3.Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…Jn.3:16
Dios, el único Sabio, Justo y Misericordioso Creador y Padre de todo lo que existe en el cielo y en la tierra, en su eterna omnisciencia, anticipó que el hombre, creado a su imagen como una criatura noble y libre, caería de esa bondad, y arrastraría consigo a la perdición a toda la humanidad. Si hubiese sido obediente y justo, el ser humano hubiera podido permanecer en ese estado de perfecto bienestar. Pero Dios anticipó que perdería su imagen divina y se arrojaría a la muerte y condenación eterna, totalmente contaminado con el veneno de la antigua serpiente, y sometido al pecado. Entonces Dios, en vez de desechar al grandioso género humano, decidió ocuparse Él mismo de su salvación, y concederle un Mediador. En la persona de este Mediador quedarían indisolublemente unidas la humanidad y la divinidad. En Ef.1:4 dice: “Dios… nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo”. Y en Mt.5:18: “Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley”.
A la humanidad caída en el pecado le resultó imposible cumplir la Ley. No pudo demostrar más la verdadera santidad y justicia, porque ya no poseía esas virtudes. Por consiguiente, la intención de Dios al crear a los seres humanos se anularía, y la criatura hecha a su imagen y semejanza quedaría eternamente perdida, o bien Dios mismo tendría que hallar una salida para salvar al ser humano que había creado.
Y esto fue lo que Dios hizo, impulsado por su propio y libre amor, y “según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef.1:5-6). Dios tuvo compasión de nosotros, y nos predestinó “para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo”, su propio amado Hijo. Y Él, el Verbo eterno (Jn.1:1), por su piedad y amor, de buena gana se comprometió a ser nuestro Hermano y el Autor de la salvación de la humanidad.
Asumió naturaleza humana, y estando en la condición de hombre, cumplió la Ley y sufrió la muerte para reconquistar lo que se había perdido, y restaurar en nosotros la imagen de Dios, por medio de sí mismo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Jn.3:16). Jesús llegó a ser “el Hijo del Hombre”, para “salvar lo que se había perdido” (Lc.19:10); para que así “como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de Uno, viniese a todos los hombres la justificación de vida” (Ro.5:18). Y para que “así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Co.15:22).
Fue por la libre elección de la gracia de Dios; no hubo otro fundamento para nuestra salvación, que el amor de Dios, libre e independiente. Como lo expresó Cristo: “De tal manera amó Dios al mundo…” Por más que investiguemos, jamás podremos descubrir otra explicación que esa: Dios amó, por eso nos amó. No podemos entenderlo. “Él nos escogió en Cristo… según el puro afecto de su voluntad” (Ef.1). Nadie se lo pidió. Nadie lo mereció.
Fue puro afecto de su voluntad. ¡Esto es una mina de oro! Nuestra redención, el hecho que Dios, por amor de Cristo, nos eligiera para la salvación, se debe a la libre decisión del propio Dios, es su propia obra.
¿Qué podemos decir de eso? ¿Si a Dios le agrada hacer algo, quién se lo podrá impedir? ¿Quién podrá resistir a su voluntad? Por eso se la llama: “Elección de gracia” ¿Crees que es demasiado privilegio para ti llegar a ser un hijo de Dios? Es verdad, no te lo mereces. Pero ¿qué vas a hacer? Es el puro afecto de la voluntad de Dios. ¿Con qué vas a impugnar la decisión de la voluntad de Dios? Una vez resuelve crear mundos, tantos como los granos de arena en las orillas del mar. Otra vez resuelve crear hijos para Sí en la tierra, y cuando cayeron en la tentación del Enemigo, restaurarlos por medio de un Salvador.
Resuelve recuperarlos por medio de una costosa redención, para que vuelvan a ser amados hijos suyos, por más depravados e indignos que hubiesen sido. ¿Qué podemos objetar a esto? Todo se debe sólo al buen agrado y “puro afecto de su voluntad.” Dios lo hace todo por amor de Sí mismo. Este es el gran consuelo de la elección de gracia.
Dios nos dispensa su gracia y amor libremente, independientemente de lo que somos nosotros. Como lo aclara San Pablo en Ro.9:11, al hablar de la elección y mencionar a los dos hijos de Isaac, -Jacob y Esaú-, como ejemplos: “Pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras, sino por el que llama, y se le dijo (a su madre): El mayor servirá al menor”.
Así también antes de que hubiésemos sido creados, aún antes de la fundación del mundo, cuando todavía no habíamos hecho nada, ni bueno ni malo, Dios nos eligió por amor de Cristo, para ser hijos suyos y herederos de la bienaventuranza eterna.
Sin dudas, esta elección es un atronador rayo del cielo, lanzado desde la presencia de Dios, contra la pretensión de cualquier mérito de nuestra parte.
¡Ah! ¡Qué al estruendo de ese trueno despertemos inmediatamente de nuestra recurrente fantasía, que nos hace imaginar que la gracia de Dios depende de nosotros, de nuestra piedad y de nuestras buenas obras! “¡Él nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo!” ¡Por cierto, llegamos algo atrasados con nuestros méritos..! ¡Qué maravillosa es la eterna gracia de Dios!