29.Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría.Col.3:5
En resumidas cuentas, el apóstol menciona aquí solamente dos clases de pecados: La fornicación y la codicia, dos horribles abismos. Muchas almas fieles que iban camino al cielo y habían escapado “de las contaminaciones del mundo”, se hundieron otra vez, en estos pecados para su perdición (2 P.2:20). Estas dos clases de pecado son diferentes, porque el primero es abominable y generalmente aflige a las almas; mientras que el otro muchas veces parece respetable, y nadie quiere admitir lo repugnante que es.
La gente suele quejarse y espantarse por los pecados sexuales, y es normal que se preocupen por ellos; pero raras veces se oye a alguien lamentándose de la codicia, o preocupándose por evitar el materialismo. Generalmente se le da otros nombres y se lo excusa. Se dice, por ejemplo: “Tengo que sustentarme a mí y a mi familia. Lo mío no es codicia, sino la piedad acompañada de contentamiento” (1 Tim.6:6).
Nuestro enemigo espiritual puede distorsionar tan horriblemente la visión de una persona, que aun el pecado de la fornicación, tan grave y abominable en sí, puede parecer muy atractivo e inocente en el momento de la tentación.
Para un cristiano, esa es la señal más clara de la presencia del diablo y del peligro. Pues cuando el mismo pecado, cuyo solo pensamiento en momentos de sobriedad y de sano juicio nos hace temblar de horror, de pronto nos parece tan poco importante, trivial y excusable, entonces sabemos que llegó la hora de la tentación, y que es el espíritu del viejo seductor y “la potestad de las tinieblas” lo que distorsiona así nuestra visión. ¡Tengamos cuidado, mucho cuidado! ¡Huyamos rápidamente, o caeremos! Notémoslo bien: ¡O escapamos sin demora, o caemos en poder del enemigo! Con sólo comenzar a deliberar, a “dialogar”, ya quedamos atrapados. Eva solamente se dejó enredar en una discusión con la serpiente, y entonces codició la fruta prohibida. Y ese fue el camino que condujo a la caída. En esta clase de combate uno gana más con la huida, que con la lucha. Además, debemos recordar que es un ardid del diablo y un engaño de nuestra mente corrupta, tratar de auto convencerse de que en realidad no queremos pecar, sino sólo ver cuánto podemos acercarnos al borde del abismo, sin caer adentro. Si nuestra mente está sana y alerta, trataremos de alejarnos lo más posible de ese peligroso borde. La regla general es, que quien desea escapar del pecado, debe comenzar por escaparle a la tentación, a la causa y ocasión; escapar en la medida de lo posible al primer pensamiento de seducción, de los lugares y objetos seductores. Aquí se aplican las palabras de Jesús: “Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti, pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mt.5:29). Uno debe deshacerse inclusive de algo tan inocente en sí mismo como el ojo, cuando sirve al pecado y nos trae tentación. Y aun cuando nos sea tan precioso como un ojo, y nos resulte tan amargo perderlo como la pérdida de un ojo, ¡Evitemos ese objeto de cualquier modo! ¡Rehuyámoslo por el bien de nuestra alma, como quien le arrebata la presa a un ave de rapiña! Nos conviene sufrir hasta lo más amargo -si fuese necesario- con tal de conservar la paz de nuestra conciencia en el tiempo presente, y nuestra alma para la eternidad. Y no deleitarnos con el pecado aquí por un corto tiempo, para sufrir remordimientos de conciencia en este mundo ¡y las llamas del infierno por toda la eternidad!
Pero para alertar a los cristianos a la vigilancia y al horror ante este pecado en todos sus grados, desde meras fantasías y deseos hasta la práctica más grosera, no se puede citar nada más poderoso que el texto de 1 Cor.6 ¡Todo un capítulo digno de analizar! Ahí el apóstol dice vs.15-20: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? ¡De ningún modo!… ¡Huid de la fornicación! Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca. ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; ¡glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios!” ¡Tomemos nota de esto! Fuimos comprados por precio muy alto, al precio de la maravillosa sangre de Cristo. No somos dueños de nuestras propias vidas, como para hacer lo que se nos antoja con nuestros cuerpos y espíritus, con nuestro corazón y con nuestra mente. ¿Puedo tomar entonces los miembros de Cristo, y hacerlos miembros de una ramera? ¡Sería un sacrilegio, una cruel usurpación!
El otro abismo es la codicia. Ésta devora las almas más fácilmente, cuanto menos horrible parece ser el pecado, más atractiva la apariencia que adopta, y más numerosas las excusas que encuentra. ¿Qué avaro quiere confesar su codicia? No, el cristiano que se deja atrapar en este vicio sabe muy poco del mismo. Se cree inocente. No sólo le parece permisible, sino que defiende su codicia diciendo que es su obligación “mantener a su familia…” Lo mismo en cuanto a los objetos codiciados. Estos también le parecen inocentes. Hasta los exalta como dones de Dios mismo, por los que debe darle gracias. El dinero, el campo, las máquinas, la casa, la ropa y la comida… todos son objetos inocentes en sí mismos. ¿Quién puede tomárselo a mal, entonces, que quiera tenerlos? Es verdad. Pero si uno desea demasiado esas cosas, y consagra su vida para obtenerlas, el deseo y la necesidad se convierten en repugnante codicia. ¿Pero, quién puede determinar el momento, en que el simple deseo se convierte en un apetito pecaminoso? Ah, si el cristiano no quiere dejarse enredar, ni convertirse en un Demas (2 Ti.4:10), debe dejar de tomar esto en broma y de excusarse, pretendiendo pasar por inocente o santo, siendo que en realidad es un vil esclavo de la avaricia. Debe concentrar su atención en la salud y el bienestar de su alma, y en la Palabra del Señor. La Palabra de Dios nos enseña cuál es la conducta de un cristiano honesto; y por el otro lado qué es y qué hace la avaricia.