29.Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.Col.3:19
La obligación fundamental de la mujer es la obediencia, y la obligación fundamental del hombre es el amor. “Maridos, amad a vuestras mujeres,” exhorta el apóstol. Cuando hay amor, todo lo demás sigue automáticamente. Pablo dice en 1 Corintios 13:4-7: “El amor es sufrido, es benigno… todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Pero pensemos en el amor del marido a su mujer; concentremos nuestra atención en la solemne descripción del mismo en Efesios 5:25,28. Ahí el apóstol exhorta: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella… así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia”. ¡Pensemos en este glorioso cuadro! ¡Qué honor es para el amor matrimonial, que Cristo lo compare con Su amor hacia la Iglesia; amor “que excede a todo conocimiento”! (Ef.3:19).
Veamos ahora las instrucciones de esta comparación: El rasgo más característico del amor de Cristo a la Iglesia es que la ama sin que ella se lo merezca. Cristo nos ama sin dignidad alguna de nuestra parte, sólo gracias a la eterna elección del Padre. Él mismo dice: “Tuyos eran, y Tú me los diste… A los que me diste, Yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición”. “Y nadie los arrebatará de mi mano… Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos” (Jn.17:6,12; Jn.10:28b-29). Así, el marido ha de amar a su esposa por causa de la voluntad del Padre celestial, sin importarle lo perfecta o imperfecta que ella fuese. Debe amarla porque el Padre se la ha dado por esposa. Un amor que depende de los méritos de la mujer, o de circunstancias más o menos favorables, es un amor pasajero, inconstante y superficial. Si nuestro Señor Jesucristo nos hubiese amado de esa manera, no se habría entregado por nosotros. Dios te dio la mujer que tienes. La entregó en tus brazos diciéndote: -Ésta será tu esposa; ¡Ámala fielmente!”- Este obsequio de Dios es mil veces más importante que los más hermosos atributos que la mujer pueda tener.
En segundo lugar, el amor de Cristo hizo que Él fuera uno con la iglesia, como dice el apóstol aquí: “Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Ef.5:30).
Así, -concluye el apóstol-, también llegaron a ser uno el marido y su esposa. Son “una sola carne”. Esto, sin embargo, no ocurre sólo por el amor. Se basa realmente en el plan de Dios cuando creó a la mujer. Recordemos la maravillosa descripción en Génesis 2. Primero dice que Dios creó a la mujer de una costilla que le sacó al hombre. Y cuando éste vio a la mujer, su primera exclamación fue: “¡Esto ahora es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Gn.2:23). E inmediatamente después tenemos las primeras palabras de Dios referentes a la unión matrimonial, que dicen: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (v.24). El propio Señor Jesucristo explicó este tema de la misma manera, cuando les recordó a los fariseos la indisoluble unión del marido y su mujer, en el santo estado del matrimonio, diciéndoles: “Así que ya no son más dos, sino una sola carne; por tanto, ¡Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre!” (Mt.19:6). El apóstol dice que esta es la razón por la que los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos; o sea, como si realmente fuesen sus propios cuerpos.
Porque el versículo sigue diciendo: “El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne” (Ef.5:28-29). ¿No debiera esta declaración hacer reflexionar a más de un marido, a amar y apreciar más a su esposa?
En tercer lugar, el amor de Cristo fue un amor de entrega y de abnegado sacrificio. “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Ef.5:25). Más aún: Él la cuida y alimenta. Y no sólo eso. Él también la hace feliz; la anima y alegra. Así también el marido cristiano debe hacer todo lo posible, no sólo para sustentar a su esposa, sino también para alegrarla y animarla ¿Y por qué? ¡El amor hace esto espontáneamente! Porque el amor conyugal abarca todas esas obligaciones “¡Maridos, amad a vuestras mujeres!” El apóstol agrega “Y no seáis ásperos con ellas” (Col.3:19b). Es cierto que Dios les dio a los maridos el dominio, y las esposas están obligadas a someterse. Pero que los maridos no piensen que por eso pueden ventilar sus enojos como se les antoja; que pueden agredirlas con palabrotas groseras y tratos violentos ¡No! ¡Que se dominen primero a sí mismos!
San Pedro dice: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 P.3:7). “Vasos frágiles” somos todos, pero la mujer es particularmente frágil. ¿Cómo puede el marido entonces exigir tanta perfección, que no es capaz de tolerar ninguna falta en ella? El marido debe ejercer su autoridad “con sabiduría”, y no debe olvidar que Dios valora y se ocupa igualmente de la mujer, porque ella es “coheredera (con el marido) de la gracia de la vida.
En resumen: La esposa está obligada a obedecer. Eso es cierto. Y el varón tiene el derecho de ordenar. Pero que ejerza su autoridad sin dañar al “vaso más frágil”, para que ella no se desanime ni caiga en la indiferencia.