29 de abril 2026

    29.“Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”.Sal.50:15

    ¿Tenemos fundamentos concretos para afirmar con toda seguridad que Dios nos oye? Sin duda, esta es una pregunta importante. Sí, claro que tenemos esos fundamentos. Si tan sólo abriésemos nuestros ojos, comenzaríamos a gritar de emoción al contemplar esas razones. Lo único realmente necesario es que Dios nos conceda su gracia y abra nuestros ojos, como lo hizo con el siervo de Eliseo, cuando éste se asustó ante los numerosos enemigos que lo rodeaban (2 R.6:17).

    Todo fue solucionado luego de que Eliseo orara así: “¡Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea!” En el acto vio el monte lleno de gente de a caballo, y carros de fuego alrededor de Eliseo. También nosotros oraríamos llenos de confianza, si tan sólo tuviésemos nuestros ojos abiertos; si veríamos las razones que tenemos para confiar que Dios oye nuestras oraciones.

    Permítanme señalarles solamente tres de las más importantes. La primera razón, es que quien nos exhorta a invocarle en el día de la angustia es el propio Señor, nuestro Dios, quien además prometió: “Te libraré”, y agregó: “…y tú me honrarás”. Si Dios no nos hubiera prometido oír nuestra oración, nunca podríamos saber si realmente nos quiere oír. Habríamos quedado en la eterna duda. Pero no necesitamos quedarnos en la incertidumbre. Dios mismo nos ordena que acudamos a Él, y es su propia promesa la que nos asegura que Él nos oirá. ¡Pensémoslo! ¿Puede quedar en la incertidumbre algo que Dios mismo declara? ¿Quién, después de todo, es Dios? ¿Crees en Él? ¿Se puede confiar en Él? ¿Puede Él quebrar una sola de sus promesas? ¿Acaso no es más firme una sola Palabra de Dios que todo lo que ven nuestros ojos? Pídele a Dios que te abra los sentidos para comprender qué significa que Él mismo nos pida que lo invoquemos. Al final descubrirás que no hay nada en ti ni en tus oraciones que pueda obligar al gran Dios a concederte algún bien. Únicamente puede inducirlo a ello su propia palabra y promesa. Dios lo hace todo sólo por amor de su propio Nombre. Como lo dice tan acertadamente Lutero: “Si Dios mismo no nos hubiese ordenado adorarle y prometido atendernos, nadie podría obtener de Él ni la menor cosita con todas sus oraciones. Por eso, fíjate que tu oración no sólo esté correctamente formulada, que sea ferviente, insistente y ansiosa de bendiciones temporales y eternas, sino ante todo que esté bien afirmada y apoyada en las promesas de Dios. La oración será atendida (no importa lo breve y torpe que sea en sí misma), a causa del amor, la veracidad y la fidelidad de Dios. La palabra y la promesa de Dios hacen que tu oración sea aceptada, no tu devoción. Y obviamente, la fe en las promesas de Dios es parte de la debida devoción. Sin esa fe, toda devoción es puro engaño”.

    ¡Qué buen fundamento tenemos para orar con toda confianza, si en vez de escuchar a nuestros propios sentimientos, nos atenemos únicamente a las promesas de Dios!

    La segunda razón para tener la certeza de que nuestras oraciones serán atendidas por Dios, radica en la convicción de que Dios es todopoderoso. Expresamos esto en las significativas palabras al final de la oración del Señor, cuando decimos: “Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos” (Mt.6:13). Palabras que no sólo deben ser una alabanza a Dios, sino también un poderoso aliento para nosotros, recordándonos que nuestro Padre celestial es el todopoderoso Señor y Rey, plenamente capaz de hacer todo lo que le pedimos, aun cuando nos parezca imposible. Necesitamos ese aliento, porque pensar que hay algo imposible para Dios es uno de los mayores obstáculos al orar. Es la actitud pagana en nuestro corazón, la que no quiere creer que Dios puede hacer más que nosotros. Después de haber buscado en vano la solución en nuestro propio poder y en el de otra gente, pensamos que nuestro problema no tiene solución alguna. En tales momentos hace falta la intervención de un Dios capaz de hacer más de lo que podemos hacer nosotros u otra gente. Pero, ¿tenemos tal Dios auxiliador? En la “oración del Señor” Cristo nos enseña a llamar así a nuestro Padre celestial; a decir: “Porque tuyo es el reino”, o sea: Tú eres todopoderoso, y un Rey absoluto sobre todas tus criaturas; Tú puedes ordenar a todas las leyes naturales y a todos los poderes espirituales. Por eso también puedes solucionar cualquier inconveniente y darnos todo lo que necesitamos para nuestra liberación. La tercera razón para conservar la seguridad de que nuestras oraciones serán atendidas, o mejor dicho: La primera y última razón, después de todo, radica en nuestro Salvador; en el hecho, de que Dios lo entregó enteramente por nosotros. Radica en sus méritos, en su oración por nosotros, en su fidelidad, en toda su persona y obra. Esto, más que cualquier otra cosa, debe asegurarnos que todo lo que pedimos en su nombre, Dios ciertamente nos lo dará. Con esto se demuele inmediatamente ese poderoso obstáculo para nuestra fe, que es la conciencia de nuestra propia indignidad. Porque lo único que le agrada a Dios es el mérito de Cristo.

    Jesús dijo: “Cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Jn.16:23). Orar “en el nombre de Jesús”, es pedirlo todo por el mérito de Él, por su piedad, por el infinito valor de su obediencia y sufrimiento por nosotros. En Él todas las promesas de Dios son sí y amén (2 Co.1:20). Si oras en el nombre de Jesús, tu menor suspiro no puede ser en vano, ni puede la mayor indignidad de tu parte ser un obstáculo para que Dios atienda tu oración.

    En Jesús todas sus promesas son “sí y amén”, ¡Oh Señor, abre nuestros ojos y fortalece nuestra fe!

    Publicado por editorial El Sembrador