29 de diciembre 2026

    29.Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.Ro.15:13

    El apóstol no sólo nos desea algo de esperanza y consolación, sino una plena certeza de fe y abundancia de todo gozo y paz.

    La expresión “todo gozo y paz en el creer”, nos recuerda qué clase de alegría hemos recibido al entrar en comunión con Dios. Es un gozo “en el creer”. No depende de las circunstancias externas, o en vernos a nosotros mismos tan buenos y piadosos como para que nos alegremos por eso. El apóstol se refiere al gozo que depende sólo de la fe. Ese gozo depende únicamente de nuestra confianza en las palabras y promesas de Dios, por más que en nosotros mismos sólo tengamos motivos para lamentarnos. “Creer” es estar seguro de la existencia de algo que no se ve; tener fe en Dios es confiar únicamente en sus promesas en Cristo, y a eso se refiere el apóstol aquí, porque tal fe produce “gozo y paz, por el poder del Espíritu Santo”.

    Tal fe es un don de Dios que podemos pedir en oración. Y Dios obrará el don de la fe solamente por medio de su Palabra, cuando el Evangelio llegue a los pobres pecadores, incapaces de salvarse a sí mismos. Además, nos damos cuenta de cuán miserables somos y nos afligimos por eso, así también necesitamos seguir confiando solamente en la Palabra de Dios, frente a lo que nos angustia y desagrada en nosotros. Pero, ¿cómo podemos alegrarnos y tener paz en esos momentos? Pues sí, precisamente en esas circunstancias podemos experimentar un gozo y una paz sobrenaturales, que son producidos solamente por Dios. Esta es la obra de Dios que el apóstol nos desea aquí, como sigue diciendo:

    “Para que abundéis en esperanza, por el poder del Espíritu Santo”. Este es el último y más dulce fruto de todos los que Dios hizo y hace: Darnos la plena certeza de que disfrutaremos eterna felicidad. Esa esperanza es una fuerza muy grande para toda nuestra vida cristiana. Ella nos motiva y fortalece para “correr con paciencia la carrera que tenemos por delante” (He.12:1). Nos da coraje y resistencia para sufrir y soportar todas las “batallas de la fe” (1 Ti.6:12). “El gozo del Señor es nuestra fuerza” (Neh.8:10). En el uniforme de combate espiritual del cristiano, la esperanza de salvación es el casco (Ef.6:17).

    En fin, toda la vida está llena de problemas, pruebas y desgracias, que para no cansarnos, ni aflojar y sucumbir en el camino necesitamos que Dios nos dé mucha esperanza, a fin de que perseveremos con paciencia y seamos fieles hasta el fin.

    Y, por cierto, tenemos un fundamento extremadamente firme para nuestra esperanza de salvación y felicidad eterna. Porque hemos sido creados para la vida eterna. Fuimos redimidos a gran precio. Cristo se dio a sí mismo para conseguirnos esa vida; Él no se sacrificó para darnos una buena vida terrenal. Dios nos ha dado la predicación del Evangelio, su Palabra, los sacramentos y el Espíritu Santo, para crear en nuestros corazones la fe y hacer que recibamos la vida eterna. Por cuanto somos hijos y amigos de Dios, podemos estar seguros de ser también sus herederos. Sin duda, Él hará que sus amigos estén realmente contentos y llenos de alegría.

    A pesar de que el fundamento de la bendita esperanza es tan firme e inamovible, debido a nuestra naturaleza corrupta estamos tan llenos de dudas y somos tan inestables, que no podemos conservar esta bendita esperanza, y necesitamos que Dios nos conceda ese don. Una esperanza que depende de razonamientos, esfuerzos y decisiones de nuestra parte, siempre será débil e incierta. Pero cuando Dios mismo nos da la certeza de la salvación, y con su Espíritu Santo llena de paz y gozo nuestros corazones, entonces tendremos la esperanza plena, de la cual habla el apóstol aquí. Por eso él agrega: “Por el poder del Espíritu Santo”.

    El apóstol dice que la tercera Persona de la Santa Trinidad actúa activamente para darnos esperanza en abundancia. Al Padre celestial llama: “El Dios de esperanza”. Y es Él quién nos llena de paz y gozo en el creer, por medio de su Espíritu Santo.

    Al agregar que recibimos la esperanza “por el poder del Espíritu Santo”, el apóstol quiere dejarnos bien en claro que no podemos hacer ni alcanzar nada por nosotros mismos, sino que todo nos es dado de arriba. ¡Qué importante es estar bien convencido de que toda gracia y todo poder son dones de Dios!

    Constantemente se nos previene para que no pensemos que nuestro bienestar y crecimiento espiritual dependen de nosotros. Aunque podamos usar los medios de gracia externamente porque se nos amonesta a ello, y aunque nos lo propongamos seriamente, enseguida nos daremos cuenta que no somos capaces de alcanzar paz ni gozo con nuestras fuerzas.

    La falsa idea de que somos capaces de salvarnos a nosotros mismos está tan enraizada en nuestra naturaleza, que es el peor obstáculo para la obra de Dios en nuestras vidas. Por un lado, Dios tiene que hacernos ver nuestra debilidad constantemente. Por el otro, esta falsa idea es la fuente de la incredulidad y se opone a la obra de Dios en nosotros. Pero, por el contrario, ¡qué amables y positivos somos cuando sabemos y creemos firmemente que todo lo bueno que pueda haber en nosotros proviene de Dios y nos ha sido dado por Él!

    Con relación a esto tenemos las palabras de Jesús, que dicen: “Separados de mí nada podéis hacer” (Jn.15:5). Y de Pablo: “No que seamos competentes por nosotros mismos como para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (2 Co.3:5). Y también: “Dios es el que produce en vosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil.2:13). Estas son las verdades que el apóstol quiere recordarnos al decirnos que la esperanza abunda en nosotros “por el poder del Espíritu Santo”.

    Publicado por editorial El Sembrador