28 de octubre 2026

    28.Por nuestro Señor Jesucristo también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes.Ro.5:2

    Las palabras “entrada a la gracia” o acceso a la gracia, son una expresión llena de consuelo celestial para los pobres pecadores. La Escritura nos enseña que los cristianos tenemos un perpetuo acceso a esta la de Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. El apóstol afirma en otro pasaje: “Por medio de Jesucristo… tenemos entrada (acceso) por un mismo Espíritu, al Padre” (Ef.2:18). Y en Hebreos 10:20, habla de la libertad para entrar en el lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, “por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne”. ¡Qué inmenso aliento es este libre acceso, para acercarnos al trono de la gracia! Este camino nuevo y vivo, a través del velo de la carne y sangre de Cristo, fue abierto para nosotros y está disponible en todo tiempo. Este libre acceso a la gracia de Dios es lo que me salva en todas las situaciones, sin importar lo que pueda descubrir acerca de mi estado, aun si descubro que hasta el momento no creía como debía haber creído; aún si me doy cuenta de que he sido falso como Judas, o pervertido como el mago Simón (Mr.14:43-45; Hch.8:9-23). El corazón de este mago, estaba “en hiel de amargura y en prisión de maldad”, pero -no obstante- aún tenía acceso a la gracia; por eso el apóstol le dijo: “¡Arrepiéntete pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón!” A la iglesia de Laodicea el Señor recrimina: “Yo conozco tus obras que ni eres frío ni caliente… Por eso te vomitaré de mi boca”. A pesar de todo, esa iglesia todavía tenía acceso a la gracia de Dios, porque también le dice: “Te aconsejo que de Mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y no se descubra la vergüenza de tu desnudez: y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo. He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él” (Ap.3:15-20).

    Por eso, en tanto que se dice “hoy”, todo error todavía puede ser remediado, porque siempre tenemos acceso a la gracia divina. Hoy podemos comenzar a apelar a esta gracia, como nos invita el apóstol: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro” (He.4:16). Esto es posible porque tenemos entrada -acceso- a la misericordia de Dios. Y esto únicamente gracias a Cristo, nuestro piadoso Sumo Sacerdote, que se puede compadecer de nuestras flaquezas. Dice el apóstol que “tenemos un Sumo Sacerdote para siempre… que tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He.7:24-25).

    Así la Escritura certifica y confirma la grande y alentadora verdad de que ninguna deficiencia o debilidad, ningún cambio de circunstancias (mejores o peores momentos), revocará o anulará nuestro estado de gracia, en tanto que sigamos creyendo en Cristo y no nos alejamos enteramente de Él. El Pacto de gracia fundado en Cristo puede remediar y contrarrestar definitivamente cualquier pecado en el que podamos caer durante nuestra peregrinación. Cristo, nuestro eterno Sumo Sacerdote, remediará todo. Con ese objetivo se presentó en el cielo con su propia sangre: Para ser nuestro Defensor ante el Padre.

    Como bien dice San Juan: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Jn.2:1). Este Defensor y este Pacto de gracia son más poderosos que cualquier cosa que nos pueda ocurrir en esta vida.

    Como la luz del Espíritu revela y reprende todo pecado que los creyentes aún cometen, la fe en Jesús tendrá que afrontar numerosas y difíciles pruebas. Tal vez alguien cedió ante fuertes tentaciones y ahora siente terribles terrores de conciencia. O ha cometido una manifiesta falta y se ha separado de la gracia. Otro suspira, asediado por persistentes tentaciones: Su corazón es perverso y ama el pecado. Es débil y corrupto. No vela ni ora como debiera hacerlo, etc. Un tercero sufre una gran sed espiritual. Reconoce que está interiormente muerto, sin temor ni amor a Dios. Lo lamenta y no sabe qué hacer para despertar y adorar a Dios… En fin: Podemos sentir toda la depravación -que hemos heredado de Adán- de muchas maneras, cuando el Espíritu de Dios arroja luz sobre la misma y nos la revela. Y nos preguntamos: ¿Es posible que la gracia de Dios pueda cubrir toda esa maldad?

    Pues, si la gracia dependiera de nosotros, sería imposible. ¡Pero, tenemos acceso a la gracia de Dios por Jesucristo, nuestro Señor! ¿Dudamos que nuestra corrupción, con la que tendremos que comparecer ante el trono de Dios, pueda ser cubierta gratuitamente por los méritos de Cristo? Si es así, debe ser que todavía fundamentamos nuestra fe, -aunque parcialmente-, en algún mérito propio. ¿O pensamos que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre e inmolado por nosotros, no es un buen Defensor ante el Padre, ni un verdadero Salvador?

    Es sumamente importante que estemos bien afirmados en las palabras: “Por nuestro Señor Jesucristo tenemos entrada por la fe a esta gracia”, y que esta verdad quede profundamente grabada en nuestras almas. Que nuestra justicia y paz ante Dios estén sólo en Aquel que se presentó por nosotros ante Dios con su sangre.

    De otra manera todo está perdido, y es falso todo lo que la Escritura declara al respecto. Si obtendríamos nuestra justificación -aunque fuese sólo en parte- por nuestras obras conforme a la Ley, “entonces por demás murió Cristo” (Gá.2:21). “Porque si los que son de la Ley son los herederos, vana resulta la fe y anulada la promesa” (Ro.4:14). Efectivamente, tenemos una eterna gracia con Dios, pero únicamente mientras nos llegue “por Jesucristo nuestro Señor”.

    Publicado por editorial El Sembrador