29 de febrero 2026

    29.Porque si fuimos plantados juntamente con Él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección.Ro.6:5

    Literalmente este texto dice: “…si fuimos unidos a Él a la semejanza de su muerte y resurrección”. La mejor explicación de estas palabras la da el propio Señor Jesucristo en la parábola en la que se compara con el grano de trigo, que antes de producir fruto debe ser enterrado y morir (Jn.12:24). Así también deben morir y ser sepultadas nuestras propias fuerzas y facultades, antes de poder obtener la vida nueva y celestial, y llegar a ser ese tipo de grano que el labrador celestial aprueba, y junta en su granero. En tanto que la naturaleza humana todavía existe y puede hacer algo por sí misma, todo lo que haga -inclusive su mayor “piedad”- no es sino religiosidad “nacida de la carne” (Jn.3:6) y abominación para el Señor. Cuando el hombre llega a ser lo mejor que podría llegar a ser, aun así su vida está infectada de orgullo y autoestima. Por eso, antes de que Dios pueda revelar su poder en nosotros, primero debe ser derribada y destruida nuestra fuerza espiritual, sabiduría y “buena” conducta. Y entonces, cuando el pecador yace delante de Dios totalmente perdido y condenado, impotente e incapaz de salvarse por sí mismo, y en ese estado oye la misericordiosa voz del Hijo de Dios, el Evangelio de la gracia, sólo entonces comienza la nueva vida en él.

    Quienes conocen únicamente la Ley de Dios, no entienden nada de este secreto. Para ellos es un misterio, y una tontería, porque creen que sólo hace falta que el hombre se esfuerce lo suficiente para que pueda santificarse a sí mismo. Ignoran completamente las palabras de Jesús: “Separados de Mí, nada podéis hacer” (Jn.15:5). O las interpretan como que sólo debemos invocar y adorar a Jesús, o pedir su ayuda y su poder para mejorarnos. Pero Jesús no dice: “Si no me invocan o imitan…” sino: “Si no permanecen en Mí, como el pámpano en la vid, nada pueden hacer”. “¡Permaneced en Mí!”

    Claro que también hace falta orar a Jesucristo, e imitarlo. Sin embargo, eso no es lo único ni lo principal. Porque con todos nuestros esfuerzos de adoración e imitación no obtendremos nuestra santificación. Todo lo contrario, la Escritura enseña que por naturaleza estamos espiritualmente muertos, y somos impotentes, incapaces de producir buenos frutos por nosotros mismos; que sólo obtenemos vida de Cristo, “plantados juntamente con Él en la semejanza de su muerte… y de su resurrección”. La regla es: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”(Jn.12:24).

    La verdadera santificación se da cuando reconocemos: “Por más que me esforcé por justificarme y santificarme por mis propios medios, fracasé en todos mis intentos. Finalmente, encontré tanto mi justificación como mi santificación, en otro: En mi Señor Jesucristo, ¡y únicamente en Él! Hice muchos esfuerzos confiando en mí mismo; luché, oré, tomé resoluciones… pero sólo logré ser cada vez más infeliz, rebelde y perdido, hasta que desesperé de todos mis intentos y me di por vencido. Entonces vino Jesús, por medio de su Evangelio, y me reanimó. Comprendí que era salvo de toda culpa y condenación, sólo por su inmerecida bondad; por el sacrificio que Él ofreció por los pecadores”.

    “Pero todavía recaí muchas veces en mi viejo error, de pensar que podría lograr algo con mi propia voluntad y capacidad natural. Imaginaba que estaba en mí el poder de santificarme. Por eso, me exigía a mí mismo obras presuntamente buenas. Quería aprender a confiar en Dios, orar y luchar, y creía que estaba en condiciones de hacerlo por mí mismo. Pero entonces me vi de nuevo totalmente impotente y frustrado: No podía confiar en Dios, ni adorarlo, ni servirlo de corazón. Dios me inspiraba temor y rechazo, a cada momento. Y cuando me vi nuevamente humillado, derrotado y espiritualmente muerto, vino otra vez el Señor con su Evangelio del perdón gratuito, y me llevó de vuelta a la fortaleza de la que me había extraviado: ¡La fortaleza de la sola gracia! Y así recobré el deseo y el poder de hacer el bien”. Recordemos: Sólo cuando nuestra justificación y santificación están únicamente en Cristo, y dependemos de Él para todo, sólo entonces se cumple verdaderamente la mortificación de nuestro “viejo hombre”. Entonces no sólo se reprimirán sus manifestaciones groseras; también se abatirá el “viejo hombre” interior; se mortificará su corazón y su misma vida, esa auto suficiencia tan profundamente arraigada; esa fantasía de la fuerza y capacidad espiritual propia. Precisamente, ese falso concepto de uno mismo es la vida y el alma del viejo hombre. De esta vertiente contaminada procede un torrente de pecados, que afecta todos los aspectos de la vida, como el orgullo, la crueldad, el egoísmo, el odio, la impaciencia, los engaños, y otros defectos.

    Para acabar con esa fuente, ante todo debe abatirse la profunda auto suficiencia, y la imaginaria capacidad propia. Y esto no sólo una vez, en nuestra conversión, sino con arrepentimiento diario, durante toda nuestra vida. Como nos humillaron las demandas y prohibiciones de la santa Ley la primera vez, nos deben seguir acusando y avergonzando durante todo el resto de nuestra vida, todas las veces que presumimos ser o hacer algo meritorio para justificarnos ante Dios. Pues jamás obtendremos la paz con Dios y la felicidad de la salvación por medio de algo que tenemos o hacemos por nuestros propios medios, sino únicamente por lo que es e hizo nuestro Señor Jesucristo por nosotros.

    Tampoco debemos quedar postrados en nuestra desgracia, permaneciendo en la servidumbre de la Ley y bajo su condenación. El hombre nuevo, el nuevo ser espiritual, nacido por la fe en Jesús debe resurgir y salir diariamente, pues “el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Ro.8:6). Para ello, la vida espiritual debe ser alimentada continuamente. Es igualmente necesario que nuestras conciencias sean constantemente reanimadas y fortalecidas, y lleguemos a ser felices y benditos con la gracia de Dios por medio del Evangelio. Así siempre estará viva la santificación verdadera, obrada por el Espíritu Santo. Y no será una piedad artificial ni superficial.

    Publicado por editorial El Sembrador