29 de marzo 2026

    29.Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.Fil.3:20

    En 2 Co.4:8ss leemos: “Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos… Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” ¡Qué palabras más misteriosas… y qué misteriosa debe ser la persona que se describe así!

    Efectivamente, el cristiano es una extraña criatura. Oprimido, y sin embargo triunfante; atribulado, y no obstante gozoso; pobre, pero al mismo tiempo inmensamente rico; pecador, y simultáneamente absolutamente santo y justo; miserable y sin embargo glorioso; un peregrino en la tierra, ¡pero armado de una ciudadanía celestial!

    El mundo impío también tiene deleites y placeres, pero solo en tanto que “florece la hierba” y no se marchita (Stg.1:10); o sea, en tanto que perdura la prosperidad material. Cuando ésta llega a su fin, también se acaba el deleite.

    Pero para San Pablo, “el sol no sale sino después de anochecer”, y cuando oscurece aquí abajo, el creyente se alza a la luz del Paraíso celestial. Lleva una vida doble: Es un peregrino en la tierra, pues su verdadera vida está en el cielo. Pertenece a un orden superior, y su corazón vive en otro plano, en su verdadera patria.

    Dice: “Nuestra ciudadanía está en los cielos”. No dice “estará en los cielos”. Ya ahora posee la ciudadanía celestial. San Pablo sabe que ahora, mientras aún vive en este suelo, ya es un ciudadano del cielo. Y este conocimiento es un tesoro tan grande, que le causa una felicidad indescriptible.

    Uno bien puede preguntarse, ¿de dónde obtuvo el apóstol esa maravillosa fe? San Pablo conoció a Jesucristo, ese es todo el secreto. En las tinieblas de su vida terrenal, Saulo de Tarso, antes de convertirse en el apóstol Pablo, vio a un hombre que le comunicó esa certeza; una persona excelsa que dijo: “Salí del Padre, y he venido al mundo (Jn.16:28). En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, Yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Jn.14:2).

    Y cuando le preguntaron por el camino a ese lugar, Él les respondió: “¡Yo soy el camino, y la verdad, y la vida! ¡Nadie viene al Padre, sino por Mí!” Además, cuando uno le pidió: “¡Muéstranos al Padre!”, esa sublime persona, Jesús, le respondió: “El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre” (v.9).

    Por su misericordia y supremo poder los ciegos obtuvieron la vista, los sordos volvieron a oír, los mudos a hablar, y los muertos se levantaron de sus tumbas; Él echó fuera demonios, perdonó pecados, dominó las fuerzas de la naturaleza, y finalmente rompió los lazos de la misma muerte y resucitó con un cuerpo glorificado.

    Después de conocer a su Señor y Salvador, San Pablo estuvo en condiciones de pronunciar estas alentadoras palabras: “Nuestra ciudadanía está en los cielos”.

    Sabía que por medio de Cristo, había obtenido la adopción de Dios y la ciudadanía del cielo (derecho perdido a consecuencia de la caída). ¿Y qué implica esto? Implica que todos los que poseen el mismo conocimiento de Cristo que tuvo San Pablo, y la misma fe en Él, también poseen la misma gracia y la ciudadanía celestial; pues también fueron redimidos por la sangre del Hijo de Dios, por medio de quien tienen la misma certeza de su ciudadanía celestial.

    Puede ser que no veas ni sientas nada de esta gloriosa ciudadanía celestial en tu persona. Pues está profundamente oculta y cubierta por toda la miseria de esta vida. Pero “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col.3:3), y así está segura y tiene una base muy firme.

    Aquí abajo puede ser de noche, pero allí arriba es eterna luz y claridad. Si el camino es áspero y está lleno de espinos, recordemos que somos peregrinos caminando hacia nuestra casa. Tenemos muchos amigos que peregrinan con nosotros. Y sobre todo, está nuestro gran Amigo y Salvador.

    Esto no es una ilusión poética, sino la más concreta verdad, fundada en la palabra y obra de Cristo, y en su entrada al lugar santísimo por nosotros (He. 9:12). “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”, dice el apóstol en Ef. 2:19. Y todo esto por pura gracia, sin dignidad o mérito alguno de nuestra parte, “porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro.3:22-23).

    Todos los que creen en Jesucristo; todos los que se reconocen culpables ante Dios y desesperan de sí mismos, pero tienen plena confianza en “Aquel que justifica al impío” (Ro.4:5); todos ellos, son igualmente escogidos, justificados y amados hijos de Dios en Cristo. Tanto la gran pecadora (Lc.7:37ss) como la virgen María; el ladrón en la cruz a la derecha de Jesús (Mr.15:27), como San Pablo. En Cristo, con la misma seguridad, todos estos son “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”.

    Publicado por editorial El Sembrador