29.Si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.Ro.8:10
Podemos preguntar: ¿Por qué los cristianos tienen que morir, si Dios les perdonó sus pecados, y siendo que la muerte es la paga del pecado? Respuesta: La muerte de los cristianos no significa -para nada- que la redención de Cristo no haya sido completa, ni que no estemos aun totalmente liberados de la maldición de la Ley. La muerte de los creyentes ya no es más el castigo o la “venganza” requerida por la justicia de Dios. Para los que viven por la fe en Cristo Jesús, la muerte y todos los sufrimientos de esta vida no son más que saludables medios de purificación aplicados por la mano paternal de Dios. Son sólo pruebas para su fe y sus espíritus, algo para destruir las ataduras de sus enemigos. Todas las cosas deben cooperar para el beneficio de los creyentes. “Sea la vida, sea la muerte… todo es vuestro”, les dice el apóstol (1 Co.3:22). Jesucristo les obtuvo esos beneficios con su muerte. Con su muerte quedó satisfecha toda la Ley de Dios, y se estableció también el Pacto nuevo, conforme al cual todos los que están en Cristo, quedaron libres de la paga del pecado; o sea, de la muerte y de todas las maldiciones de la Ley (Ro.6:23).
Para los creyentes, “la muerte ha sido sorbida en victoria” (1 Co.15:54). El día de su muerte se convirtió de día del castigo por el pecado, en día de la redención definitiva del mismo, y de salvación de la muerte y de toda miseria. La tumba se convirtió en un pasaje oculto, para salir de este valle de lágrimas y entrar al Paraíso celestial. El entierro de sus cuerpos es una siembra para la otra vida. La simiente otoñal que se “arroja” a la tierra, resurgirá en la “primavera”, con forma hermosa y renovada. De modo que el cuerpo no está perdido en la tierra. La muerte y la tumba no aniquilan los cuerpos de los creyentes. Sólo fueron depositados en la tierra a fin de que resuciten en estado glorioso. “Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder; se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual” (1 Cor.15:42-44). ¿Es posible que semejante muerte se llame castigo, o maldición de la Ley? Está claro que para el creyente es una gracia, y una bendición muy grande. Su propósito y finalidad es desarraigar y destruir de los regenerados los últimos vestigios del pecado que todavía quedaba en ellos. Deben morir para quedar totalmente purificados. El veneno del pecado contaminó y corrompió sus cuerpos de tal modo, que éstos tienen que ser derribados y renovados para quedar limpios, como las casas de los leprosos en Israel. El grano de trigo no germina, a no ser que caiga en tierra y muera. Así también nuestros cuerpos deben morir y descomponerse en el suelo, para volver a quedar totalmente purificados y santos.
Alguien puede preguntar: “Y los que estén vivos cuando Cristo vuelva, ¿nunca morirán?” ¡No! Serán transformados en un abrir y cerrar de ojos. “¿Y por qué el Señor no hace eso con todo su pueblo? ¿Por qué simplemente no transforma a todos sus fieles, en un abrir y cerrar de ojos, de manera que no necesiten morir?” A esto sólo podemos responder: Dios es más sabio que el hombre. ¡Cuántas lecciones saludables y profundas impresiones dejaríamos de recibir, si no tuviésemos siempre a la muerte ante nuestros ojos! En efecto, los creyentes necesitamos toda la ayuda posible para combatir el pecado. La certeza de la muerte muchas veces reprime ideas carnales y planes malvados. Nos muestra y recuerda tanto la bondad como la severidad de Dios. Vemos la severidad de Dios y su repulsión al pecado, cuando Él, el Dios de la vida y de la eterna bienaventuranza, permitió que la muerte entrase al mundo como consecuencia del pecado. Y vemos su bondad, su profunda misericordia, cuando entregó a su Hijo a la muerte por nosotros, a fin de quitar su aguijón y convertirlo en un buen sueño. Mientras exista el pecado en el mundo, la muerte será una bendición para los cristianos. Todos ellos aún tienen que orar: “Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días… Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Sal.39:4; 90:12).
Finalmente, los creyentes también tenemos que morir porque tenemos que seguir a nuestro Señor en todo. Él murió. ¿Habríamos de quedar exentos de este orden nosotros, sus miembros? Él recorrió ese camino para llegar a la gloria. ¿Habríamos de recorrer nosotros, sus miembros, otro camino para llegar allá? Es un gran consuelo saber que cuando morimos seguimos a nuestro Señor y Salvador, que recorrió ese camino antes de nosotros. Nuestra naturaleza todavía tiene la tendencia a horrorizarse ante la muerte. Ésta también fue la experiencia de muchos santos. Es necesario y útil que los creyentes tengan esto muy presente, recordando que desde el principio hasta el fin están en las manos de Dios, en los brazos de su fiel Padre y Salvador. No caerá ni un cabello de nuestra cabeza sin su permiso (Mt.10:29-30). Por temible que parezca la muerte, nuestro piadoso Salvador viene a nosotros por ese medio, y nos llama. En la muerte nos pasa lo que les pasó a los discípulos, cuando estuvieron en el barco y Jesús se les acercó caminando sobre el agua: Ellos se asustaron y clamaron: “¡Es un fantasma!”. Pero Él les respondió: “¡Soy Yo! ¡No temáis!” (Mt.14:26-27). Así nos animó también a nosotros hasta este momento: con su gran bondad. Él no abandona a sus queridos fieles en la hora de la muerte. Ni permitirá que nos ocurra algo que su amor no haya dispuesto. Por medio de la muerte sólo nos dará lo que por tanto tiempo hemos ansiado. Es decir: redención definitiva de todo mal. Nos dará perfecta santidad y seguridad. Nunca más pecaremos contra Él. Nunca más nos asaltarán dudas y tribulaciones. Nunca más nos acosará el diablo. Nunca más perderemos contacto con nuestro Señor, mas bien, lo veremos tal como Él es, en el Paraíso celestial.
En la tierra siempre fuimos extranjeros. Fuimos pobres, débiles e inseguros. En la muerte nuestro Señor nos llevará a heredar su Reino Celestial, la bienaventuranza eterna.