28.Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida…eso os anunciamos.1 Jn.1:1,3
¡Qué alentador debe haber sido para San Juan poder afirmar eso! ¡Qué certeza triunfal expresan estas palabras! Es como decir: “No anuncio nada incierto, sino lo que he visto con mis ojos, lo que he oído con mis oídos, y tocado con mis manos”. Juan era el feliz discípulo que había estado recostado contra el pecho de Jesús; que había caminado, descansado y velado con Él. Había permanecido debajo de su cruz, y presenciado su ascensión al cielo. No nos extraña entonces que San Juan pudiera hacer y sufrir todo con gozo. También en su evangelio hace referencia a lo que vieron sus ojos: “Y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”(Jn.1:14). De igual modo se gloría también San Pedro y certifica su testimonio por lo que vio: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad” (2 P.1:16).
Pero algunos dirán: ¿Qué seguridad tenemos nosotros, los que no vimos nada con nuestros ojos? ¡Alabado sea el Señor! “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo” (1 Jn.5:10). ¡Ha visto y contemplado por la fe! Porque Dios no se quedó sin dar testimonio de sí. Y quien no quiere creer este testimonio de Dios, será justamente castigado con ceguera. Ya no verá más nada. No verá lo que está escrito, aunque lo tenga enfrente de sus ojos, como esos judíos impíos, que tuvieron al propio Señor Jesucristo y todas sus maravillosas obras delante de sí, al igual que San Juan y San Pedro, que sin embargo no vieron nada.
Pero quien cree en el Hijo de Dios, ve luz y perfección en Él, y está en diaria comunión con Cristo. ¿Cómo no habría de conocerlo entonces? ¡Quien cree en el Hijo de Dios, -según las Escrituras- ve cosas gloriosas! Primero, en su propia persona y su alma ve una nueva criatura, tan maravillosa como la de la primera creación. Luego ve también fuera de sí muchas confirmaciones de la Palabra de Dios. Las ve, por ejemplo, en la historia de la humanidad y en la historia del pueblo de Israel; las ve en las miserables e idolátricas doctrinas paganas; en el hecho de que el Evangelio del Crucificado no se detuvo con su muerte, sino que resurgió en su resurrección y se difundió por todo el mundo… ¿Qué más necesita para probar la gloria del Señor Jesucristo? ¿Para saber quién fue ese Señor? ¿Acaso esas no son suficientes evidencias? Te alabamos y te damos gracias, ¡Oh Señor! ¡Tú te has revelado, y nosotros te hemos visto y contemplado!
Sin embargo, no todos te han visto, sino sólo aquellos “a quienes te quisiste revelar”. Ciertamente, tenemos que humillarnos bajo la poderosa mano del Señor y pedir esa gracia, pedir vista espiritual, pedir luz. Porque ésta viene solamente de arriba, “del Padre de las luces” (Stgo.1:17).
San Juan también nos enseña aquí a estar en contacto diario con la Palabra de vida. El apóstol nos refiere su propia experiencia, diciendo: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado, y lo que han tocado nuestras manos, tocante al Verbo de vida…” Para obtener del Señor Jesucristo el gozo y el poder que vence toda resistencia, hemos de oír y ver no sólo una vez, sino seguir oyendo, viendo, contemplando y viviendo estas cosas, nuestras riquezas celestiales, continuamente. El secreto para adquirir un corazón fuerte y valiente, es ver constantemente nuestra causa de regocijo. De eso depende todo.
Esta es la razón por la que muchas veces hay tan poca paz y regocijo en nuestros corazones. Contemplamos cualquier otra cosa mil veces, pero no lo que nos da vida y paz. Incluso al oír o leer la Palabra de Dios, podemos estar concentrados en nosotros mismos, preocupados por nuestros pecados y defectos, sin dejarnos absorber por la inmensa gloria de Cristo, la eterna elección de Dios y las riquezas celestiales. Las cosas que contempla nuestra alma, ocupan nuestro corazón. ¿Cómo ayuda entonces la Palabra de Dios?
Es una deplorable falta que los cristianos le demos tan poca atención a las cosas grandes y gloriosas, que debieran llenar nuestros corazones de paz y regocijo. Peor aun cuando, por el contrario, algunos sumergen su alma en cosas que los llenan de maldad, pena e intranquilidad. Las impresiones más fuertes se reciben de las cosas que más se miran. ¡Dios nos ayude! Esto es muy importante. Todo es en vano, mientras no nos ajustamos a lo que dice la Palabra de Dios al respecto.
También debiéramos ayudarnos recíprocamente, por medio de amonestaciones y palabras de aliento, para que comencemos a disfrutar más intensamente las grandes riquezas que hallamos en Cristo. No hay otra forma de llevar gozo y valor al corazón. Lutero estudiaba y enseñaba todos los días la Palabra de Dios.
Pero a pesar de su enorme conocimiento, no dejaba de repetirse a sí mismo los Mandamientos, el Credo y versículos bíblicos bien conocidos, referidos a Cristo, como el más simple creyente. En esos temas pensaba miles de veces.
Y hasta ahora ningún cristiano descubrió otro método mejor para obtener y conservar la fe y el poder espiritual en su corazón.