemos caer en el otro grave error de pensar que Dios nos justifica, aunque de hecho no poseemos justicia. ¡No! ¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo, por quien somos efectivamente justificados! Cuando alguien despierta y ahora conoce la perfecta santidad de Dios, no debe soñar con una justificación sin nada de lo que la justicia requiere; no debe imaginar que Dios resolvió aceptarnos sin exigirnos el pleno cumplimiento de la ley y de todos sus mandamientos.
Pensar que Dios retractaría sus santas palabras y justos juicios, y nos concedería su favor a expensas de la justicia, sería blasfemo e injurioso. El apóstol enseña algo muy diferente. Dios nos dio a su Hijo para que fuese “nuestra propiciación por la fe en su sangre, para manifestar su justicia… a fin de que Él sea el Justo, y el que justifica al que es de la fe en Jesús” (Ro.3:25-26).
Y en Ro.5:18-19 dice expresamente que es por la “justicia” y “obediencia” de Uno, que nos vino a todos la justificación de vida. Esto no se logró por medio de la eliminación de ni siquiera una sola jota o tilde de la Ley, sino por el pleno y perfecto cumplimiento de todos los Mandamientos, y por la completa satisfacción de todas sus sentencias que nuestro Mediador ofreció tan perfectamente por nosotros y en nuestro lugar, como si nosotros mismos lo hubiésemos hecho y sufrido todo, conforme a la Ley.
Un sustituto o garante puede cumplir las obligaciones de otro, como por ejemplo, pagar las deudas de un hermano suyo, de manera que el deudor queda realmente libre de su obligación y ya no se lo puede demandar. No solamente se lo dicen, sino que en realidad queda libre de su deuda, porque su generoso hermano lo pagó todo.
¡Cuánto más nos deja realmente justos y libres de deuda el cumplimiento y pago que nuestro Señor Jesucristo depositó por nosotros, a pesar de que nosotros mismos jamás llegaremos a satisfacer todas las demandas de la Ley!
Por eso nunca debemos interpretar las palabras “atribuye justicia” como que Dios nos proclama justos aunque no tengamos justicia. Ellas dicen que Dios nos acreditó y que recibimos la justicia de otro, es decir, de nuestro bendito Señor Jesucristo, ésto en forma tan real y perfecta que ahora somos verdaderamente justos ante Dios. El majestuoso derecho de la santa Ley no sufrió mengua alguna. Sus requisitos fueron enteramente satisfechos. Sus sentencias y castigos fueron aplacados en todo su rigor.
En resumen: Dios es justo, al justificar a los que creen en Jesucristo, porque es una justicia real la que nos acredita. Y en el gran Día del Juicio nos llamará “justos” en presencia de todas las naciones, y nos dará la “corona de justicia” (2 Ti.4:8).