29.Dijo (la serpiente) a la mujer: ¿Con que Dios os ha dicho?Gén.3:1
Ojalá todos los hombres comprendiesen, de una vez por todas, -para el eterno bienestar de sus propias almas-, la verdadera intención del diablo en su trato con nosotros. Si hemos de ser salvos o cautivos de este enemigo, depende en gran parte de entender cuál es el objetivo que él persigue con todos sus esfuerzos. El objetivo que Satanás se propuso en primer lugar, al principio de la creación, fue destruir la confianza de los seres humanos en la Palabra de Dios, para así llevarlos a la ruina. Planteó la cuestión si el hombre debía creer definitivamente lo que Dios dijo, o si mediante razonamientos perversos podía creer otra cosa. El resultado de nuestra lucha, sin duda, depende de cómo resolvemos esta cuestión. Un experimentado cristiano, que por varias décadas había combatido a Satanás, al final de su vida quiso decir brevemente de qué dependió todas las veces su victoria o su caída, y declaró: “Dependió de mi postura frente a la Palabra de Dios, si pude permanecer adherido a la misma, o si por el contrario, la dejé de lado y comencé a formarme mis propias ideas, a pensar libremente de acuerdo a opiniones ajenas a la Palabra de Dios. Si hubiera hecho eso, habría ido una vez en una dirección, y otra vez en otra, de acuerdo a mis propias opiniones, o a las de otras personas”. Sí, en todas las tentaciones, -fuesen a la derecha o a la izquierda-, la victoria o la caída depende de esto: De nuestra actitud frente a la Palabra de Dios.
¿Cómo es posible que un cristiano, que una vez se atemorizaba con tan sólo pensar en cierto pecado cuando estaba lejos de cometerlo, en otro momento puede pactar ligeramente con el mismo, aprobarlo y comenzar a practicarlo? ¿Que primero peque casualmente, por descuido, y más licenciosamente, defendiéndolo en actitud desafiante? Esto tarde ocurre, sólo por apartar su vista del Mandamiento de Dios contra ese pecado al ser tentado; y por comenzar a formarse sus propias ideas, y a pensar libremente sobre el asunto, sin tener en cuenta lo que dice y quiere Dios.
¿Cómo es posible que en nombre de la religión y de la conciencia, y “por amor al Señor”, haya gente que emprenda una colosal insensatez, y conviertan algo que Dios jamás nos ordenó, (peor aún: cosas que Él nos prohibió), en obras buenas y santas; mientras que, por el otro lado, convierten en pecado cosas que Dios jamás nos prohibió en su Palabra? Hay numerosos ejemplos de esto en las sinagogas y en las iglesias romanas, pero lamentablemente también ocurre con frecuencia entre nosotros. La razón es que el hombre no recuerda lo que Dios dijo, y piensa saberlo todo porque un sentido del deber, o una voz interior le aconseja esto o aquello; o porque algunas personas piensan y dice tal o cual cosa. Sin embargo, no oyen lo que dice Dios.
¿Cómo es posible que un cristiano que siempre ha luchado por la fe verdadera, -por causa de sus defectos y pecados-, pierda su confianza en la gracia y bondad de Dios, y se vuelva extraño y tímido frente a su Salvador, y se deje seducir por el espíritu de servidumbre, a pesar de todo lo que el Evangelio nos dice acerca de Cristo, de su eterna gracia y de la libertad de la Ley que Él nos conquistó?
Esto sucede por apartar sus ojos y oídos de la Palabra que Dios le habló, y por comenzar a formarse sus propias ideas, hasta sentir que es imposible que él sea un hijo amado de Dios, mientras sienta lo que está sintiendo.
¡Ah! ¡Ojalá pudiésemos gritarles la verdad a los oídos y corazones de todos los hijos de Dios, hasta hacer temblar a las montañas!
¡Escuchen! Todo el poder de Satanás sobre nosotros depende sólo de este detalle: Si puede apartar nuestra vista de la Palabra de Dios. Asimismo todo nuestro éxito dependerá sólo de este detalle: Si logramos permanecer adheridos a la Palabra de Dios. ¡La Palabra de Dios! ¿Qué dice ella? ¡Investiguémosla para ver lo que habló Dios! De eso dependerá todo. Cualquier otra cosa, que se pretenda hacer pasar por espiritual, pero no está fundamentado en la sagrada Escritura, es insensato y falso. Sólo las cosas ordenadas por Dios son buenas y santas. Sólo las cosas prohibidas por Dios son pecado. Lo que Dios prohíbe y llama pecado, es efectivamente pecaminoso y peligroso, (por más que nuestro corazón se resista mil veces a considerarlo así), y todo el mundo, con todos sus famosos y eruditos doctores lo consideren inocente. Por otra parte, lo que Dios llama bueno y santo es efectivamente bueno y santo, aunque nosotros mismos y todo el mundo lo consideren profano. Y en cuanto a las cosas no explícitamente mencionadas por Dios, siempre se las debe juzgar, usar o dejar de usar de acuerdo a la Ley del amor, para establecer si en tal o cual ocasión nos harán bien o mal a nosotros o a otros.
Así queda firme la regla básica, que lo que Dios no ordenó expresamente, o en la Ley general del amor, no es obra buena, por más gloriosa que parezca a nuestros ojos, o a los ojos de otra gente. Y lo que Dios no prohibió expresamente, o en la Ley general del amor, no es pecado, por más pecaminoso que nos parezca a nosotros, o a todo el mundo. Todo depende de la Palabra de Dios.
Si no permanecemos adheridos a la misma, siempre seremos como una rama sacudida por el viento. Entonces el diablo, también nos podrá llevar donde quiera llevarnos.
Esto nos lo enseña poderosamente la Palabra en la notable lucha entre nuestro Señor Jesucristo y Satanás, cuando Cristo, que bien podría haber pronunciado por su propia autoridad todo tipo de palabras, sin embargo no contestó a Satanás con una sola palabra suya, sino solamente con las palabras de la Escritura, diciendo todas las veces: “¡Está escrito!” Reflexionemos en esto y recordémoslo durante toda nuestra vida: El propio Señor Jesucristo no le dijo otra cosa a Satanás que: “¡Está escrito!” ¡Qué rayo más demoledor que éste para todas nuestras ideas y opiniones! ¡Qué testimonio más contundente demostrando que todo lo que el diablo pretende con sus tentaciones, es separarnos de la Palabra, y que sólo debemos permanecer firmes en ella, para vencerle!