3.Y tú también por la sangre de tu pacto serás salva; Yo he sacado tus presos de la cisterna en que no hay agua.Zac.9:11
Es verdad que nuestros pecados, que la maldad y la impiedad de nuestros corazones, son terribles. Pero escucha, oh alma atribulada: ¡Todo eso puede cambiar, con sólo conocer a Cristo! En medio de tu peor desgracia puedes llegar a tener la mayor alegría.
Cuesta creer que los pecados de todo el mundo, inclusive los tuyos, fueron eliminados en el momento en que Jesucristo murió y propició por ellos; cuesta creer que Cristo expió en la cruz tan definitivamente los pecados de todo el mundo, también los tuyos, de manera que éstos no pueden impedir -ni siquiera por un solo minuto- que Dios te reciba con amor.
Desde que Cristo murió en la cruz, ha estado constantemente disponible la gracia de Dios, esperando sólo que tú la recibas. Te cuesta creer que Dios te estuvo mirando, siguiéndote cuando ibas por mal camino, así como un padre busca a un hijo perdido. Si lo creyeses de corazón, lleno de gratitud y amor le dirías: “¡Ah, Señor mío y Dios mío!”.
Sí, es difícil creer que la sangre de Cristo puede redimir a todos los pecadores de todos sus pecados. Solemos pensar que el sacrificio de Cristo sólo puede expiar pecados manifiestos y groseros… incluso los pecados medianamente graves… pero no los pensamientos pecaminosos, los malos deseos secretos, o la oculta corrupción del corazón.
Otras veces pensamos al revés: Que la sangre de Cristo no puede expiar los pecados realmente graves y horribles, sino sólo los de poca importancia… Toda esa desconfianza se debe a que no confiamos con fe firme que “la sangre del Hijo de Dios fue derramada para la remisión de todos nuestros pecados.” Porque si creyésemos eso realmente, nosotros mismos desapareceríamos de delante de nuestros ojos. Nos olvidaríamos completamente de nosotros mismos y de nuestros logros o fracasos, frente a la maravillosa obra redentora de Cristo. Cualquier persona capaz de asimilar -por medio de la fe- la gran verdad de que la sangre del Hijo de Dios fue derramada por nosotros, con toda seguridad se perderá de vista a sí misma y se concentrará en la contemplación del sublime misterio de la expiación por medio de la sangre de Cristo.
¡Quiera el Señor abrir nuestros ojos y afirmar nuestra fe! Que despertemos y veamos la multitud de evangelistas, ángeles, profetas y apóstoles testificando a una sola voz que Dios amó tanto al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito en sacrificio, para la expiación de todos los pecados; y que esta expiación realmente fue para redimir de sus pecados a los culpables y librarlos de la condenación de la Ley, como declara el profeta: “Por la sangre de tu pacto serás salva; Yo he sacado tus presos de la cisterna en que no hay agua” (Zac.9:11).
Nuestro Señor Jesucristo, la noche en que fue entregado para sufrir y morir, dijo: “Esta es mi sangre del Nuevo Pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. (Mt.26:28). San Juan declara: “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Jn.1:7).Y San Pedro afirma: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 P.1:18-19).
Podríamos citar muchos testimonios más de la Biblia… Por ejemplo: que durante 4000 años, en todo ese largo período de tiempo, hubo un elaborado servicio de sangrientos sacrificios de animales, prescritos por Dios, que anunciaba e ilustraba a todo el mundo que un día, en el tiempo señalado, se derramaría sangre en sacrificio para expiar y quitar los pecados del mundo. ¿Qué opinas de esto, tú que te sientes responsable ante Dios por tu conducta? ¿Qué crees que significan esos innumerables sacrificios con derramamiento de sangre a lo largo de cuatro mil años? Ellos te proclaman: ¡No eres tú el que restaurará el daño causado por la caída del hombre! Tú has sido pesado en las balanzas del Señor y has sido hallado deficiente. No, sólo Jehová, por la sangre del pacto, puede sacar a tus presos de la cisterna en la que no hay agua (Dan.5:27; Zac.9:11).
Saquemos la conclusión que corresponde: Si con todos esos testimonios Dios nos anunció que entregó a su unigénito Hijo en sangriento sacrificio por nuestros pecados, entonces ¡Él propició plenamente por ellos! En la cruz fueron expiados todos los pecados, de todo el mundo. ¿O es que la sangre de Cristo no es propiciación suficiente por todos los pecados? ¿Acaso Cristo derramó su sangre sólo por los creyentes o sólo por algunas transgresiones menores? Como bien dice Lutero: “Cristo ciertamente no derramó su sangre sólo por pecados inventados e imaginarios, sino por pecados serios y reales; tampoco sólo por pecados menores, sino también por los peores y graves. Y no sólo por los pecados ya superados, del pasado, sino también por los que todavía son fuertes y activos”.
Si no fuera así, ¿De dónde obtendríamos ayuda y salvación contra esos pecados dominantes y opresores? ¿Dónde obtendríamos fuerza para vencerlos y dominarlos, si no podríamos obtener antes, por la fe en Jesús, el beneficio y el consuelo del perdón, nuestra única fuente de poder para superar los pecados? Primero tenemos que obtener el perdón y la paz de Dios y deleitarnos en el Espíritu Santo, ¡para que luego también podamos dominar al pecado! Dios nos guarde del error de querer limitar el poder de la sangre del Hijo de Dios, la cual nos puede limpiar de todo pecado (1 Jn.1:7).
Así dice el Señor Dios: “Venid luego… y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is.1:18).