29 de noviembre 2026

    29.… en el conocimiento de Dios y de nuestro SeñorJesús. 2 P.1:2

    ¡Qué los verdaderos cristianos tengan cuidado para no dormirse, embotarse, estancarse y -poco a poco- morir espiritualmente! Que siempre crezcan y busquen más fe y más conocimiento de Cristo; ¡más amor, más sabiduría celestial, más humildad y piedad! Imagínate a alguien diciendo: “Tengo suficiente fe, y suficiente amor a Dios y a mi prójimo. Tampoco necesito más gozo espiritual ni humildad ni temor de Dios, etc, etc”. Seguramente rechazarías esa actitud y calificarías a esa persona como ignorante. Pues bien, algunos cristianos actúan de ese modo, aunque no lo digan con palabras. Son los que no se interesan por crecer espiritualmente. Sin decirlo, con su actitud, corren el mismo peligro que los que abiertamente se declaran satisfechos consigo mismos.

    Sin duda, las cosas no andan bien cuando un cristiano no tiene ninguna necesidad de un crecimiento espiritual.

    Aunque no nos demos cuenta de ello, la medida de nuestro crecimiento revela el estado de nuestras almas. Algunos sienten como un flechazo en el corazón, cuando se trata este tema. Estos dicen: “¿Dónde está mi crecimiento en la gracia? En lugar de avanzar, me parece que retrocedo”. En cambio, otros oyen o leen las exhortaciones al desarrollo espiritual tranquilamente, sin inmutarse, como algo meramente teórico; esperan que sean otros los que se lo tomen en serio. Al respecto, Lutero dijo acertadamente: “Los que deberían temer, no tienen miedo; y los que tienen miedo, no deberían temer”. Hay un encantamiento, un poder de las tinieblas, que hace que el alma se quede tranquila, fuerte, valiente, decidida, dura, ciega, de modo que no perciba nada, no tema nada, ni se tome nada relacionado con Dios en serio. No, sino que solamente escucha Oye, piensa y habla decididamente. Tú eres cristiano. Oyes al Señor Jesucristo en persona diciendo: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap.22:11).

    ¿Eso no te preocupa? ¿No habrás comenzado a ser víctima de ese encantamiento? Sabes muy bien que los días transcurren sin ningún crecimiento de tu vida espiritual, pero eso no te inquieta. Eres consciente que la seria amonestación de Cristo no llega a tu corazón. Entonces, ¿es errado suponer que estás espiritualmente aturdido? ¿Por qué no? ¿Es que el diablo decidió hacer una excepción contigo y no trata de seducirte con sus engaños y encantos? ¿O es que el enemigo ya no tiene ninguna mala intención en tu contra? ¿Se ha vuelto bueno el diablo? …¿Se ha muerto? ¡Piensa! Cristo mismo pronuncia esa seria advertencia, ¡Y a ti no se te mueve ni un pelo! Los cristianos que no se rinden al profundo sueño del alma, siempre se preocupan mucho por la falta de su crecimiento espiritual. Eso muestra que todavía tienen el Espíritu de temor del Señor en sus corazones, y aún están bajo su señorío. Para ellos hay ayuda en todo.

    Lutero dijo que la fe nunca está quieta en el corazón: O crece, o disminuye. Y donde eso no sucede, allí no está la fe viviente. No, lo que puede haber es sólo imaginación y teorías acerca de Dios. Esto es válido para toda la vida que la gracia de Dios crea en los corazones: la fe, el temor y amor a Dios… Vale la pena remarcarlo y meditar en ello. Una característica distintiva de las plantas que puso el Padre celestial, es que ellas dependen de Él para su sustento y cuidado espiritual. Por eso, a veces están fuertes y crecen, y otras veces están débiles y decrecen. Por otro lado, la fe que no depende de ese sustento, y por eso siempre está igual de firme, es solamente un conocimiento teórico de Dios, creado por uno mismo. Es una “fe” muerta.

    Cabe agregar que esa “fe” teórica, no sólo sobrevive sin la Palabra de Dios, sino que es más fuerte cuando la Palabra de Dios no se le acerca demasiado. Es así porque la Palabra de Dios desenmascara y destruye esa fe falsa.

    Los santurrones, los que confían en sus obras y no tienen el sustento de su fe en Dios, también tienen sus crisis, como los verdaderos cristianos. Sin embargo, la causa de esas crisis puede ser alguna falta en sus prácticas religiosas; y esas crisis se solucionan cuando renuevan la observancia de los preceptos religiosos, de los cuales dependen sus creencias. Por ejemplo, si todos los días suelen dedicarle unos momentos a la oración y a la lectura bíblica, al dejar de hacerlo pueden sentirse en falta, y al retomar el hábito, recuperan la paz.

    Pero la verdadera fe no depende de la fiel observancia de piadosas ceremonias de lectura, ¡sino del contenido de esas lecturas! Depende del crecimiento o empobrecimiento del conocimiento de Dios y de Cristo. Por eso el apóstol desea que la “gracia y la paz nos sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesucristo”. El consuelo y la fortaleza que no dependen del conocimiento de Cristo, sino que existen por sí mismos, no provienen de la gracia de Dios. Son como una flor que nace del fondo del corazón humano, y que se marchita cuando el viento del Espíritu de Dios sopla en ella (Is.40:7).

    La vida de la gracia, siempre está en movimiento: crece o disminuye. Es terrible no prestar atención a esto, y vivir sin preocuparse por el crecimiento. Si tu fe se debilita…¡puede llegar a morirse del todo, si no hay un cambio pronto! Si has descuidado tu fe por un tiempo y ella se ha adormecido, necesariamente tiene que ser despertada, vivificada y fortalecida nuevamente. Si eso no ocurre, seguirá el camino hacia su muerte.

    Publicado por editorial El Sembrador