28.Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él.He.12:5
Tenemos la gracia de creer en el perdón de nuestros pecados y de considerarnos hijos de Dios. Sin embargo, aún nos impacientamos y enojamos rápidamente con nuestro Padre celestial porque las cosas no ocurren conforme a los deseos, planes y cálculos de nuestro corazón. Tal vez hubo algo que deseábamos mucho, pero que no lo conseguimos. Por el contrario: Ocurrió lo que más temíamos. Pues bien, deseamos intercambiar algunas palabras con los que protestan contra Dios.
Muchas pruebas y aflicciones de menor importancia pueden parecernos injustas e innecesarias. A uno lo persiguen otras personas durante cierto tiempo. Otro cae enfermo en cama, pero pronto se repone. Un tercero perdió algo de cierto valor económico, pero que no afectó mayormente su futuro… Todos éstos son pequeños ejercicios o pruebas de las que un hijo de Dios se sobrepone fácilmente.
Los sufrimientos realmente profundos son los que afectan toda nuestra vida y nuestro futuro. Cuando vemos venirse abajo nuestros más queridos deseos y esperanzas. Quisimos ser felices, pero parece que sólo conseguimos ser infelices. Nos aflige un mal del que no podemos esperar liberarnos aquí, en la vida presente. Por ejemplo, una enfermedad incurable. O nos aflige una persona con la que estamos comprometidos para toda la vida, y que es una carga para nosotros. O habíamos puesto toda la felicidad de nuestro corazón en una persona, pero la muerte la separó de nosotros… Entonces nos sentimos silenciosamente tristes y pensamos que no nos queda otra cosa que ser infelices. Pero ¡Levantemos nuestros ojos y miremos adelante, hacia la infinita eternidad! ¿Estamos seguros de no necesitar la extraña y dura disciplina de Dios para llegar salvos a nuestro hogar? ¿Hemos olvidado qué gran lucha es la carrera cristiana en esta vida? ¡Se trata de nada menos que de salvarse del infierno y de llegar al cielo! Y eso mientras todo el mundo vive en corrupción, y son pocos los que se salvan. Sí, aun “el justo con dificultad se salva” (1 P.4:18).
Creemos -y también comprobamos en carne propia- que nuestro ser quedó intoxicado por el veneno de la vieja serpiente. Eso ocurre con todos los seres humanos. Nuestro corazón es: “engañoso… más que todas las cosas, y perverso” (Jer.17:9). Siempre está inclinado a lo malo. Nuestra naturaleza carnal está llena de voluptuosidades y deseos impuros.
El mundo está lleno de tentaciones; el poder y la maldad del diablo son tan grandes y múltiples, que aún muchos grandes santos se dejaron seducir, engañar y cautivar secretamente, de modo que se perdieron para siempre. Son casos realmente terribles. ¿Y todavía podemos pensar que nosotros quedaremos libres del peligro? ¿Pensamos que a nosotros nuestro corazón engañoso y la vieja serpiente no nos podrán desviar jamás? ¿Confiamos en que todo nos saldrá bien? ¿Estamos seguros de que enfrentaremos con éxito todos los peligros de esta vida?
Recordemos que: “el Señor no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres”, sino sólo cuando hace falta (Lm.3:33). Sepamos que, si el sufrimiento no fuese necesario para nuestro bien eterno, el infinito amor de Dios nos habría dado un Paraíso en la tierra.
Y aunque la disciplina no siempre es para librarnos de la muerte eterna, debe ser suficiente para nosotros recordar que el Señor desea santificarnos todavía.
Desea mortificar a nuestro viejo hombre y enriquecernos espiritualmente con más poder, vida, fe, amor, sabiduría, humildad, etc. ¿Creemos que éstas cosas no tienen valor? ¿Nos parece tan insignificante nuestra pecaminosidad y corrupción carnal, que no queremos que Dios las mortifique? ¿Ya no le damos valor a lo que le agrada a Dios? ¿Nos oponemos a que Dios obtenga mayor gloria a través de nosotros? ¿Nos importa más nuestra felicidad terrenal que la gloria de Dios? ¡Oh hombre, piensa en quién te ha creado a ti y a este mundo!
Él no sólo nos dio un alma inmortal: También nos dio a su propio, amado Hijo; ¡Lo envió a sufrir una muerte sangrienta y muy cruel a fin de salvarnos! ¿Acaso no obtuvo con eso también el derecho de convertirnos en “vasos para honra”? (Ro.9:21). ¿No tiene Él derecho de utilizarnos para promover su gloria? Pero nos oponemos tanto a eso, que nos enojamos con Él si nos disciplina. “¡Oh no -decimos- no nos enojamos por eso! Al contrario, es nuestra sincera oración que Dios nos perfeccione y santifique para que glorifiquemos su Nombre. Muchas veces le pedimos que mortifique nuestra carne, cuando sentimos nuestra gran negligencia e impotencia en ese sentido. No nos oponemos a que mortifique nuestra carne. ¡No! Hablamos de nuestras amargas experiencias. Ésas son las que nos hacen sentir miserables”.
Respuesta: Entonces pretendemos ser crucificados y afligidos pero sin sufrimientos. Queremos sufrir la muerte en la cruz con un rostro sonriente. Queremos que los clavos nos atraviesen las manos y los pies, pero sin provocarnos dolor… Ah, ¡Qué ideas locas!
Recordemos que no se puede domar a nuestro viejo hombre sin sufrimiento. Si hemos pedido a Dios que aflija nuestra carne, no nos extrañemos que nos golpeen tantas experiencias amargas. Con nuestras oraciones nosotros mismos las atrajimos. Dios está muy dispuesto a oír una oración que pide la mortificación de nuestra carne y un crecimiento en la gracia. Pero, para lograr eso, no conoce un método mejor que la aflicción y la cruz.