3 de abril 2026

    3.Por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.1 Co.15:21-22

    Nunca debemos olvidar, que Cristo vino para restaurar todo lo que perdimos con Adán; para restablecer todo lo que la caída del hombre destruyó.

    Ahora bien, por culpa de Adán no sólo sobrevino pecado y condenación a toda la humanidad, sino también la muerte, en todo sentido, inclusive la muerte física, o sea la aniquilación de la parte corporal del hombre. Por eso Cristo vino para restaurar eso también, de modo que por medio de Él recuperamos nuestro ser entero, tal como fue antes de la caída en pecado, incluyendo un cuerpo hermoso, sano e inmortal.

    Cristo vino para restaurar todo lo que se había perdido por la caída del hombre. El apóstol dice en Ro.5:12,18,19: “Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte… de la misma manera por la justicia de Uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno, los muchos serán constituidos justos”.

    Si creemos este espléndido Evangelio, también podemos creer lo que el apóstol dice respecto a la restauración de nuestros cuerpos en 1 Co.15:22: “Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”.

    No debemos limitar la obra de Cristo y aceptar sólo algunas partes. Su obra restauradora fue completa. Debía vencer a todos nuestros enemigos: Pecado, diablo, muerte y condenación. Pero por el momento todo esto permanece invisible y parece absurdo a nuestra razón. Pues para ejercitarnos en la fe, Cristo aparentemente dejó todos esos males con nosotros.

    Aun siendo un hijo de Dios, no puedo ver que me fue quitado todo mi pecado, pues todavía debo ver y sentir su actividad y poder en mi carne, de modo que tengo que desesperar enteramente de mí mismo y darme cuenta de que soy abominable ante Dios. Esto debe ser así hasta que reciba esa convicción divina que se llama “fe” profundamente impresa en mi corazón, y crea que Cristo ha expiado el pecado de mi carne, de modo que el pecado ya no puede condenarme ante Dios. Con esta fe puedo afirmar con plena razón: “A pesar de todo mi pecado, no tengo pecado ante Dios, gracias a la preciosa sangre de Jesús. Ante Dios estoy totalmente libre de pecado, soy justo y puro, porque estoy en Cristo”.

    Así también, cuando veo y siento cómo el diablo todavía ruge dentro de mí y de toda la humanidad, me parece absurdo afirmar que ya ha sido derrotado por Cristo. Sin embargo, como Cristo mismo lo aseguró, puedo creerlo y decir: “Toda la furia del diablo no podrá dañarme mientras permanezco en Cristo. Al contrario, sólo estará a mi servicio, incitándome a la fe y a la oración, y ejercitándome en la misma”.

    Del mismo modo, cuando la muerte lleva mi cuerpo a la tumba, donde se descompone y vuelve al polvo, me parece absurdo esperar que, después de mi cuerpo se levante de entre los muertos y vivirá eternamente. Sin embargo, siendo que Cristo afirmó: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Jn.11:25), puedo decir confiadamente: “¡Jesús no dejará de cumplir esa promesa!”

    ¡Qué maravilla! La culpa del pecado no me será atribuida, el diablo no me destruirá, la muerte no me retendrá, porque Jesucristo es mi perfecto Salvador.

    Como dice Lutero: “Por cierto, si Cristo cumplió bien su tarea (de restaurar todo lo que se había perdido), y hace predicar eso a sus apóstoles, entonces su promesa es totalmente confiable y segura”.

    Por eso, tengamos el valor de tomar en serio su Palabra, sin flaquear, y cuando llegue nuestra última hora partamos de esta vida confiando en su promesa. Aunque hayamos estado muertos y descompuestos por mucho tiempo, cuando comience a sonar esa gloriosa trompeta final, ordenando como le ordenó Jesús a Lázaro: ¡Pedro, Pablo, etc. Salgan fuera!, entonces, en un abrir y cerrar de ojos surgiremos de la tierra como nuevas criaturas, más hermosos que nunca, con un cuerpo restaurado y con todos sus miembros y órganos recuperados, aunque estuviesen convertidos en cenizas y desparramados en las aguas.

    Alabemos al excelso Señor, quien ciertamente lo hará, como dijo por boca de Isaías: “Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! Porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos” (Is.26:19).

    Publicado por editorial El Sembrador