29 de septiembre 2026

    29.Dios nos salvó… por el lavamiento de la regeneración.Tit. 3:5

    Estas palabras nos enseñan los tesoros de gracia que el Señor unió al Bautismo. Aquí percibimos los beneficios que recibimos. Dice nada menos que: “Él nos salvó”. Y ser salvos significa ser librados de todos nuestros pecados, del poder de la muerte y del diablo, y en cambio ser favorecidos con la herencia infinita de la vida eterna. Significa recibir otra vez toda la bondad de Dios, ser adoptados por Él, y recuperar la gloria y el esplendor para los que fuimos creados al principio.

    Con la caída en pecado habíamos perdido todo eso, pero Cristo, mediante su obediencia y sufrimiento, mejor aún: mediante su muerte y resurrección, nos recuperó el acceso a esos beneficios. ¡Ah, santo mensaje de amor divino!

    Y todo eso Cristo quiso relacionarlo con el agua del Bautismo, e incluirlo por así decirlo en el mismo. Quiso distinguir al poseedor individual de toda esa bendición mediante un signo visible en su Iglesia.

    Al que observa el agua del bautismo desde afuera, el acto puede parecerle muy trivial. Sin embargo, el agua del bautismo, es muy rica y preciosa. Es como si el dueño de una gran propiedad dijera acerca de un pequeño anillo de oro: “Quien reciba y obtenga este anillo, será mi hijo y heredero, y poseerá todas mis posesiones”. Aun cuando ese anillo en sí tuviese poco valor monetario, llegaría a ser inmensamente precioso por la promesa del que lo dio. Ese anillo uniría al que lo tuviera con el dueño de la propiedad y con todas sus inmensas posesiones. Y todo eso sólo gracias a la promesa ligada al anillo, que había dicho que quien lo recibiera sería el dueño.

    Así es con el Bautismo. Sin la Palabra de Dios no es más que simple agua, sin mayor valor. Pero mediante la Palabra promisoria que Cristo unió a esa agua, es un sacramento que incluye toda la gracia y bendición eterna de Dios.

    Dios empleó muchas veces este método de juntar sus dones celestiales a elementos terrenales y visibles. El débil, sensual, y escéptico corazón humano siempre necesitó tales signos.

    En el Antiguo Testamento tenemos muchos ejemplos de esto, ejemplos que simbolizan claramente nuestra salvación por medio de Cristo. Cuando los hijos de Israel fueron salvados de la espada del Ángel Destructor, se concretó por medio del signo visible de pintar los dos postes y el dintel de las puertas con la sangre del cordero pascual. Y cuando fueron mordidos por las serpientes ardientes en el desierto, se salvarían de la muerte con sólo mirar la serpiente de bronce levantada sobre un palo (Ex.12:22-23; Nm.21:8-9).

    En 2 Reyes 5 tenemos un símbolo del lavamiento por medio de la fe en la promesa de Dios, y de la actitud de la razón frente a la misma. Cuando Naamán, un general del ejército del rey de Siria, acudió al profeta Eliseo buscando la cura de su lepra, Eliseo sólo le envió la siguiente promesa a través de un siervo: “Ve, y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará y serás limpio” (2 R.5:10). Ante eso Naamán se enfureció y quiso irse, porque el profeta no había venido personalmente a oficiar una solemne ceremonia y sólo envió un simple mensaje a través de un sirviente. Sin embargo, cuando Naamán finalmente se dejó persuadir a obedecer a la palabra del profeta y fue a bañarse en el Jordán, inmediatamente quedó totalmente sano y limpio como le había sido prometido. ¿Y por qué? Ciertamente no por alguna virtud especial del agua del Jordán, sino sólo gracias a la palabra de la promesa adherida a esa agua: “¡Lávate y quedarás limpio!”

    Éste es un fiel cuadro del Bautismo y de nosotros. A primera vista vemos sólo a un ser humano oficiando el bautismo, con agua común, en una ceremonia muy sencilla. Si pudiésemos ver a Dios mismo bautizando con solemnidad celestial y prometiéndonos salvación eterna, podríamos aceptar fácilmente que el Bautismo es un Medio de Gracia importante y precioso. Pero como es una promesa tan remota, y no vemos nada extraordinario delante de nuestros ojos… nos cuesta creer.

    Miramos sólo el agua y pensamos: “¿Acaso el agua de mis lágrimas de arrepentimiento no vale más y no es mejor para lavarme de mi pecado, que esa simple agua derramada sobre uno?” Si miramos sólo el agua y olvidamos la promesa, nos volveremos superficiales. Y despreciando la Palabra de Dios nos quedaremos con la lepra de nuestro pecado.

    Si por la gracia vemos la promesa de Dios acerca de esta agua, llegamos a ser sanos y salvos. No es mentira o sueño, sino una verdad eterna y divina lo que está escrito: ”El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Mr 16:16). Lo dicho por Dios tiene mil veces más valor que todos nuestros pensamientos y opiniones.

    Fijemos nuestros ojos en la Escritura, sin mirar hacia atrás, nada es más seguro y confiable en este mundo que la Palabra de Dios.

    Publicado por editorial El Sembrador