28 de noviembre 2026

    28.Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección.Ro.6:5

    Que todos puedan ver aquí el secreto de la verdadera santificación. El apóstol no dice que debemos luchar para llegar a parecernos a Cristo en su muerte y resurrección, sino dice que ya “fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte” y que “¡así también lo seremos en la de su resurrección!” Las palabras: “Plantados juntamente” indican la relación más cercana que pueda existir con Cristo. ¿O es que puede existir una unión más estrecha que la de una rama con su tronco? Éstos, están perfectamente integrados, formando un solo ser. La misma savia y vida del tronco, está también en la rama. ¡Y qué maravilla de la gracia de Dios: Nuestro Señor Jesús describió con ese ejemplo la unión que existe entre Él y sus discípulos! En Jn.15 leemos: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto…” Y esa misma noche, hablando en oración con el Padre celestial, dijo: “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad” (Jn.17:23).

    Ciertamente, esto es una maravilla de la gracia de Dios que excede nuestro entendimiento.

    En nuestro texto, el apóstol Pablo pone el hecho de haber sido “plantados juntamente” con Cristo, como fundamento de nuestra santificación, de la mortificación de la carne y la vida nueva. A lo mismo se refiere nuestro Señor cuando dice: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn.15:5,4). ¡Necesitamos oír a nuestro Señor y a su apóstol!

    Muchos tienen un enfoque errado de la santificación. Quieren santificar a otros por medio de mandamientos, reglas y medidas, pero no prestan atención si esas personas están unidas a Cristo, si han muerto para la Ley y ahora viven por la fe. ¡Qué todos estén en guardia contra esa vana ilusión, que solamente crea “sepulcros blanqueados,” hipócritas y santurrones que confían en sus obras! Recordemos además que este engaño está incorporado a la naturaleza de todos nosotros: Normalmente pensamos que si nos esforzamos seriamente, podemos cumplir la voluntad de Dios… Por eso, a lo largo de toda nuestra vida, tenemos que recordar cuál es el origen y el fundamento de la santificación. Cuando el apóstol enseña este tema no comienza dándonos mandamientos ni reglas. Tampoco comienza amonestándonos ni reprendiéndonos. No, en primer lugar escribe acerca del fundamento y la condición de toda verdadera santificación, es decir: La estrecha unión con Cristo. Hemos sido “plantados juntamente con Él”. En Romanos 6 dice que “morimos con Cristo;” que hemos sido “sepultados juntamente con Él” y por eso ahora podemos considerarnos “vivos para Dios”. Hemos “sido sepultados y resucitados con Cristo” (Col.2:12). Todo esto se produce antes de nuestra santificación. Por eso, cuando el apóstol instruye sobre cómo vivir piadosamente, comienza diciendo: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo… porque habéis muerto…” (Col.3). Y cuando nuestro Señor personalmente nos explica cómo podemos producir frutos, dice: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn.15:4).

    ¿Cuándo dejaremos definitivamente de lado la idea equivocada de esperar frutos antes de que el árbol haya sido plantado? ¿Cuándo estaremos libres de esa ilusión, tan profundamente arraigada en nuestro ser, de creer que somos capaces de producir buenos frutos por nosotros mismos?

    Si no has sido plantado juntamente con Cristo, entonces es imposible que produzcas buenos frutos. Por el otro lado, es igualmente imposible que no produzcas buenos frutos si estás verdaderamente unido a Cristo. Cómo Él mismo dijera: “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”. Y cuando dice: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto…” se refiere a aquellos “que tienen nombre de que viven, y están muertos” (Ap.3:1). Pero todo aquel que está verdaderamente unido a Él, produce frutos: Unos a ciento por uno, otros a sesenta por uno, y otros treinta por uno (Mt.13:8). Es imposible que Cristo y su Espíritu habiten en nosotros sin producir algo bueno.

    ¿Vives “sólo para ti”, como la mayoría de la gente? ¿Haces lo que tu mente natural y tu carne quieren? ¿Te resulta extraño que se pueda llegar a amar sinceramente la voluntad de Dios, y reprimir voluntariamente nuestro viejo hombre? Entonces puedes sacar la conclusión de que no estás unido a Cristo.

    Y aunque hayas sido injertado en Él alguna vez en tu bautismo; o aunque con tus labios digas que crees en Él y le perteneces… eso no te sirve si no estás verdaderamente unido a Cristo, por medio de la fe. Has roto el pacto de tu bautismo y te has convertido en una rama separada de Cristo, y así te irás secando más y más. Pero “Dios da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen” (Ro.4:17). Él aún puede hacer grandes milagros.

    “Aun estando nosotros muertos en nuestros pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Ef.2:5). Él es “rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó” (Ef.2:4). Él todavía quiere obrar -también en ti- el milagro al que se refiere Cristo, cuando dice: “Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren, vivirán” (Jn.5:25).

    Publicado por editorial El Sembrador