3 de agosto 2026

    3.Pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y Él sabe todas las cosas.1 Jn.3:20

    Meditemos cuidadosamente en estas palabras: “Dios sabe todas las cosas”.

    ¿Qué significa esto? Veamos: Jesús afirma que su cuerpo fue dado y su sangre derramada por nosotros (1 Co.11:24-25; Lc.22:20). Si pudiésemos comprender y tener siempre presente qué significa que el Hijo de Dios ofreció su cuerpo y su sangre en sacrificio por nosotros, ¿acaso no tendríamos que llorar de puro gozo? ¿No tendríamos que confesar: “Frente a eso, la deuda de todos nuestros pecados es nada; es menos que una chispa ante el océano?”

    En efecto, es exactamente así a los ojos del Señor. En el cielo se exalta y honra la sangre de Cristo en sumo grado. Allí tiene más valor que todo el mundo. Tú y yo tenemos almas tan miserables, que no podemos concebir ni guardar esa verdad, de que la sangre de Cristo tenga más valor que todo el mundo. Para nuestros entenebrecidos y vacilantes corazones ella tiene poco valor. Sin embargo para Dios es de un valor inmenso, ¡inconmensurable! Nuestro Señor Jesucristo sabe esto. Por eso pudo decir: “El que está lavado… está todo limpio; y vosotros limpios estáis” (Jn.13:10). A ti y a mí nos cuesta creer eso, pero Jesús tiene la plena seguridad de que su sangre vale muchísimo.

    ¡Meditemos esto a fondo! En nuestra mayor aflicción por causa de nuestros pecados, todavía podremos decir: “Santo Padre celestial, si quieres rechazarme, tendrás que rechazar primero a tu amado Hijo; rechazar su santo cuerpo y su santa sangre, que ya aceptaste como precio de mi redención. No puedes rechazarme a mí, porque apruebas el rescate pagado por tu Hijo, mi Redentor”. El cuerpo y la sangre de Jesucristo es el precio que fue pagado para nuestra redención, por eso la gracia es invariable. San Juan dice: “Dios sabe todas las cosas”. Sabe lo que vale el sacrificio de su Hijo y por eso pronunciará un juicio totalmente diferente al de nuestro corazón.

    También hay otras cosas que Dios sabe, y por las cuales su gracia es imperturbable. San Lucas nos dice que Jesús sabía por adelantado que Pedro caería y lo negaría (Lc.22:34). Eso nos hace pensar que si esa caída de Pedro hubiese sido una razón para rechazarlo, Cristo lo habría rechazado ya antes, y no le habría otorgado su favor nunca más, ni por un minuto. El hecho de que conocía todos los defectos de Pedro desde el principio no hizo que esperara, ni siquiera por un instante, un comportamiento mejor de parte de Pedro. Nos equivocamos si pensamos que Dios ve nuestros pecados sólo de vez en cuando, siendo que los ha visto a todos desde el principio. En un abrir y cerrar de ojos ve todo lo que hay en nosotros, inclusive toda la maldad que aún manifestaremos en el curso de nuestras vidas. Si quisiera rechazarnos y se cansase de nosotros por causa de esas maldades, nunca habría comenzado ni siquiera a buscarnos para la salvación, o a llamarnos hacia Él, o a concedernos su perdón. En efecto, sabe que siempre somos iguales, tanto para lo mejor como para lo peor. Todo cristiano tiene dos naturalezas, la carnal y la espiritual. Y éstas están en constante conflicto entre sí. Un momento el Espíritu se manifiesta tan gloriosamente, que apenas se nota la carne. Sólo se nota vida y paz con Dios, amor y bondad. En otro momento se manifiesta la naturaleza carnal y el diablo en forma tan terrible, que cuesta distinguir algo en esa persona.. ¿Quién pudo notar algo espiritual en Pedro en el momento de la negación? Sin embargo, el Espíritu retornó enseguida y Pedro “salió y lloró amargamente” (Mt.26:75). Ahora bien, nuestro Señor Jesucristo sabe que seguimos siendo siempre los mismos, a pesar de todos los cambios. No se deja engañar. En la hora en que Pedro se muestra tan fuerte y fiel en el huerto, Jesús sabe que caerá de la fe esa misma noche. Y en el momento en que cae, Jesús no obstante sabe que Pedro todavía sigue siendo el mismo querido discípulo de corazón y espíritu.

    ¿En qué momento habría de rechazarlo, entonces? Este conocimiento es “la sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta”, de la que habla el apóstol (1 Co.2:7).

    “Dios sabe todas las cosas” (1 Jn.3:20b). Jesucristo dijo que los mismos discípulos que lo abandonaron en la hora de la prueba, un día estarían con Él en el cielo, sentados en sus tronos, juzgando a las doce tribus de Israel. Entonces ya no los afligirá ningún pecado ni defecto. Jesucristo sabe que un día estaremos limpios, gloriosos y esplendorosos, llenos de amor y santidad, por toda la insondable eternidad, para alabarlo continuamente. Por eso podemos decirle con toda confianza: “¡Querido Señor Dios, te suplico que en la hora de mi caída, me consideres según el estado en que estaré un día contigo en el cielo! Allí ya no pecaré contra Ti de ningún modo. Al contrario, allí te amaré y alabaré perfectamente. Si en cambio quieres mirarme según la vida que llevo en la tierra, hallarás a un pecador que te ofende cada día y a cada momento con algún pecado. Pero si me miras como estaré en el Paraíso, verás un santo, que no te ofenderá ni una sola vez, por toda la interminable eternidad. Al contrario, allí te amaré y alabaré perfectamente todo el tiempo. ¡Mírame, pues, en ese estado, y no me trates con enojo y dureza por los treinta, cuarenta o cincuenta años que me debes ver sujeto a debilidad y perversidad!”

    ¡Ah, ojalá esta inmensa gracia divina cautive, fortalezca y deleite los corazones de todos los creyentes! Así no amarán a nada ni a nadie por encima de su querido y piadoso Salvador. Y ese amor será la fuente y el poder de la verdadera santificación, porque ese amor lo facilita todo, y “es el cumplimiento de la Ley” (Ro.13:10). ¡Quiera Dios aumentar nuestra fe y nuestro amor, en respuesta a su amor!

    Publicado por editorial El Sembrador