29 de enero 2026

    29.Cristo es el todo, y en todos.Col.3:11

    ¡Estas palabras desbaratan con fuerza atronadora muchos errores que proceden de la falsa doctrina de la justificación propia! Y son también una rica fuente de enseñanza, consuelo y aliento para las personas atribuladas y afligidas.

    “¡Cristo es todo, en todos!” Este es el secreto, tanto de la justificación, como de la santificación del cristiano; de su fortaleza y de su permanencia en la gracia. Es también el secreto de la extraña paz, del gozo y del valor que algunas personas son capaces de demostrar aun en medio de la mayor debilidad y adversidad. En todos ellos, ¡Cristo lo es todo!

    Es relativamente fácil aprender las palabras y el significado de esta expresión. Por eso algunos pueden llegar a pensar que no queda nada más para aprender de la misma. Sin embargo, es precisamente en este punto donde siempre nos quedamos cortos, cuando nos encontramos en aflicciones y dificultades.

    Cristo es el todo, en todos. Esta es la descripción de un verdadero cristiano, que se diferencia de todas las demás personas religiosas. El cristiano es alguien para quien Cristo llegó a ser todo, en todos.

    Muchos son religiosos, pero en sus corazones le dan más importancia a ciertos temas espirituales que a Cristo. Por eso también sus pensamientos y palabras se ocupan más de esos asuntos que de Cristo. Como lo expresó el propio Jesús: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn.5:39). De lo que una persona habla, se sabe fácilmente qué es lo más importante en su corazón, según el dicho de Jesús: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt.12:34).

    Esas personas posiblemente lean este texto bíblico y mi advertencia, sin tener suficiente honestidad como para reconocer su verdadera situación. Aunque se les demuestre su hipocresía y engaño, y aunque interiormente sepan muy bien que es cierto, siguen siendo tan tercos que ni así son capaces de ser honestos consigo mismos.

    Y en el otro extremo están los que todavía necesitan aprender que “Cristo es el todo, en todos”. Almas muy próximas al Reino de Dios, algunas inclusive con verdadera fe en Cristo, pero sin saber todavía todo lo que poseen en Él (aunque ningún cristiano lo sabe cabalmente).

    Son personas que se hacen muchos problemas, y aunque se trate de problemas que no se pueden evitar totalmente, no se amargarían tanto la vida si tendrían en cuenta lo que poseen en el Señor Jesucristo. San Juan dice que son personas que creen en el Nombre del Hijo de Dios, pero que viven como si no sabrían que en Él tienen la vida eterna…

    Uno suspira diciendo: “Nunca podré permanecer en la gracia. ¡Mi fe corre muchos riesgos y peligros! Veo que muchos se han descarriado. Eso me puede pasar también a mí, que soy tan débil, ¡tengo el corazón embelesado por el mundo impío y lleno de pecado e hipocresía..!” Otro lamenta: “¡Nunca seré otra cosa que un esclavo del pecado! Veo el mal, pero no lo puedo resistir. Traté de orar, velar y luchar, y pensé que algún día alcanzaría la santificación de mi vida, pero no es así. Al contrario, ¡cada vez soy peor…!” Un tercero confiesa: “Mi pecado está siempre delante de mí” (Sal.51:3). “No tengo paz ni la seguridad de la gracia de Dios y el perdón de los pecados que cometí. Mi conciencia siempre me sigue atormentando. Jamás llegaré a ser como debe ser un verdadero cristiano”.

    Un cuarto admite: “¡Lo que me sucede a mí es terrible! Yo ni siquiera puedo reconocer mis pecados y mi triste condición espiritual; ni sé cómo arrepentirme, o sentir miedo por esos pecados, sino que ando con el corazón endurecido, frío e insensible…”

    En todas estas tribulaciones la principal falta siempre es que las personas se olvidan de Cristo; lo olvidan y lo pasan completamente por alto. Con sus razonamientos, lo dejan totalmente de lado; lo ignoran por completo, y viven su vida interior como si no existiese Cristo ni Salvador ni justicia que los pudiese cubrir ante Dios ni un todopoderoso Auxiliador ni un piadoso Pastor.

    Sí, como si nos encontrásemos abandonados a nosotros mismos; como si cada cual tuviese que ser su propio Salvador, y tuviese que conquistar por sí mismo una justicia que satisfaga a Dios, ser su propio guía, auxilio, fortaleza… en fin, su “todo en todos”. La terrible oscuridad de la incredulidad es la causa de todo mal. Porque todo sería remediado y quedaría arreglado, si tan sólo se dejaría que Cristo fuese el todo en todos.

    Como Dios quiso que sea: Nuestra “sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Co.1:30).

    Publicado por editorial El Sembrador